Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

El cambio experimentado por la arquitectura desde el momento en que se incorporó el Estilo Internacional fue radical. A partir de entonces comenzó una etapa en la que se asumieron nuevos conceptos de diseño, espaciales y materiales, y también se tuvieron en cuenta  factores sociológicos e higiénicos, de forma que desde el momento en que se produjo la aceptación del nuevo lenguaje, se entró de lleno en la ideología de renovación que marcó la estética del siglo XX.

Con el Estilo Internacional, Canarias retomó el camino de la renovación cultural, después del desfase y aislamiento en el que se había sumido la arquitectura posterior a la Primera Guerra Mundial. Nacido como reacción al academicismo, aporta una coherencia estilística que durante años ofreció lucidez y sirvió de fundamento a la renovación arquitectónica de la época actual.

En el caso de Canarias, a partir de 1927, año en el que apareció el racionalismo, marcó el punto de partida para el desarrollo de una arquitectura que era consecuencia, precisamente, de su incorporación a la órbita del Movimiento Moderno. Tanto el racionalismo como el internacionalismo, la arquitectura de la autarquía o el posmodernismo, son corrientes arquitectónicas venidas de fuera. “De este modo la inferioridad, aparente, de las acciones pasadas quedaba olvidada a la vez que se superaban las trabas cronológicas que en buena medida habían sido las culpables de nuestro retraso”[1].

El estudio de la arquitectura en Canarias en el período comprendido en las décadas de los años treinta y cincuenta del siglo XX se sitúa en un espacio de tiempo que ha conocido cambios antagónicos, tanto desde el punto de vista político como económico, concretado en tres fases muy significativas: la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la primera etapa del franquismo. Debemos tener presente, asimismo, algunos hechos políticos y sociales que afectan específicamente con el archipiélago, como son la división provincial (1927), la ascensión económica y social registrada durante la Segunda República y la involución que representó el golpe de estado de julio de 1936, así como el protagonismo del Mando Económico.

En lo que al diseño arquitectónico se refiere, en 1927 se estaba desarrollando en un trasfondo de desconcierto e inseguridad, hecho que se aprecia en las dos capitales canarias, de modo que, en opinión del profesor Darias Príncipe, “el sentimiento de autocomplacencia del ciudadano y la autosuficiencia de los gestores urbanos no daba a pie a sospechar que apenas tres años después en el panorama constructivo se debatiría con auténtica virulencia el camino a seguir en el futuro”[2].

Remitiéndonos a la realidad de los hechos, en cuanto a las actuaciones de los principales arquitectos del momento, encontramos que figuras como Miguel Martín Fernández de la Torre se desenvolvía en un casticismo que le llevaría a madurar el modelo racionalista que esbozaría a partir de 1928 en los trazos de la Casa Machín, en Las Palmas.

Antonio Pintor se mostraba indeciso entre emular a Domingo Pisaca o afrontar el nuevo camino que llamó arquitectura racional, a la que no alcanzó a comprender. Eladio Laredo teorizaba sobre un regionalismo canario que cuando llegó el momento de afrontarlo en la práctica, acabó sustituyéndolo por la solución fácil del clasicismo.

El arquitecto palmero Pelayo López y Martín Romero oscilaba entre ese mismo regionalismo y el abandono de los planteamientos estéticos por la atracción de las nuevas posibilidades que las técnicas constructivas ofrecían. Otilio Arroyo, con sus preocupaciones sociales de por medio y más interesado en su trabajo en la oficina técnica municipal, dejó a un lado al comitente adinerado para satisfacer, con un involucionismo injustificado, a las clases con menor poder adquisitivo, y Domingo Pisaca, el gran triunfador del momento, intentaba igualmente  una solución para un lenguaje arquitectónico que no ofrecía ya más posibilidades.

Domingo Pisaca y Burgada. Hogar Escuela de Santa Cruz de Tenerife

“Nunca en tan poco tiempo –subraya el profesor Darias- los arquitectos habían barajado respuestas tan diferentes que van desde el clasicismo que Menéndez Pidal y Yarnoz Larrosa emplearían en el Banco de España, a los tres espléndidos colegios que trazara Rodrigo Poggio Lobón considerados como un toque de atención de la pragmática racionalidad constructiva y no estilística, que la nueva construcción estaba experimentando. Mientras tanto el Ayuntamiento seguía coaccionando a técnicos y promotores para lograr una arquitectura enfática, en aras de conseguir el decoro de la ciudad”[3].

