La imagen de la ciudad. Urbanismo contemporáneo de las capitales canarias

julio 1, 2012

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

El urbanismo contemporáneo anterior a la Ley del Suelo (1957) se circunscribe a las capitales canarias, pues el resto de las ciudades y los pueblos de las islas malñ llamadas menores no han conocido la planificación urbana del siglo XIX.

Santa Cruz de Tenerife comenzó en la década de los años veinte del siglo XX a despertar del letargo de las últimas décadas de la centuria anterior y a partir de 1926 comenzó unas gestiones para transformar su fisonomía urbana. En una propuesta avalada por el alcalde García Sanabria se hizo el encargo a los arquitectos Villa Calzadilla y Núñez Maturana de un “plano topográfico” de la ciudad con el deseo de conocer el estado de la misma.

El documento elaborado sirvió para emprender el Plan de Ensanche de la ciudad (1928), momento en el que el propio alcalde había empezado la redacción de unas ordenanzas en las que se normalizaban las alturas de los edificios, el cuidado en la composición de los frontispicios y una rigurosa conservación de la línea de rasante.

Santa Cruz de Tenerife. Panorámica de los años veinte

Estas acciones se identifican con el nacimiento del urbanismo contemporáneo, no sólo por el hecho cronológico, sino por el modo de actuación que se propone. Aún mantienen vestigios del siglo anterior, como es el caso de los ensanches, pero, en realidad, están abogando por las fórmulas que identifican al urbanismo con el Movimiento Moderno. Ello permitió que una ciudad como Santa Cruz de Tenerife comenzase a desarrollarse como una unidad en el núcleo habitable, y a plantearse qué tipo de ciudad quiere planificar para el futuro inmediato.

“Esta vez se hacen públicas –escribe el profesor Federico Castro- las bases de un concurso llamado a ser el anteproyecto de una reforma interior de la ciudad. Concurso que por sus pretensiones y magnitud nadie se atrevió a cubrir, quedando obviado que las ansias de los gobernantes locales volaban mucho más alto que las aspiraciones de los técnicos en función”[1].

Se trata de marcar las líneas maestras del futuro de la ciudad

Desde el ayuntamiento de Santa Cruz se auspició la formación de un equipo de trabajo formado por Eladio Laredo, José Blasco y Francisco Ortigosa, quienes asumieron el encargo sin mucho entusiasmo, pues en el momento de entregarlo se detectó la ausencia de importantes parcelas del planeamiento urbano. En todo caso, el Anteproyecto de Urbanización y Ensanche de Santa Cruz de Tenerife, concluido en 1928, sirvió como marco legal hasta 1933, año en el que se desarrolló por completo el Plan General de Urbanización.

Dicho plan, firmado por el ingeniero José Luis Escario, una obra de envergadura, en la que su autor se planteó dar respuesta a los múltiples problemas que aquejaban a la población, entre ellos la resolución urgente como era la propuesta de la Avenida Marítima. Escario se apoyaba en la propuesta del Plan General de Extensión de Madrid, que había sido admitido como vanguardista, “ya que comenzaba entendiendo a la urbe como a un todo, un conjunto compuesto por zonas específicas que tenían en su uso el rasgo diferenciador, lo que hoy entendemos como zonificación”[2].

Durante 24 años, Santa Cruz de Tenerife utilizó este plan, período de tiempo que transcurre entre su puesta en funcionamiento y la aprobación en 1957 de otro plan de mayor envergadura, firmado por los arquitectos Rumeu y Cabrera.

Mientras tanto habían sucedido acontecimientos políticos importantes, como la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 y el Alzamiento Nacional, el 18 de julio de 1936, con tres años de guerra civil que se prolongaría hasta abril de 1939. Durante la etapa de la autarquía, el responsable directo fue el Mando Económico, si bien, excepto la construcción de algunas barriadas (García Escámez) y la ordenación de algunos espacios concretos (Plaza de España) en poco cambió la fisonomía de las urbes insulares.

