Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Los Doce Trabajos son las hazañas que Heracles llevó a cabo por mandato de la diosa Hera y a las órdenes de su primo Euristeo. Existen diversas explicaciones para justificar esta sumisión del héroe a un personaje que distaba mucho de su capacidad y que es unánimemente presentado como un ser despreciable.

Según Eurípides, Heracles habría expresado su deseo de regresar a Argos, a lo cual Euristeo[1] habría accedido con la condición de que realizase una serie de trabajos, de los cuales los principales tenían por objeto librar al mundo de cierto número de monstruos. Sin embargo, esta esclavitud se considera, más generalmente, como la expiación del asesinato de los hijos que había tenido de Mégara, pues aunque se trataba de un crimen involuntario, no por ello dejaba de constituir una mancha.

Después de este crimen, Heracles había ido a Delfos a consultar el oráculo de Apolo Pitio. Este le había ordenado que se pusiese al servicio de su primo Euristeo por espacio de doce años. Apolo y Atenea le dijeron que, como premio a las penalidades que habría de pasar, obtendría la inmortalidad.

Estas variantes proceden de la reflexión del pensamiento griego sobre el mito, y responden a la necesidad de justificar moralmente las pruebas de un héroe que se quería presentar ante los suyos como el justo por antonomasia. Los Trabajos vinieron a representar la “prueba del alma” que se libera progresivamente de la servidumbre del cuerpo, así como de las pasiones, hasta la apoteosis final.

Los mitógrafos de la época helenística establecieron una división de los Doce Trabajos, clasificándolos en dos series de seis. Los seis primeros tienen como escenario el Peloponeso; los otros seis se distribuyen por el resto del mundo entonces conocido: Creta, Tracia, Escitia, el Occidente extremo, el país de las Hespérides y los Infiernos. Este es el orden que seguimos en este trabajo. No obstante, existían numerosas variantes, tanto en lo que respecta al orden de los trabajos como a su número (Apolodoro, por ejemplo, sólo reconoce diez)[2].

El arma más característica de Heracles, la maza, fue tallada por él mismo durante su primer Trabajo, la caza del león de Nemea. Sus otras armas son de origen divino: la espada la recibió de Hermes; el arco y las flechas, de Apolo; Hefesto le había regalado una coraza dorada; y Atenea había añadido un peplo. Sin embargo, según algunas tradiciones, Atenea le proporcionó todas las armas excepto la maza. Por último, los caballos se los había regalado Posidón.

El León de Nemea

El león de Nemea, hermano de la Esfinge de Tebas, era un monstruo hijo de Ortro y de Equidna y nieto de Tifón, a quien Hera situó en dicha región, como castigo, donde devoraba a los habitantes y ganados del país. Las crónicas dicen que este león vivía en una caverna con dos accesos, y era invulnerable. El episodio se sitúa en Nemea, al Noroeste de Micenas.

Heracles empezó por dispararle flechas, pero con escaso resultado. Después, amenazándolo con la maza, lo obligó a entrar en la cueva y bloqueó una de las entradas, lo que permitió atacarlo y ahogarlo entre sus manos en medio de los rugidos de la fiera, a la que despellejó y se revistió con su piel[3], sirviéndole la cabeza de yelmo.

Combate de Heracles contra el león de Nemea Talla del período helenístico

En el transcurso de la caza del león de Nemea se sitúa el episodio de Molorco, un humilde campesino cuyo hijo había sido devorado por el monstruo. Cuando Heracles se encaminaba a su búsqueda, se presentó en su casa y para honrar a su huésped, éste quiso sacrificar el único carnero que poseía. Heracles le pidió que lo guardase por espacio de treinta días, transcurridos los cuales, si no lo veía regresar, podía considerarlo muerto y sacrificar el carnero en memoria suya; pero si antes de expirar el plazo volvía victorioso, el animal sería ofrecido a Zeus Soter (salvador). Heracles volvió al límite de la fecha indicada revestido con la piel del león e instituyó unos Juegos en honor de Zeus, llamados los Juegos Nemeos.

