Un edificio historicista del centro histórico de Santa Cruz de Tenerife, amenaza ruina

noviembre 10, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A la entrada de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en la emblemática Plaza de la Candelaria esquina con la calle del mismo nombre, se encuentra el Edificio Simón, desde hace tiempo en estado de ruina y cubierto por una malla y una valla que intenta evitar que la caída de cascotes pueda causar daño a los viandantes.

La prensa local, especialmente el periódico El Día, se ha hecho eco de este asunto y la noticia más reciente, a mediados del pasado mes de septiembre[1], insiste en el peligro que supone un edificio en estas condiciones. El citado inmueble fue adquirido en su momento junto a otro anexo por la empresa de origen hindú Maya y en la actualidad pertenece a la entidad CajaCanarias. Con anterioridad, en la década de los años  sesenta, y hasta su traslado al edificio Anaga, la primera planta fue sede de las oficinas de la consignataria de los hermanos Herrera Hernández, propietarios de Naviera Teide y accionistas destacados de Naviera Pinillos.

Según se ha informado, la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife cumple con la norma de notificar a los propietarios de los inmuebles que se encuentran en estado de abandono o que no reúnen las adecuadas condiciones de seguridad y ornato, la obligación que tienen de acometer mejoras y este es uno de esos casos.

El edificio está afectado por el PERI (Plan Especial de Reforma Interior), que posibilita mantener la fachada y permite reformar el interior. Mientras se espera una decisión al respecto, lo cierto es que el estado de dicho inmueble afea la entrada de la ciudad y proporciona una mala imagen para propios y foráneos.

Estado actual del edificio Simón, situado en la Plaza de la Candelaria de Santa Cruz de Tenerife

El edificio es un proyecto del arquitecto Antonio Pintor y Ocete encargado por Bernardino Simón Belagay. Pintor era reticente al lenguaje historicista, pues estaba claramente desfasado cronológicamente, pero el promotor impuso su criterio influido por su vinculación con el mundo hindú. Ocupa el solar de una vivienda tradicional canaria y en su fachada se aplica un claro lenguaje historicista. El proyecto está firmado el 24 de abril de 1930 y fue aprobado el 26 de mayo siguiente. La celeridad con la que la primera corporación local dio el visto bueno está en consonancia con el problema de paro obrero que se vivía entonces en la ciudad, razón por la cual las obras dieron comienzo en agosto del citado año y concluyeron en noviembre de 1931.

En relación a este edificio, el profesor Alberto Darias Príncipe señala que “el técnico concibió una obra correcta y sin estridencias, e incluso con una adaptación sumamente discreta al conjunto general que en ese momento conformaba la plaza. Aún así, no deja de ser chocante que a pocos metros, y casi enfrente, Miguel Martín esté edificando  el Casino con un vocabulario formal y constructivo que mostraba las profundas diferencias entre las dos generaciones”[2].

Surgieron problemas de índole legal, dado que el proyecto incumplía las ordenanzas municipales: las calles con menos de 12 metros de anchura debían resolver la esquina en chaflán, y la calle de Candelaria era entonces bastante estrecha. Pero el Ayuntamiento “encontró la solución”, no así con la ejecución interior de la obra, que no cumplía con lo establecido, por lo que el promotor fue inicialmente multado, aunque después, escuchados sus argumentos y resuelto por el arquitecto municipal Otilio Arroyo, no hubo tal sanción.

“A pesar del anacronismo que representa este historicismo –concluye el profesor Darias- cuando empezaba la cuarta década del novecientos, resuelve con total solvencia su cometido. Se sirve de unos pocos elementos identificadores, sabiamente distribuidos para causar el efecto óptico deseado: una construcción de tradición mogola; en realidad, son sólo dos, tomados del repertorio hindú: los arcos aquillados y los domos que coronan los pilares del antepecho de la azotea. Ubicados en uno de los ángulos de visión, el otro es desplazado al entresuelo donde se encuentran haces de capiteles alambrescos, y por si eso no fuera suficiente vuelva hacia afuera, aprovechando el volado del balcón del principal, una serie de columnas neonazaríes que el espectador no puede soslayar. El complemento que reafirma este falso exotismo es el alicatado que no se llegó a colocar, pero ocupaba en proyecto gran parte de los paramentos”[3].

Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo


[1] El Día, 16 de septiembre de 2010.

[2] Darias Príncipe, Alberto. Santa Cruz de Tenerife. Ciudad, arquitectura y memoria histórica (1500-1981). Tomo I. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 2005. Pp. 177-178.

[3] Op. Cit.

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