Inauguración del Monumento a los Caídos (1947)

El caso de la Plaza de España había sido desde hacía tiempo un enclave conflictivo, pues estuvo latente las soluciones que se deberían haber adoptado en la delineación de la Avenida Marítima (Blasco y Marrero, 1941), obligada a convertirse en una vía importante para las comunicaciones que corrían paralelas al litoral. Había que considerar, además, que muy cerca se habían celebrado los actos fundacionales de la ciudad y que el general Franco había salido de Tenerife para emprender la guerra contra la República. Este cúmulo de circunstancias permitió al arquitecto Machado el desarrollo en 1944 de un monumento de los caídos (del bando nacional) en la Guerra Civil.

Tramo del parque García Sanabria y de la rambla

La escasa operatividad de las oficinas técnicas municipales en materia urbanística durante este período conllevó la generación de otro tipo de problemas urbanos en el casco y aledaños de la ciudad, lo que obligó, en la década de los cincuenta, a la preparación de un nuevo plan, firmado por Enrique Rumeu y Luis Cabrera, denominado Plan General de Ordenación Urbana de Santa Cruz de Tenerife, concluido y aprobado en 1957, en atención a cuatro premisas fundamentales, dos de ellas fieles seguidoras del lenguaje de la época:

1.- Organización eficaz de la dirección política y económica de las islas.

2.- Representación simbólica y material de la isla como avanzada de España en el Atlántico.

3.- Exaltación de los valores tradicionales de estas islas españolas desde su incorporación a la Corona de Castilla.

4.- Protección del paisaje y fomento de sus caracteres peculiares como estímulo del desarrollo del turismo.

En el momento de establecer una zonificación, los arquitectos redactores del Plan establecieron una zonificación en cinco grandes apartados: a) especial, b) comercial, c) residencial, d)verde y e) industrial.

Algo similar ocurría en Las Palmas, pero con unos años de antelación (1922), cuando el alcalde Mesa y López había hecho un encargo similar al arquitecto Miguel Martín Fernández de la Torre, con el fin de enmendar la ciudad y de mantener una tradición urbanística cuyos antecedentes se remontaban a 1883 con el plan de López Echegarreta, continuado por Arroyo Velazco (1898) y Navarro (1911). La propuesta de Martín se aplicó especialmente a la zona de Ciudad Jardín, integrada en el ideal racionalista, en el que la cuadrícula se convirtió en la fórmula adecuada para el desarrollo de la zona.

Las Palmas. Parque de Santa Catalina

Las Palmas. Calle Bravo Murillo

Las Palmas. Calle León y Castillo

Las Palmas. Vista parcial de la ciudad

Las Palmas, al contrario que Santa Cruz de Tenerife, no conoció ninguna acción urbanística auspiciada por el Mando Económico, de ahí que su planificación urbanística sufriera un estancamiento, en el que permaneció hasta 1943 con la puesta en vigor del Plan Zuazo, que catapultó a la ciudad hacia conceptos de vanguardia, aunque no todas sus soluciones fueron las más adecuadas.

Secundino Zuazo, hombre de tierra adentro, pretendió ganar algunos solares al mar para solucionar los problemas de masificación que atenazaban a la ciudad de Las Palmas en los años cuarenta. Para ello se desecó parcialmente la playa de Las Canteras, “donde desarrolló un descabellado proyecto de sepultado del espacio que transcurre desde la línea litoral hasta la barra. Ello le habría permitido la construcción de una enorme plataforma capaz de admitir la erección de un buen número de viviendas de carácter residencial”.[3] Dos propuestas similares se produjeron con CIDELMAR (1947) y la Avenida Marítima, dos fases de un mismo proyecto que se concentró en ganar terrenos urbanizables al mar.

Fotos: Archivos de Miguel Bravo, Antonio González, Francisco Luis Yanes Aulestia y FEDAC.


[1] Castro Morales, Federico y Hernández Gutiérrez, A. Sebastián. Arte contemporáneo. La modernidad en Canarias. Col. “La biblioteca canaria”. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1992.

[2] Op. cit.

[3] Op. cit.

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