Heracles llevó el león a Micenas. Cuando Euristeo lo vio, quedó tan asustado ante el valor del héroe, capaz de abatir un monstruo semejante, que le prohibió la entrada en la ciudad, ordenándole que, en adelante, “expusiera la presa ante las puertas. Dicen que por temor a Heracles había aprestado bajo tierra una tinaja de bronce para esconderse y le señalaba los trabajos por medio del mensajero Copreo, hijo de Pélope el eleo. Este Copreo había matado a Ífito y huido a Micenas, donde habitaba después de purificado por Euristeo”[4]. Como recompensa, Zeus puso al león entre las constelaciones, perpetuando así la hazaña de Heracles.

La hidra de Lerna

La hidra de Lerna era otro monstruo, hija de Equidna, cuyo padre era Tifón. Fue criada por Hera para que sirviese de prueba a Heracles. Se la representa como una serpiente de varias cabezas, cuyo número varía desde cinco o seis hasta cien, según los autores. A veces, incluso eran tenidas por cabezas humanas. El aliento que salía de sus fauces era sumamente mortal, hasta el punto de que cualquiera que se acercase, incluso aunque el monstruo estuviera dormido, moría sin remedio.

Para combatirla, el héroe recurrió a flechas encendidas, aunque también se dice que le cortó las cabezas con una especie de cimitarra. “Heracles, montado en un carro que guiaba Yolao, llegó a Lerna y refrenó los caballos; al descubrir la Hidra en una colina, junto a la fuente de Amimone donde tenía su madriguera, la obligó a salir arrojándole flechas encendidas, y una vez fuera la apresó y dominó, aunque ella se mantuvo enroscada en una de sus piernas”[5].

La hidra de Lerna, atacada por Heracles y Yolao Vasija de Cerveteri (c. 520 a.C.)

En esta hazaña le ayudó su sobrino Yolao, hijo de su hermanastro Íficles, ayuda necesaria por cuanto de cada cabeza cortada surgía otra nueva. Para impedir que se regenerasen, Heracles ordenó a Yolao que incendiase el bosque vecino y con la ayuda de los tizones quemaba las heridas, imposibilitando así que la carne se reprodujese. Aunque se decía que la cabeza del centro era inmortal, Heracles la cortó y la enterró, colocando encima una enorme piedra. El episodio finalizó empapando sus flechas en el veneno (o en la sangre) de la hidra, haciéndolas así venenosas. Para ayudar a la hidra, Hera envió a un cangrejo gigante que mordió al héroe en el talón, aunque éste acabó aplastándolo.

Apolodoro dice que Euristeo se negó a contar este trabajo entre los que había de imponer a Heracles, con el pretexto de que había sido ayudado por Yolao. La interpretación evemerista del mito dice que la hidra de renacientes cabezas es, en realidad, el pantano de Lerna, desecado por Heracles. Las cabezas son las fuentes, que lograban siempre filtrar, haciendo estériles los esfuerzos del héroe.

Otra interpretación pretendía que Lerno era, en realidad, un rey del país cuya ciudad se llamaba Hidra. Rodeaban a Lerno cincuenta arqueros, y cuando uno caía, era reemplazado por otro en el acto. Esto habría dado origen a la leyenda de las cabezas que volvían a nacer.

El jabalí de Erimanto

El tercer trabajo impuesto por Euristeo consistió en traerle vivo un monstruoso jabalí que vivía en el Erimanto. Heracles, con sus gritos, forzó al animal a salir de su guarida, lo impelió hasta una extensión de espesa nieve que cubría el país, consiguió fatigarlo y de este modo lo capturó. Cargándolo sobre sus espaldas, regresó a Micenas. Al verlo, Euristeo, aterrorizado, se ocultó en una jarra que tenía preparada como refugio en caso de peligro. Durante esta cacería ocurrieron también las aventuras de Heracles con el centauro Folo.

