Juan Carlos Díaz Lorenzo

El escudo heráldico de Barlovento simboliza los hechos, las devociones y los elementos que tienen un marcado arraigo en la historia de este pueblo del Nordeste palmero. Es un escudo dividido en cuatro cuarteles, que definimos en el lenguaje característico: el primero, de sinople, anagrama mariano de plata.

El segundo, de azur, faro de sable mazonado de plata, con linterna y cinco rayos de oro; y con base de plata y sable, aclarada de sinople. El tercero, de azur, nave cristiana de sable, con portas y tres cruces potenzadas de gules en velamen de oro, sobre ondas de azur y plata. Y el cuarto, de sinople, drago fustado en su color y terrazado al natural.

El escudo lleva bordura de gules, con nueve rosas de los vientos de plata y azur, con el Nordeste de oro, bien ordenadas. Y al timbre, corona real cerrada.

El primer cuartel hace referencia al nombre de Nuestra Señora del Rosario, que es la patrona de la parroquia y del pueblo de Barlovento. Las crónicas históricas dicen que el presbiterio, que es la parte más antigua del templo, data de finales de la década de los años setenta del siglo XVI, en los tiempos en que era una ermita anexa al beneficiado de San Andrés y Los Sauces; mientras que la nave, a partir del arco toral, se levantó a finales del siglo XVII.

Erigida en parroquia mediante real cédula de Felipe IV, de 24 de mayo de 1660, conjuntamente con las iglesias de Puntagorda, Garafía y Tijarafe, con anterioridad -posiblemente por mandato de algún obispo- ya se le daba el citado título, habida cuenta de las anotaciones que figuran en el libro primero de bautismos, que data del año 1581, siendo párroco fray Tomás de Alarcón.

Pequeña en sus comienzos, pero grande en espíritu y en corazón desde el principio, grande también en fe, en ilusión y en esperanza, el templo se reedificó y agrandó en el año de gracia de 1678. En la visita del licenciado Juan Pinto de Guisla se ordenó la reforma de la parte del coro, que amenazaba ruinas, obra para la que el obispo Bartolomé García Ximénez aportó 500 reales. Los vecinos de Barlovento contribuyeron a alargarla con su esfuerzo y entre ellos reunieron más de 7.000 reales y 120 fanegas de trigo, que sacaron del pósito vecinal con la debida licencia.

La iglesia se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.

La venerada imagen de Nuestra Señora del Rosario es una hermosa talla flamenca con niño, que en opinión del doctor Gerardo Fuentes se veneraba con toda seguridad antes de 1581; desde 1584 existía una cofradía de su advocación y, según apreciaciones de la investigadora Constanza Negrín, la imagen aparece documentada en la iglesia de Barlovento a partir de 1664.

La iglesia es uno de los tesoros arquitectónicos y artísticos del patrimonio insular del arte flamenco del siglo XVI. Alberga otras imágenes de gran valor, como una talla barroca de la Virgen del Carmen de la escuela sevillana, hecha en el taller de Benito de Hita y Castillo; un crucifijo de brazos plegables del siglo XVIII y la imagen de San Cayetano, inserta en el retablo y también de la misma época. La pila bautismal es de barro vidriado de color verde y data del siglo XVII.

El edificio se mantiene fiel al proyecto originario y conserva un retablo de amplias proporciones, de dos pisos y tres calles con seis nichos, que se acabó de construir en 1767 y se reformó en 1871.

Las campanas que llaman a oración, y que tañen en las despedidas terrenales, vinieron desde Cuba y las trajo un indiano llamado Andrés Brito, después de 1866, cuando se abolió la esclavitud. Hasta entonces habían servido para marcar el comienzo y el final de las duras jornadas de trabajo en un ingenio azucarero de la Perla antillana.

El segundo cuartel representa el faro de Punta Cumplida, que está situado en el vértice del Nordeste insular, en la denominada Punta del Engaño o Punta Cumplida. Allí se levanta desde hace 137 años la elegante figura del edificio de una de las obras públicas más importantes del siglo XIX en esta Isla.

