Controversia del manierismo

noviembre 4, 2012

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Hacia 1530 la práctica artística en Italia había desembocado en una reacción anticlásica que ponía en cuestión la validez del ideal de belleza defendido en el Renacimiento, etapa que recibió el nombre de manierismo. Aunque no se hablaba propiamente de construir o proyectar según una “manera”, la actitud creativa de los pintores y los escultores encuadrados en este estilo pronto estuvo rodeada de la polémica.

El alejamiento de las normas lógicas de la Naturaleza, es decir, de los cánones de la arquitectura clásica como los expone Vitruvio o como se podía comprobar en los monumentos clásicos, encontró una frontal oposición y a quienes abrazaron esta corriente se les reprochó una excesiva libertad, independencia, experimentación y querer hacer vanguardia a toda costa.

La caracterización general del manierismo contiene rasgos muy dispares, difíciles de reunir en un único concepto. Cada artista está inmerso en un estilo que debe ser considerado como un espacio muy amplio donde se admiten diversas soluciones personales.

Giovanpaolo Lomazzo. Autorretrato. Pinacoteca di Brera. Milán

El manierismo encontró planteamientos favorables en teóricos como Benedetto Varchi y Giovanni Paolo Lomazzo. El primero, en su Discusión sobre cuál es la más noble de las artes (1547), se pronuncia claramente a favor del papel predominante de la arquitectura y dice lo siguiente:

“… algunas vencen a la naturaleza, como ya se ha dicho de la arquitectura, que hace cosas que aquélla no puede hacer; otras son vencidas por ella, como todas las artes que no llegan a la perfección de la naturaleza, que son muchísimas (…)” 

“… la arquitectura es la más noble de las artes después de la medicina no sólo por la regla de los fines que hemos dado más arriba, que es infalible, así como del tema, sino también por la gran utilidad y los muchísimos conocimientos que de ella se obtienen y que con ella se buscan. (…) Pero, ¿qué más? ¿No demuestra su propio nombre que es más importante que todas las demás, puesto que “arquitectónicas”, palabra derivada de arquitectura, se denominan todas aquellas artes que establecen los principios para las demás o las dirigen”[1].

Cuatro décadas después, en 1590, Giovani Paolo Lomazzo, escribe sobre las posibilidades interpretativas de las “reglas” con fidelidad a los principios fundamentales de la arquitectura, argumenta:

“Yo no creo en absoluto que no sea posible (dejando hablar a los que no entienden) que en cada orden de construir no se puedan encontrar nuevas composiciones de sus miembros que, entendiendo su armonía y el propósito y fin para el que el orden se ha realizado, estando copiosamente instruido de los ejemplos de los demás, en cierto modo diferentes entre sí en cuanto a la forma, comprenda la variedad de sus miembros, que después se reducen todos a uno.

Si bien se ha de ir por diversas vías para llegar de esta variedad de composiciones de miembros, a órdenes e incluso de esos órdenes, a templos y palacios. Y ésta es obra de hábiles diseñadores que tengan prestas las manos a delinear, a mostrar en figuras lo que conciben con sus ideas, obra en suma de Miguel Ángeles, de Bramantes, de Rafaeles, de Peruzzis, de Primaticcios, de Romanos, de Sangallos… y no se ciertos arquitectos prácticos de edificios… sin ninguna creación suya de los cuales está llena Italia gracias a Sebastiano Serlio, que verdaderamente ha hecho más arquitectos mataperros que pelos tiene la barba; los cuales, aunque hacen edificios a la fuerza, no están, sin embargo, dentro de la trama del arte”[2].

Sebastiano Serlio. Modelo de fachada de iglesia (1527)

Sebastiano Serlio, considerado como uno de los iniciadores del manierismo decorativo e incluido entre los autores más vituperados de aquel tiempo, escribe en el Libro Extraordinario lo siguiente:

“La razón por la cual he sido tan licencioso en muchas cosas las diré ahora. Digo que sabiendo que a la mayor parte de los hombres la mayoría de las veces les apetecen cosas nuevas, y que en cualquier órbita pequeña que se ponen a hacer siempre quieren bastante sitio para poner frases, armas, hazañas y cosas semejantes, y contar historias en medio o bajorrelieve… es por tal razón por la que me he tomado algunas licencias rompiendo muchas veces el Arquitrabe, el Friso e incluso parte de la Cornisa; sirviéndome sin embargo de la autoridad de algunas antigüedades Romanas…”[3].