Cuando iba camino de la montaña, Heracles se encontró con un grupo de seres con los que tenía mucho en común: los centauros. Salvajes, indomables, poseían unas formas medio equinas medio humanas que reflejaban su posición equívoca en los márgenes de la cultura y, al mismo tiempo, tenían un carácter ambivalente, pues por un lado expresaban bondad y, por otro, una brutal animalidad que, con frecuencia, estallaba en violencia.

Heracles captura al jabalí de Erimanto Relieve en piedra caliza. Metopa de Foce del Cele (c. 550 a.C.)

Entre los centauros bondadosos se encontraba Quirón, tutor de algunos de los héroes más renombrados, como Aquiles, Asclepio y Jasón. Otro centauro amable era Folo, el mismo que agasajó a Heracles durante la caza del jabalí.

Cuando Heracles, pese a ser invitado, exigió vino, el olor atrajo centauros desde muy lejos “armados con rocas y abetos. A los primeros que osaron entrar, Anquio y Agrio, Heracles los rechazó con tizones, y a los restantes los persiguió a flechazos hasta Malea”[6]. Su deseo de bebida alcohólica degeneró en violencia, razón por la cual Heracles los persiguió hasta que buscaron amparo en Quirón, a quien el héroe hirió accidentalmente con una flecha. La herida era incurable, pero como Quirón era inmortal parecía estar destinado a sufrir para siempre, “pero no lo consiguió hasta que Prometeo se ofreció a Zeus para ser inmortal en su lugar”[7].

La cierva de Cerinia

El cuarto trabajo consistió en la captura de una cierva que habitaba en Énoe. Eurípides dice que se trataba de un animal de talla gigantesca que asolaba las cosechas. Heracles la mató y consagró su cornamenta en el templo de Ártemis Enoatis. Pero esta es una versión asilada y está en contradicción con la leyenda más común, y tiene por objeto “borrar del ciclo lo que parecía un rasgo de impiedad del héroe”[8].

Calímaco dice que esta cierva era una de las cinco que Ártemis había encontrado en tiempos inmemoriales paciendo en el monte Liceo. Eran más grandes que toros y todas tenían cornamentas doradas. La diosa enganchó cuatro a su cuadriga, pero la quinta, por orden de Hera, se refugió en el monte Cerinia, y con el tiempo sería otro de los Trabajos de Heracles.

Heracles y la cierva de Cerinia Figura en bronce (s. I a.C.)

Era un animal muy veloz, de modo que Heracles la persiguió durante un año entero sin lograr alcanzarla. Al final, la cierva acabó fatigada y buscó refugio en el monte Artemision. Heracles, relata Apolodoro, “no quería matarla ni herirla”, aunque más tarde consiguió herirla con una flecha y al final pudo apresarla cargársela sobre sus hombros. En el viaje de vuelta, cuando atravesaba Arcadia, se encontró con Ártemis y Apolo, que le reclamaron el animal que les pertenecía y le acusaron de darle muerte, lo que estaba considerado como un acto impío. Heracles salió del apuro cargando la responsabilidad a Euristeo, lo que en efecto creyeron las divinidades y le permitieron seguir su camino.

Píndaro ofrece una versión mística de esta persecución y dice que Heracles persiguió la cierva hacia el Norte, a través de Istria, el país de los Hiperbóreos, e incluso el de los Bienaventurados, donde Ártemis lo acogió con placidez.

Las aves del Lago Estínfalo

Las aves que vivían a orillas del lago Estinfalo, en Arcadia, se habían multiplicado en proporciones extraordinarias, hasta el punto de convertirse en una plaga que devoraban los frutos de los campos y destruían las cosechas. Por eso, Euristeo ordenó a Heracles que acabase con ellas. La dificultad estaba en obligarlas a salir de su tupido bosque. Para conseguirlo, el héroe recurrió a unos crótalos (especie de castañuelas) de bronce, regalo de Hefesto, cuyo ruido las asustó y abandonaron la espesura, “incapaces de soportar el ruido alzaron el vuelo”[9], momento en el que Heracles pudo derribarlas fácilmente a flechazos.

Heracles utiliza una honda para abatir a las aves del lago Estínfalo Vaso ático (c. 550 a.C.)