El edificio y la torre son los originales y se encendió por primera vez en abril de 1867, aunque de forma temporal, con una lámpara Degrand de aceite de oliva, que más tarde sería sustituida por un sistema de relojería. La torre está hecha en piedra de cantería y mide 34 metros de altura sobre el terreno y 63 metros sobre el nivel del mar. Hasta la cornisa superior se accede por una escalera de caracol, también de piedra, que tiene 158 peldaños.

Batalla de Lepanto
El tercer cuartel representa la Batalla de Lepanto. El pueblo de Barlovento -y la Isla toda- tiene una cita especial: la representación de la épica lucha, acaecida el 7 de octubre de 1571, en la que la Armada cristiana de la Liga Santa formada por españoles pontificios y venecianos al mando del monarca Felipe II, venció a la flota turca de Mehemet Siriko, el virrey de Alejandría, liderada por Alí Bajá.

“Entre el estruendo de cañones, olor a pólvora y tierra mojada -relata María Victoria Hernández- y una polvareda cegadora, los cristianos han conseguido acabar con el poderío de los otomanos de Alí Bajá en el margen izquierdo del barranco del Pilón”. Los espectadores están junto a la Virgen y contemplan la representación desde la otra orilla. En su honor se ha representado la ingenua y tierna batalla de Lepanto, que en Canarias sólo tiene otro ejemplo en Valle de Guerra.

Escudo de Barlovento

Esta escenificación es una tradición singular en Canarias, que en Barlovento se celebra cada tres años, en el mes de agosto, excepción que se hará el próximo por su coincidencia con las Fiestas Lustrales de Nuestra Señora de las Nieves. Es posible que la lucha contra la piratería que asoló a esta isla durante los siglos XVI y XVII, y a la que Barlovento envió sus mejores vecinos a luchar en defensa de Santa Cruz de La Palma, contribuyera a mantener el arraigo de esta fiesta que puede remontar sus orígenes a comienzos del siglo XVII.

Los turcos, vencidos, yacen heridos y maltrechos entre los matorrales. Las almenas de la fortaleza han sido destruidas por los bríos y la artillería certera de los guerreros cristianos. En el momento de la toma oficial del castillo, como corresponde en tiempos de guerra, se arría la enseña roja con la media luna y se iza la bandera española, que aletea su paño firme al viento.

Hasta la década de los años sesenta del siglo pasado, la fiesta se celebraba en el mes de octubre. Entonces se trasladó a agosto para disfrutar de una mejor climatología. Coincidiendo con el 7 de octubre, onomástica de la Virgen y de la Santa Liga contra los turcos otomanos, se celebraba la fiesta moral, que hoy llamamos de “moros y cristianos”. Un espectáculo bonito, que necesita de largos preparativos, y que está muy unido al nombre de la Patrona, así como a la idiosincrasia de este pueblo, que encuentra en él un interesante signo de identidad.

El cuarto y último cuartel hace alusión a la innegable belleza del notable grupo de dragos antiguos que se encuentran en el caserío de Las Toscas, y que están considerados como uno de los conjuntos de su especie más importantes de Canarias. Ellos representan no sólo una probada longevidad, sino que, además, simbolizan la riqueza agrícola de Barlovento como elemento imprescindible en su subsistencia y desarrollo.

La bordura del escudo corresponde al punto cardinal que representa la posición de Barlovento en la isla de La Palma. Este pueblo es un protagonista indiscutible de la historia insular, desde finales del siglo XV, cuando finalizó la conquista y comenzó el reparto del territorio.

En 1521, el adelantado Alonso Fernández de Lugo dio a Hernán de Alcocer una merced de tierras de mar a cumbre, y a Miguel Martín cien fanegadas de tierra en la Laguna de Regian, que la sembró de yerba pastel y fabricó un ingenio para obtener tinte que luego exportaba a los centros manufactureros de Europa. De ese modo se consolidó el primer núcleo poblacional de Barlovento, que en 1589 tenía alcalde pedáneo en la persona de Domingo Fernández.