Los arquitectos del momento estaban convencidos de que la arquitectura necesitaba una renovación completa, y a excepción de la respuesta, fuera de contexto, de Pelayo López con el regionalismo de la casa Morán, todos estaban de acuerdo en que el camino seguir era el de la simplificación en las formas. De ahí que los primeros tanteos de la situación discurran en dos direcciones: el art decó y un expresionismo timorato. Pintor llegó a pontificar con motivo de la edificación de la Casa Machado, pero hacía falta contar con una convicción de la que él, como miembro de una generación que cerraba un ciclo, no poseía. De hecho, “después de este acto de honesta intención” regresó al eclecticismo en la Casa Ledesma e incluso evolucionó hacia derroteros más reflexivos cuando trazó el edificio que en la actualidad ocupa la Consejería de Sanidad, en la capital tinerfeña.

Posiblemente, el más perspicaz de todos fue Domingo Pisaca, quien, apoyándose en el art decó, cribó su obra hasta quedarse en las puertas del racionalismo como apreciamos en el caso de la casa Buchle. Miguel Martín se vio obligado a disfrazar su primera obra racionalista en Tenerife, el Casino Principal, con ropajes de un eclecticismo enfático en el que respondía al deseo de los miembros de la sociedad.

Miguel Martín Fernández de la Torre. Casino Principal de Tenerife

Con frecuencia se considera que el triunfo del Estilo Internacional significó el final de una etapa en el diseño arquitectónico, y abrió las puertas a un nuevo sentido estético que rechazaba el arte como acumulación de valores históricos, basando su praxis artística en la rigurosa coherencia formal. Aunque es verdad la aparición de este cambio de gusto a partir de un determinado momento, también es cierto que la tradición ecléctica pervivió y provocó que ambas soluciones convivieran conjuntamente.

En Canarias, el proceso de introducción del Estilo Internacional fue lento. Los primeros síntomas de esta evolución se aprecian en los trazos de Miguel Martín Fernández de la Torre para la casa Machín (1926). En el caso de Santa Cruz de Tenerife, no sería un arquitecto de la nueva generación quien provocaría la ruptura, sino el autor que más se identificaba con el eclecticismo.

Antonio Pintor elaboró el primer manifiesto de que denominaría arquitectura racional. El proyecto de la casa Machado (1928), en la calle Robayna de la capital tinerfeña, se planteó como una aproximación al tema cuando ya existía una clara conciencia de lo que se quería, aunque los resultados no fueran los esperados. Para llegar al nuevo lenguaje, Pintor se apoyó en las revistas de la época, que desde 1924 venían informando puntualmente de estos ámbitos y técnicas.

El cambio se produjo cuando Miguel Martín Fernández de la Torre trazó los planos de la fábrica de tabacos “La Belleza”, causando un gran estupor entre sus contemporáneos, hasta el extremo de que cuando en 1931 Rosa Palazón solicitó licencia de construcción para una nueva casa en la calle del Castillo, el debate adquirió una enorme virulencia, momento en el que las posturas se definieron con mayor claridad. El edificio Palazón, en sí, en bastante insustancial, pero detrás se escondía la polémica dialéctica sobre el racionalismo.

Antonio Pintor. Sede de la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias

En el rumbo marcado por Miguel Martín Fernández de la Torre, pronto se vio arropado por otros compañeros que siguieron el mismo camino, como Blasco (1931), Pelayo López (1931) y Domingo Pisaca (1932). E incluso Antonio Pintor, en los últimos años de su carrera profesional, hizo también algunos experimentos aunque más bien tuvieran un carácter incidental.

Al mismo tiempo, el público también se fue implicando, aunque con lentitud, en el proceso, sobre todo a través de las exposiciones promovidas por entidades tan acreditadas como el Círculo de Bellas Artes, destacando, especialmente, aquella en la que se expuso la obra de Miguel Martín Fernández de la Torre. La prensa local también participó en esta controversia, haciéndolo en ocasiones con claridad, contundencia y dureza.

Entre todos destacó la labor divulgativa llevaba a cabo por la revista gaceta de arte. Desde la publicación de su primer número publicó, en primera página, un artículo sobre el nuevo lenguaje, que encontró su espacio vital en sus múltiples manifiestos y en los artículos de fondo. Aunque Blasco fue el encargado de la sección de arquitectura, los escritos sobre el tema se deben a Eduardo Westerdhal y a Pedro García Cabrera. El primero lo hacía desde un planteamiento de tipo estético, mientras que el segundo se centraba en preocupaciones de índole social. Sin embargo, lo más destacado de la publicación fue su vertiente internacionalista, lograda a través de los colaboradores, pues muchos de ellos (Le Corbusier, Alberto Sartoris, Ernst May Hilberseiner…) eran protagonistas en primera persona de las nuevas experiencias.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo


[1] Hernández Gutiérrez, Sebastián A. Vanguardias arquitectónicas y últimas tendencias. En Gran Enciclopedia del Arte en Canarias. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1998.

[2] Darias Príncipe, Alberto. Santa Cruz de Tenerife. Ciudad, arquitectura y memoria histórica (1500-1981). Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Santa Cruz de Tenerife, 2004.

[3] Op. cit.

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