Otras tradiciones las presentan como aves de rapiña que devoraban incluso a las personas, o que tenían plumas de acero y las disparaban como flechas contra sus enemigos. De nuevo la presencia de ánimo de Atenea resultó decisiva, al enviarle unos címbalos de bronce, cuyo estrépito sobresaltó a las aves. El arco y las flechas de Heracles hicieron el resto.

Una interpretación evemerista del mito convierte a estas aves en hijas del héroe Estinfalo, a las que Heracles mató porque se habían negado a darle hospitalidad, en tanto que acogían a sus enemigos, los Moliónidas.

Los establos del rey Augias

Augias, rey de Élide, en el Peloponeso, era hijo de Helios y había heredado de su padre numerosos rebaños, pero no hacía retirar el estiércol que iba depositándose en los establos, por lo que el país estaba condenado a la esterilidad.

Euristeo, en su afán por humillar al héroe imponiéndole un trabajo servil, le encargó que limpiase los establos. La tradición cuenta que antes de hacerlo, estipuló con Augias un salario, en el que el rey se comprometía, si Heracles lograba realizar la limpieza en un día, a entregarle parte de su reino; según otros, tenía que entregarle, en iguales condiciones, la décima parte de sus rebaños.

Heracles consiguió realizar la proeza concentrando en el patio del establo el curso de dos ríos, el Alfeo y el Peneo. Cuando acabó, Augias le negó la parte convenida “al enterarse de que esto se había realizado por orden de Euristeo (…) y además negó haberlo prometido”[10], por lo que lo desterró de su reino, lo que motivaría, tiempo después, una guerra del héroe contra éste. Esta muestra de perspicacia, inusual en él, la simboliza la presencia rectora de Atenea en la única representación completa de este trabajo, una metopa del templo de Zeus en Olimpia, un lugar que se halla junto al río Alfeo.

En versión de Apolodoro, Euristeo tampoco quiso contar este trabajo entre los que debía imponerle, argumentando que Heracles había pedido un salario por la limpieza de los establos, con lo cual había dejado de estar a su servicio como aportación personal.

El toro de Creta

Según la versión que no admite la metamorfosis del dios en animal, el toro de Creta había raptado a Europa por encargo de Zeus y, según otros, había sido amante de Pasifae. Una tercera tradición lo presenta como un toro milagroso salido del mar un día en que Minos había prometido sacrificar a Posidón lo que apareciese en la superficie de las aguas. Sin embargo, cuando Minos vio la belleza del toro, lo envío a sus rebaños, y sacrificó al dios otros menos preciosos, de lo cual se vengaría Posidón volviendo furioso al animal, que, según algunos autores, largaba fuego por la nariz.

De modo que este era el toro que Heracles había de traer vivo por orden de Euristeo. El héroe viajó a Creta y pidió la ayuda de Minos, ayuda que éste le denegó, aunque sí le permitió que lo apresara él solo. Heracles resolvió la empresa y regresó con el animal a Grecia, presentándolo a Euristeo, que quiso dedicarlo a Hera. Pero la diosa se negó a aceptar un presente ofrecido en nombre de Heracles y soltó a la bestia, que recorrió la Argólide, cruzó el istmo de Corinto y llegó al Ática, “donde dañaba a los habitantes”[11], dando origen así a la leyenda del toro de Maratón.

Las yeguas de Diomedes

Diomedes era un rey de Tracia propietario de cuatro yeguas –Podargo, Lampón, Janto y Deino- que se alimentaban de carne humana. De las dos tradiciones relativas a esta leyenda, la más antigua es la que cuenta que Heracles partió solo para Tracia y entregó a Diomedes a la voracidad de sus propios animales, después de lo cual, éstos, saciados, se dejaron conducir sin dificultad.

La otra variante vincula la leyenda a la fundación de la ciudad de Abdera. Apolodoro dice que después de entregar los animales a Euristeo, “éste las soltó y las yeguas se dirigieron al monte Olimpo donde acabaron devoradas por las fieras”[12].