En contra suya, tomando una posición decididamente antimanierista, replicó Palladio condenando “el vicio de hacer los frontones de las puertas, de las ventanas y de los pórticos partidos por el medio” o hacer “nacer fuera de las cornisas alguno de estos cartuchos” (…), “no se puede sino censurar la manera de construir que, apartándose de lo que la Naturaleza de las cosas nos enseña y de la simplicidad que se encuentra en las cosas creadas por ella, hace casi otra naturaleza y se aparta de la verdad y bondad de la forma de construir”[4].

Andrea Palladio, grande entre los grandes

Sin embargo, en el primer cuarto del siglo XVII, cuando ya se había producido el triunfo del manierismo y se estaba gestando la formación del gusto barroco, arreció una segunda polémica, quizás más áspera que la anterior, en la que, entre otros, terciaron autores como Teofilo Gallacini, que se lanzó abiertamente contra el abuso de los ornamentos en los edificios y los errores de los arquitectos del manierismo y manifiesta:

“El abuso de algunos ornamentos en la arquitectura daña la bondad de las obras, es razón de la imperfección de los edificios; y hace descender la reputación de los arquitectos… Y para mostrar cuanto antes en qué consiste el abuso de algunos ornamentos en los edificios, diremos que tiene lugar cuando no se hace caso a los ornamentos que nos han enseñado los buenos arquitectos antiguos y que nos muestran los restos de los edificios antiguos de Roma y de otras ciudades de Italia y de Grecia; consiste también en el excesivo deleite por encontrar nuevas creaciones, disminuyendo, cambiando o bien rompiendo los miembros principales; y también finalmente convirtiendo todo abuso en regla, e infringiendo las rectas normas del actuar con buena razón en arquitectura”.

“En los edificios de cualquier estilo los ornamentos son de forma determinada, se puede inventar si no se toma uno demasiadas licencias, y si no se quiere llevar a otros hacia costumbres bárbaras, a cosas grotescas, a desvaríos y a las fantasías de los orfebres, de los plateros, de los maestros carpinteros, de los entalladores, de los estucadores y de los pintores (…)”.

“Decimos, por tanto, que hay abuso de ornamentos en los edificios cuando se añaden algunos miembros no necesarios en su frontispicio, ni para sostener otro miembro, ni para la correspondencia de las partes. Es, para decirlo más claramente, cuando todo el cuerpo es perfecto sin ellos;… se comete un error en la proporción de los ornamentos cuando una cornisa, un gran friso o un gran arquitrabe se colocan encima de una columna demasiado corta y demasiado gruesa… se comete un error cuando se hacen las columnas esbeltas y sobre ellas se dispone un gran capitel, cuando se hacen columnas esbeltas y muy altas y se les coloca un capitel demasiado pequeño… Es un grandísimo abuso romper los arquitrabes, y los frisos, para aumentar los vanos; error mucho mayor que el de romper los frontispicios… (pues) se rompe la continuidad de los ornamentos, se desune la compartimentación, y se deshacen las relaciones de las partes entre sí y con el todo; y finalmente se daña la uniformidad”.

“… excesivo deleitarse en encontrar nuevas creaciones, disminuyendo, cambiando o rompiendo los miembros principales; y finalmente convirtiendo todo vicio en regla sin hacer caso a ninguna recta norma de actuación de buena razón en la Arquitectura” [5]. 

En el manierismo, la tendencia espacial de finales de la Edad Media en el que las cosas comienzan a moverse, en sustrato de la vida, en soporte de efectos de luz y de fenómenos atmosféricos, había perdido protagonismo, aunque no hubiera perdido todo su valor. Sin embargo, hay ocasiones en las que el manierismo mostró una actitud ambivalente, en el que unas veces llevó demasiado lejos los efectos espaciales y en otras los hizo desaparecer.

“El manierista –explica Hauser- une tendencia a la profundidad con una tendencia a la superficie. La plasticidad exagerada de las figuras o la vehemencia de sus movimientos y el carácter penetrante de sus gestos acentúan su forma espacial de existencia; no obstante lo cual, estas mismas figuras se hallan vinculadas a un modelo planimétrico o se mueven en un espacio irreal, al que le falta la continuidad orgánica y que está compuesto por elementos heterogéneos”.[6]

En el manierismo se aprecia una disolución de la estructura renacentista del espacio y la desintegración de la escena representada en una serie de ámbitos espaciales, no sólo separados externamente, sino organizados de modo diverso a nivel interno.