El nombramiento de este personaje fue recusado por el Cabildo, al tratarse, según decía, de “hombre soberbio y que trata muy mal a los vecinos de palabras, y con sus ganados les destruye sus sementeras y viñas, y si le echan los ganados fuera, además de decirles palabras feas y afrentosas sin ocasión justa, los molesta y prende; por lo cual y por otras muchas causas que se puedan expresar, no conviene que el dicho Fernández sea alcalde ni haya otro alguno en el dicho término, por estar como está cerca de la villa de San Andrés, de cuya jurisdicción ha sido siempre”.

Los nombres de los caseríos, dispersos desde el nivel del mar hasta las medianías y las estribaciones de la cumbre, evocan a los colonos que se asentaron en este territorio a partir de 1498: Gallegos, Catalanes, Oropesa y la Caleta de Talavera, puerto natural de esta comarca por el que se embarcaban los frutos hasta el primer tercio del siglo XX, y que debe su nombre al conquistador Diego Rodríguez de Talavera.

Después de la conquista y hasta el último tercio del siglo XIX, las grandes haciendas de los mayorazgos de los terratenientes insulares -en manos de las familias Lugo, Viña, Poggio, Van de Walle o Fierro-, extendían sus límites de mar a cumbre. En los primeros tiempos pastaba el ganado y se explotaban los recursos forestales para abastecer la demanda de construcción del núcleo urbano de San Andrés. Luego vino la etapa de la caña de azúcar, roturando los terrenos de la zona baja y desviando los cursos de agua, época en la que los hacendados, no satisfechos con sus ganancias, exigían el pago de un quinto de la producción de trigo, una vez descontado el diezmo.

Barlovento, “extendido hacia el mar todo de tierras de pan con algunas buenas viñas y en esta parte está poblada de hombres honrados”, en el decir del cronista portugués Gaspar Frutuoso, en 1590, nació como municipio en 1812, cuando la Constitución de aquel año otorgó la independencia del Cabildo de la Isla. Se iniciaba, así, una nueva etapa, que no se tradujo en una rápida transformación social.

El estudio de la historia contemporánea se interrumpe en el momento en el que un incendio, acaecido en la noche del 22 de septiembre de 1874, posiblemente intencionado, destruyó el archivo y el inmueble en el que se encontraba y en el que antes había estado el pósito de granos, quedando reducido a escombros.

A comienzos del siglo XX comenzó este pueblo a respirar aires de modernidad, cuando los indianos que habían ido a Cuba regresaron trayendo consigo otras ideas y otras formas de hacer las cosas, y en los jornaleros de las haciendas plataneras había germinado la semilla de la lucha proletaria.

Barlovento era entonces un lugar todavía alejado, con pésimos caminos de herradura, por los que transitaban los vecinos y los viajeros ingleses que se atrevían a recorrer la isla a lomos de caballería. A todos asombraba el paraje de La Laguna, que Juan B. Lorenzo define como “de lo más pintoresco que existe en la Isla”, donde se podían sembrar 60 fanegas de trigo, en 30 a 40 varas de profundidad y más de 500 varas de diámetro (…) “Es muy bonito, cuando la sementera está crecida, ver las ondulaciones que en ella hace el viento principiando por los bordes en derredor y concluyendo en el fondo”.

En los años siguientes llegó la carretera, aumentaron las escuelas, y con ellas el conocimiento, la cultura y despertaron inquietudes. En 1929 se fundó la sociedad “Unión y Recreo”, que desempeñó una labor destacada durante la Segunda República, época en la que se hizo especialmente patente la rivalidad de los seguidores políticos de Alonso Pérez Díaz.

Después de la guerra civil se abrió un paréntesis, en el que se mantuvo la lejanía, hasta que en la década de los sesenta comenzó el resurgir de Barlovento, gracias al apoyo de las remesas de los emigrantes que se fueron a Venezuela y el sentido emprendedor de quienes aquí quedaron, o emigraron a la capital insular, el valle de Aridane o Tenerife, forjando entre todos un nombre y un prestigio hoy plenamente consolidado en el concierto insular.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 15 de agosto de 2004

 

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