Heracles acomete a una de las yeguas de Diomedes Vaso ático (c. 510 a.C.)

El cinturón de la reina Hipólita

Creta y Tracia se podían considerar los límites meridional y septentrional de la patria griega. Pero el ámbito de las peticiones de Euristeo no terminaba ahí. Por deseo de Admete, hija de Euristeo, Heracles se dirigió al reino de las Amazonas, un pueblo mítico que se creía vivía al Noreste de Asia Menor, a la conquista del cinturón de su reina, Hipólita, que simbolizaba el poder que ella tenía sobre su pueblo.

La sociedad de las amazonas sólo recurría a los hombres para la procreación; “pues practicaban las costumbres viriles, y cada vez que, a causa de relaciones sexuales, tenían hijos, criaban sólo a las hembras y les comprimían el pecho derecho para que no les estorbara al lanzar la jabalina, mientras que les dejaban el izquierdo para amamantar”[13]. De modo que criaban a las niñas y a los hombres “adjudicó los trabajos de hilar y las labores de las mujeres en las casas. Introdujo leyes por las cuales dirigió a las mujeres a los combates bélicos y asignó a los hombres la humildad y la esclavitud”[14].

Su estilo de vida las convertía en un equivalente colectivo de Ártemis, pero con una diferencia crucial: eran mortales.

Heracles se embarcó con varios compañeros voluntarios en una sola nave y, después de numerosas aventuras, arribó al puerto de Temiscira. Hipólita accedió de buen grado en cederle su cinturón, pero Hera, disfrazada de amazona, provocó una disputa entre los hombres que acompañaban a Heracles y las amazonas, entablándose una batalla campal, en la que Heracles, creyéndose traicionado, mató a Hipólita.

Andrómaca sujeta el brazo a Heracles, en la lucha contra las amazonas. Vaso ático (c. 575-550 a.C.)

Otras tradiciones cuentan, por el contrario, que las hostilidades comenzaron con el desembarco de Heracles y sus compañeros. Una de las hermanas de Hipólita, Melanipa, cayó prisionera en la acción y, para rescatarla, la reina del país concertó una tregua, en la que cedía su cinturón a cambio de la libertad de Melanipa. En el viaje de vuelta, Heracles se encontraría con nuevas aventuras, especialmente en la costa troyana.

Troya estaba de luto, sufriendo los temibles efectos de la cólera de Apolo y Podisón. Estos dos dioses habían levantado fortificaciones alrededor de la plaza con ayuda de Éaco, y el rey del país, Laomedonte, se había negado a abonarles el salario convenido. Para castigar la perfidia del monarca, Apolo había enviado una peste y Posidón, un monstruo marino que devoraba a sus habitantes.

El oráculo había revelado que estas calamidades podrían ser aliviadas si Hesione, la hija del rey, era ofrecida a la voracidad del monstruo. Heracles llegó a Troya en el momento en que la joven, encadenada a una roca, iba a ser atacada, por lo que se ofreció a Laomedonte para salvar a su hija si el rey le daba en pago las yeguas que Zeus  le había regalado en otro tiempo. Así lo prometió y Heracles aniquiló al monstruo, pero cuando llegó el momento de reclamar la recompensa, ésta le fue negada. El héroe se marchó de Troya amenazando con volver un día y apoderarse de la ciudad, como así sucedería.

Los bueyes de Geriones

El décimo Trabajo fue aún más extravagante. El monstruo Geriones, que tenía tres cuerpos y vivía junto a la corriente del Océano, poseía grandes manadas de bueyes, que guardaba su pastor Euritión y un perro monstruoso llamado Ortro, en la isla de Eritia, situada en el Occidente extremo. Euristeo envió a Heracles allí con la orden de traerle los preciosos bueyes.

La primera dificultad estaba en cruzar el Océano y, para resolverla, el héroe pidió prestada la “gran copa del Sol”, en la que el astro rey se embarcaba todas las noches, cuando había llegado el Océano, para regresar a su palacio situado en el Oriente del mundo. Mientras el héroe atravesaba el desierto de Libia –lo que aprovechó para librar al país de gran número de monstruos-, “abrasado por Helios en el trayecto tendió el arco contra el dios, y éste, admirado de su audacia”[15], consiguió que le prestase su “copa” para cruzar el mar hasta Eritia.