La arquitectura manierista aísla al hombre de su ambiente, no sólo en el sentido de que lo sitúa en un plano superior, en un marco insólito, más solemne y armonioso, sino también en el sentido de que subraya su alineación respecto del ambiente, poniéndose de manifiesto algunos de los rasgos esenciales del manierismo.

Ante todo destaca el sentimiento de la inhibición y de la falta de libertad, unido a la tendencia hacia lo absoluto; la huida a lo caótico, unido a la necesidad de una protección frente el caos; la tendencia hacia la profundidad, el impulso a la lejanía, el intento de romper hacia amplios espacios y, al mismo tiempo, la separación repentina del ambiente; el ímpetu constantemente refrenado, la visión velada… todo lo cual oculta y provoca la curiosidad. Se combina el horror vacui con un amor vacui; los muros se recargan con decoraciones superficiales relativamente reducidas.

Miguel Ángel. Escalera de la Biblioteca Laurenziana

Un claro ejemplo lo encontramos en la columnata de los Ufizzi o en el vestíbulo de la Biblioteca Laurenziana, donde el espectador, lejos de sentirse elevado a una zona de ser más elevada, más equilibrada u serena, se encuentra, por el contrario, confuso, desarraigado, expuesto y situado en un ámbito espacial de estructura abstracta. Una de las construcciones más características de esta especie la podemos encontrar, asimismo, en el patio de los Ufizzi de Giorgio Vasari, comenzado en 1560, orientado en sentido longitudinal, que causa la impresión de una calle abierta. El patio discurre como un corredor, pero no llega al espacio abierto, sino que es cortado repentinamente y también de una manera indecisa y equívoca.

En el caso del vestíbulo de la Laurenziana –proyectado en 1524-, Miguel Ángel hizo desaparecer no sólo la unidad, el equilibrio y el ritmo armonioso de la arquitectura clásica, sino también la lógica tectónica dominante en ella. Las dimensiones absurdas, sobre todo las de la enorme escalera en un espacio tan reducido, los marcos excesivamente gruesos de las ventanas ciegas, que por eso ya carecen de efectos de profundidad; las grandes consolas, que aparecen tanto más grandes por carecer de función, así como la disposición de otros elementos, acaba produciendo un desasosiego en el espectador.

Giuliano Romano. Palazzo del Té

En este grupo es preciso incluir, asimismo, el carácter estilístico de Giuliano Romano en el Palazzo del Té (1526-1534). Visto desde la fachada de la calle, no se sabe si el entresuelo y el primer piso constituyen una unidad o si se trata de dos plantas o sólo de un elemento arquitectónico vertical, ya que las pilastras y las horizontales entre las ventanas compiten entre sí, sin que pueda llegarse a una conclusión. Otros elementos de la construcción inducen a ratificar tales extremos.

En opinión de Hauser, el manierismo “es arte radical que transforma todo lo natural en algo artístico, artificioso y artificial. La resonancia natural, la materia prima de la existencia, todo lo fáctico, espontáneo e inmediato es aniquilado por el manierismo y transformado en un artefacto, en algo conformado y hecho que –por muy próximo que esté al homo faber, y por muy familiar que le sea- se halla siempre a distancia remota de la naturaleza. La arquitectura, lejana formalmente de las artes figurativas e imitativas, reviste ya de por sí un carácter abstracto, inanimado e innatural. El manierismo, empero, intensifica todavía más este carácter abstracto y esta distancia de la naturaleza”[7].

Imágenes: tomadas de internet


[1] Varchi, Benedetto. Discusión sobre cuál es la más noble de las artes (1547). En Historia de la Arquitectura. Antología crítica. Ed. Hermann Blume. Madrid, 1985.

[2] Lomazzo, Giovan Paolo. Posibilidades interpretativas de las “reglas” con fidelidad a los principios fundamentales de la arquitectura (1590). En Historia… Op. cit.

[3] Citado por Eugenio Battisti en su trabajo Historia del concepto de Manierismo en Arquitectura. En Historia .. Op. cit.

[4] Op. cit.

[5] Gallacini, Teófilo. Errores y abusos de los arquitectos del Manierismo (1621?). En Historia…  Op. cit.

[6] Hauser, Arnold. El manierismo. La crisis del Renacimiento y los orígenes del Arte moderno. Traducción del profesor Felipe González Vicens. Ed. Guadarrama. Madrid, 1965.

[7] Op. cit.

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