La muralla romana de Lugo

diciembre 5, 2010

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Lo que convierte a la muralla lucense, levantada a mediados del siglo III, en un caso excepcional, es el hecho de haber llegado hasta nuestros días conservando la totalidad de su perímetro, buena parte de las torres (cubos) originales y varias de sus puertas primitivas.

Lugo (Lucus Augusti), fundada alrededor del año 13 a.C. por Paulo Fabio Máximo en nombre del emperador Augusto, tiene su origen en la estrategia militar de anexionar el noroeste de la Península Ibérica al Imperio Romano y nació como una ciudad mucho más extensa que el “castrum” inicial, pues se estima que cuando se rodeó de murallas tenía una superficie aproximada de 28 hectáreas.

La muralla romana delimita el casco histórico de la ciudad de Lugo y lo que en otro tiempo se había convertido en un obstáculo para su evolución y crecimiento, en la actualidad se presenta como un monumento integrado en la estructura urbana, con la particularidad, además, de que se trata de la muralla mejor conservada de cuantas existen en nuestro país.

El trazado presenta algunos aspectos llamativos, pues dejó fuera de la antigua ciudad a importantes núcleos residenciales y protegía, sin embargo, a zonas deshabitadas. Tiene forma cuadrangular con vértices suavizados y la orografía por la que se extiende es bastante irregular, siendo más alta por el noroeste y en descenso hacia el sudeste. 

La muralla tiene, aproximadamente, un perímetro de 2.117 metros y abarca una extensión de 34,4 hectáreas. La anchura de los muros es de 4,20 metros, aunque en algunos tramos alcanza siete metros. En origen tuvo 85 u 86 torres defensivas, de las cuales 46 se conservan íntegras y existen restos de otras 39, en apreciable estado de conservación. La distancia entre torres varía entre 8,80 metros y 9,80 metros hasta 15,90 metros y 16,40 metros, con una altura exterior entre 8 metros y 12 metros. Las torres tienen unas dimensiones que oscilan entre 5,35 metros y 12,80 metros en el hueco o segmento, y de 4,80 metros hasta 6 metros en la flecha. Una de las torres tiene ventanales de medio punto de 1,15 metros de ancho y 1,43 metros de alto.

Exterior de la muralla lucense, en perfecto estado de conservación

El recorrido por el adarve ofrece unas interesantes perspectivas

La muralla está construida básicamente con materiales abundantes en la zona, como es el granito en los remates de las puertas y los ángulos de refuerzo de las torres, y lajas de pizarra en el exterior de los muros. El interior está relleno de un mortero compuesto de tierra, piedras y guijarros cementados con agua, si bien, como señala F. Chueca, “al relleno de la muralla fueron a parar materiales en los que la ciudad había ido escribiendo parte de su historia: inscripciones honoríficas, dedicaciones a los dioses y a los lares…”[1], piezas que, en la actualidad, tras ser recuperadas, han enriquecido el museo de la ciudad.    

La estructura de la muralla es sencilla: anchos muros comunicados por un camino de ronda o adarve, hoy convertido en un bonito paseo desde el que puede contemplarse la ciudad, así como el río Miño, las llanuras de la Terra Cha y las cumbres de los Ancares. Los cubos, hoy reducidas a simples avances semicirculares de la cerca, fueron en su momento auténticas con dos pisos y ventanales, pero de todo esto sólo quedan como testigo las ventanas de la torre denominada A Mosqueira, respetadas por el arquitecto Alejo Andrade en 1832 cuando se ocupó de la restauración de los daños sufridos por el recinto durante la Guerra de la Independencia. En estos pisos se ubicarían las armas defensivas de la época (ballestas, onagris o escorpiones), siendo de apreciar, asimismo, que la disposición de las torres evita la existencia de ángulos muertos.

Para acceder a la parte superior de la muralla, el adarve o paseo de ronda, se realizaron escaleras dobles en forma de T, situadas dentro de las torres de defensa. Actualmente se pueden ver cuatro escaleras de factura medieval.  En el exterior se construyó un foso de cuatro metros de profundidad, 20 m de anchura y situado a unos cinco metros de la muralla y paralelo a ésta. Dentro del recinto amurallado se diseñó un “intervallum”, es decir, una especie de calle de comunicación rápida, en especial para el tránsito de carros o tropas. 

En la época romana, de la que conserva el basamento de magnífica sillería (opus cuadratum), la muralla disponía de cinco puertas de acceso[2], que coinciden con las actuales Porta Miñá (llamada también do Carme, por ser ésta la advocación de la capilla que tiene enfrente), Porta Falsa (o do Boquete, una de las más antiguas), Porta de San Pedro (llamada también Puerta de Toledo o toledana), Porta Nova (por la que salía la vía que iba a La Coruña) y Porta de Santiago (frente a la fachada de la catedral). Esta última era la única puerta que quedaba abierta en tiempos de epidemia y tenía un postigo por el que sólo podía pasar una persona. También conserva el arco por el que en la Edad Media entrada en la ciudad el camino francés que llevaba a Compostela.

La puerta principal, denominada Porta Castelli, estaba donde se construyó el Reducto de Cristina. Por la Porta de San Pedro entraban las calzadas procedentes de Asturica Augusta –actual Astorga- y Braccara Augusta –actual Braga, en Portugal-, mientras que por la Porta Nova se enlazaba con Brigantium (Betanzos) y por la Porta Miñá se iba a Iria Flavia (Padrón). La Porta Falsa conducía hacia la costa y el puerto de Lucus Asturum (Lugo de Llanera).

Además de elemento defensivo, la muralla también servía para delimitar el fuero y los impuestos de la ciudad, así como para controlar el acceso de las personas que entraban y salían del recinto. Las puertas de madera que permitían su cierre permanecieron hasta 1877, en que desaparecieron definitivamente, mientras que los fielatos, presentes en algunas puertas y que permitían el control de personas y mercancías, se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX.

Fotos: Rosa Cabecinhas & Alcino Cunhas y Luis M. Bugallo Sánchez

Bibliografía:

Bendala Galán. La Antigüedad. De la prehistoria a los visigodos. En Manual del Arte Español. Madrid, 2003.

Chueca Gotia, Fernando. Historia de la Arquitectura española. Madrid, 1965.

López Bernáldez, Carlos. Breve historia del Arte Gallego. Vigo, 2005.


[1] Chueca Goitia, Fernando. Historia de la Arquitectura española. Ed. Dossat. Madrid, 1965.

[2] Entre 1853 y 1921 se abrieron otras cinco puertas por necesidades de la expansión de la ciudad: Puerta de San Fernando (1853), Estación (1875), Obispo Izquierdo (1888), Obispo Aguirre (1894) y Obispo Odoario (1921). De las diez puertas existentes, seis son peatonales y cuatro permiten el tráfico rodado.