En memoria de su paso por Tartesos, el héroe había erigido dos columnas, una a cada lado del estrecho que separa Libia de Europa, conocidas como las columnas de Hércules: el Peñón de Gibraltar y el promontorio de Ceuta.

Heracles lucha contra Geriones y su perro Ortro yace muerto Vaso calcídico (c. 540 a.C.)

Cuando navegaba por el mar, el héroe amenazó al dios Océano con sus flechas, pues éste había embravecido la fuerza de las olas para ponerlo a prueba, consiguiendo así que la travesía fuese tranquila hasta la llegada a Eritia. Cuando lo vio el perro Ortro se lanzó contra él, pero cayó abatido por la maza de Heracles y lo mismo le ocurrió al boyero Euritión, que había acudido en auxilio de su perro.

Cuando se disponía a partir con los bueyes, el pastor de Menetes, testigo presencial de los hechos, corrió a avisar a Geriones, quien dio alcance a Heracles en la orilla del río Ántemo y le atacó, pero no tardó en caer bajo las flechas del héroe. A continuación, embarcó los animales en la “copa” del Sol y emprendió el viaje de regreso, en el que se sitúan la mayoría de las aventuras que se le atribuyen en el mediterráneo occidental.

Durante el viaje de retorno, el héroe se vio atacado por numerosos bandoleros, que trataron de robarle su rebaño. El regreso lo hizo por el Norte, siguiendo las costas de España, Galia, Italia y Sicilia, desde donde siguió a Grecia. La ruta se hallaba jalonada de santuarios heracleos, en los que aparecen leyendas, de aparente verosimilitud, vinculadas al episodio de los bueyes de Geriones.

Cuando llegó a la ribera helénica del Mar Jónico, el rebaño fue atacado por unos tábanos enviados por Hera, que volvió furioso a los animales, dispersándose por las estribaciones de las montañas de Tracia, y aunque Heracles los persiguió, sólo pudo dar alcance a una parte de ellos. El resto quedó en estado salvaje, dando origen a las manadas que erraban por los llanos de Escitia. Como quiera que la persecución se vio entorpecida por el río Estrimón, en castigo a éste llenó su cauce de grandes piedras, convirtiéndolo, desde entonces, en un torrente intransitable. Cuando rindió su viaje, Heracles presentó a Euristeo lo que quedaba de su rebaño, y éste lo sacrificó a Hera. 

El perro Cerbero

El undécimo trabajo consistió en enviarle a los Infiernos para que trajese de allí el perro Cerbero. Heracles, pese a su valor, contó con la ayuda, por mandato de Zeus, de Hermes y Atenea. Después de iniciarse en los misterios de Eleusis, que enseñaban a los creyentes la manera de llegar con plena seguridad al otro mundo después de la muerte, Heracles tomó el camino del Ténaro, camino de la Boca del Infierno.

Al verlo llegar a su reino, los muertos sintieron miedo y huyeron. Sólo dos le esperaron: la Gorgona Medusa y el héroe Meleagro. Heracles desenvainó la espada para acometer a la primera, pero Hermes, que le guiaba, le advirtió que era sólo una sombra vana. Contra Meleagro tensó el arco, pero éste se le acercó y le relató su fin en términos tan conmovedores, que Heracles no pudo contener las lágrimas.

Más allá se encontró a Teseo y Pirítoo, que estaban vivos, pero a quienes Hades tenía encadenados por haber pretendido llevarse de Perséfone. Heracles, con su permiso, libertó a Teseo, pero Pirítoo hubo de quedarse en los Infiernos, como castigo a su audacia, por haber pedido en matrimonio a Perséfone. Luego, el héroe dio libertad a Ascáfalo, que permanecía aprisionado por una enorme piedra, aunque acabaría siendo transformado en búho. Apolodoro dice que “para proporcionar sangre a las almas mató a una de las vacas de Hades, por lo que el pastor que las apacentaba, Menetes, hijo de Ceutónimo, lo desafío a luchar. Heracles, cogiéndolo por la cintura, le rompió las costillas, pero a instancias de Persófone lo dejó”[16].

Heracles se dispone a encadenar al perro de Cerbero Vaso ático (finales siglo VI a.C.)

Cuando Heracles llegó a la presencia de Hades y le pidió permiso para llevarse a Cerbero, el dios accedió a condición de que dominara al animal sin recurrir a sus armas habituales, revestido con su coraza y su piel de león. El héroe atacó a Cerbero, lo agarró por el cuello y, pese a que su rabo acababa en una especie de dardo parecido al de un escorpión, con el que le picó repetidas veces, no soltó la presa hasta que la tuvo dominada. Subió luego a la Tierra con su botín y cuando Euristeo vio a Cerbero, quedó aterrorizado y corrió a ocultarse en su jarra (pithos), resolviendo Heracles la devolución del perro a Hades.

Existía también una interpretación evemerista de la leyenda de Cerbero. Éste, junto con Ortro, habría sido uno de los perros guardianes de los rebaños de Geriones. Heracles habría matado a Ortro, pero se habría  llevado consigo a Cerbero, entregándolo a Euristeo. Sin embargo, un vecino de éste, llamado Molotos, había robado el perro, encerrándolo en una cueva de la montaña con varias perras, para lograr que se reprodujese. Entonces Euristeo encargó a Heracles que le buscase su perro. El héroe recorrió todo el Peloponeso hasta que encontró el perro y lo devolvió a su amo.

Las manzanas de oro de las Hespérides

Cuando las bodas de Hera con Zeus, la Tierra había dado a la diosa como presente nupcial, unas manzanas de oro, que Hera encontró maravillosas, hasta el punto de haberlas mandado plantar en su jardín de las inmediaciones del monte Atlas. Como las hijas de Atlante solían ir a saquear este jardín, la diosa había confiado la custodia de las manzanas y el árbol maravilloso que las producía a un dragón inmortal de cien cabezas, nacido de Tifón y Equidna. Asimismo, había colocado como guardianas a tres ninfas del atardecer, las Hespérides, llamadas Egle, Eritia y Hesperatusa, es decir, la “resplandeciente”, la “roja” y la “Aretusa de Poniente”. Estas eran las manzanas de oro que Euristeo ordenó a Heracles le trajese en su duodécimo Trabajo.

Heracles partió en dirección Norte, a través de Macedonia. Primero se encontró con Cicno, hijo de Ares, al que derrotó en las márgenes del Equedoro. Después siguió por Iliria hasta las orillas del Erídano, donde le salieron al paso las ninfas del río, quienes le dijeron que sólo el dios marino Nereo podría informarle sobre el país que buscaba. Como quiera que éste no se mostró muy partidario de revelar el lugar, “y aunque el dios adoptó toda clase de formas”, Heracles consiguió amarrarlo y no consintió en soltarlo hasta que le reveló el lugar donde se hallaba el Jardín de las Hespérides.

 A partir de este momento, el itinerario del héroe se hace poco inteligible. Apolodoro cuenta que desde las orillas del Eridano pasó a Libia, donde se batió con el gigante Anteo; luego recorrió Egipto, donde estuvo a punto de ser sacrificado por el inhospitalario rey Busiris, que “solía inmolar extranjeros en el ara de Zeus en cumplimiento de cierto oráculo: desde hacía nueve años la escasez afligía a Egipto, y Frasio, un adivino llegado de Chipre, había dicho que cesaría la esterilidad si cada año se sacrificaba un extranjero a Zeus. Busiris empezó por degollar al adivino y continuó con los extranjeros que llegaban. También Heracles fue apresado y llevado al altar, pero rompiendo las ligaduras dio muerte a Busiris y a su hijo Anfidamante”[17].

De allí pasó al Asia, donde “después de desuncir uno de los bueyes del carro de un boyero lo sacrificó y se dio un festín. El boyero, incapaz de defenderse, desde una montaña lo maldijo; por eso también hoy, cuando se ofrecen sacrificios a Heracles, se hacen acompañados de imprecaciones”[18]. Luego siguió a Arabia, donde siguieron su aventuras, dando muerte a Ematión, hijo de Titono. Después marchó a través de Libia hasta el “mar exterior”, donde se embarcó en la “copa del Sol”.

Durante la ascensión del Caúcaso liberó al gigante Prometeo, y éste le aconsejó que no cogiera por su propia mano las manzanas maravillosas, y que encomendara esta misión a Atlante. Heracles prosiguió su camino y llegó finalmente al país de los Hiperbóreos, dirigiéndose al encuentro del gigante Atlante, que sostenía el cielo sobre sus hombros, y le ofreció aliviarlo de su carga el tiempo que necesitara para ir a recoger tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, que se hallaba contiguo.

Atlante aceptó el encargo de buen grado, pero luego dijo a Heracles que él mismo llevaría los frutos a Euristeo y, entretanto, el héroe seguiría sosteniendo la bóveda celeste. Este simuló consentir, aunque sólo pidió a Atlante que lo descargase por un momento para ponerse una almohada en los hombros El gigante aceptó sin recelo, pero cuando Heracles se vio libre, cogió las manzanas que Atlante había dejado en el suelo y emprendió la fuga.

Según otras tradiciones, Heracles no necesitó la ayuda del Atlante. Mató o durmió al dragón de las Hespérides, y se apoderó de los áureos frutos. También se cuenta que, desesperadas por haber perdido las manzanas cuya custodia tenían confiada, las Hespérides se transformaron en árboles: un olmo, un sauce y un álamo, a cuya sombra se refugiaron más tarde los argonautas. El dragón fue transportado al cielo, donde se convirtió en constelación: la serpiente.

Sea como fuere, Heracles consiguió llegar las manzanas de oro a Euristeo, mas éste, cuando las tuvo en sus manos, no supo que hacer con ellas y las devolvió al héroe, quien las ofreció a Atenea. La diosa las devolvió al Jardín de las Hespérides, pues la ley divina prohibía que aquellos frutos estuviesen en otro lugar que no fuese en el jardín de los dioses.

Tras su significado aparente y literal, los mitos griegos siempre ocultaban una tradición mística oculta, y de esta forma los trabajos podían ser interpretados como símbolos del camino espiritual. Esto resulta especialmente evidente en el análisis del duodécimo, en el que Heracles viaja al jardín en el que crece el manzano que da la fruta mágica, el árbol de la vida, guardado por un dragón y unas hermanas, un paralelismo con la leyenda bíblica del jardín del Edén, donde una serpiente animaba a comer la fruta del Árbol de la Ciencia, lo que otorgaba el conocimiento del bien y del mal. Los tres últimos trabajos de Heracles suelen ser considerados metáforas sobre la muerte.


[1] Una variante adoptada por un poeta alejandrino, Diotimo, presenta a Heracles como amante de Euristeo. Por complacencia de enamorado, el héroe se habría sometido a los caprichos de éste.

[2] Los autores clásicos que abordan la figura de Heracles presentan algunas diferencias tanto en el número como en el orden en que Heracles llevó a cabo los trabajos.

[3] Teócrito relata que el héroe permaneció largo tiempo perplejo ante esta piel, que ni el hierro ni el fuego podían rasgar, por lo que se le ocurrió la idea de desgarrarla con las propias garras del monstruo, consiguiendo así su propósito.

[4] Apolodoro. Biblioteca. Introducción, traducción y notas de Margarita Rodríguez de Sepúlveda. Biblioteca Clásica Gredos, 85. Madrid, 1985.

[5][6][7][8][9][10][11][12] y [13] Op. cit.

[14] Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica. Libros I-III. Introducción, traducción y notas de Francisco Parreu Alasà. Biblioteca Clásica Gredos, 294. Madrid, 2001.

[15][16][17] y [18]. Apolodoro. Op. cit.

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