La ruptura de la Cristiandad

febrero 11, 2013

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Aunque la clase burguesa, cada vez más pujante, había conseguido romper durante el Renacimiento el monopolio de mecenazgo que mantenía la Iglesia, ésta continuaba siendo la principal patrocinadora del arte y de la ciencia, por lo que la mayoría de las obras importantes se realizaban por su encargo, del mismo modo que se veían favorecidos los estudios humanistas relacionados con la Biblia. Así, a pesar de la multiplicación temática renacentista frente al omnipresente cristianismo del teocéntrico gótico medieval, el arte religioso adquirió un desarrollo enorme.

De hecho, desde el siglo XIV hasta el XVI, la Iglesia parecía que estaba más preocupada por el arte que del bienestar espiritual y físico de sus fieles, despreocupación que se veía agravada por la participación del papado en corruptelas y en asuntos políticos internacionales.

Los abusos morales de algunos pontífices y del clero generaron un ambiente propicio para el descontento. La negligencia en el cumplimiento de los deberes apostólicos, el afán de placer y la mundanización en las conductas clericales, así como la excesiva fiscalidad sobre los fieles, cuyo único fin era costear la vida ociosa de los clérigos y el sentido patrimonialista que una gran parte del clero tenía de la Iglesia, hasta el punto de que muchos clérigos se sentían propietarios de una prebenda, minaron el ambiente que les rodeaba.

En primer plano, el laberinto de la catedral de Chartres

En torno a la salvación espiritual, el papado mantenía un lucrativo negocio con la venia de bulas e indulgencias, cobrando importantes sumas a quien podía pagarlo. También estaba muy extendida la concentración de cargos eclesiásticos (obispados, curatos, capellanías que llevaban aparejada la cura de almas) en una sola mano. Este conjunto de abusos produjo un extenso descontento contra la Iglesia mucho tiempo antes de que estallase la Reforma, pero constituyó un arma eficaz, empleada por los reformadores del siglo XVI, para conquistar la adhesión popular contra Roma.

Al mismo tiempo, quienes integraban el mundo de intelectuales del siglo XVI eran hombres profundamente religiosos, eruditos, filósofos, latinistas, y constituían también un universo preocupado por la renovación de las relaciones entre Dios y el hombre. El Dios de los humanistas era, ante todo, amor, de tal manera que era preciso abandonar la imagen que el cristiano tenía hasta entonces de un Dios airado y terrible, divulgada desde los púlpitos medievales.

Para lograrlo, los humanistas pensaron que había que cambiar las ideas y las palabras. La primera consecuencia fue la preocupación, aparentemente erudita, por revisar las versiones oficiales de las Sagradas Escrituras. Las nuevas ediciones modificaban notablemente los textos medievales, por lo que era preciso dirigir las críticas hacia los que oscurecían las palabras: los teólogos, más empeñados en los debates sobre los misterios divinos y sobre los dogmas, que en acercar a Dios a los hombres.

En contra, los humanistas propusieron una teología, una fe y unos ritos sencillos. Bastarían unos pocos dogmas: establecida la libertad del hombre, la religión sería una cuestión individual ajena a normas; la Iglesia sería una institución que serviría sólo para ayudar a los hombres en su camino de salvación; lo verdaderamente importante sería vivir según el mensaje evangélico, liberado de las formas y fórmulas eclesiásticas, tal como lo habían hecho los apóstoles y los primeros cristianos.

Los humanistas pensaron que había  que cambiar las ideas y las palabras

Esta inquietud religiosa de los humanistas no era ajena a los ambientes populares, donde contribuía al clima que preludió a la Reforma, pero en modo alguno puede atribuírsele causalidad en las conmociones religiosas y espirituales que vivió Europa a comienzos del siglo XVI.

Se suele asociar la Reforma a un hombre, Lutero, y a una fecha, el 31 de octubre de 1517, cuando el fraile agustino publicó las 95 tesis sobre las indulgencias. Pero antes de que eso sucediera ya se habían propagado ideas, como las humanistas, y se despertaron sentimientos religiosos, como los de la “devotio moderna”, que fomentaron, provocaron e hicieron posible un clima de escisión de la Iglesia católica, apenas deseada ni siquiera por los que exigían reformas. Antes de Lutero hubo otros críticos –Wyclif, Huss y Erasmo- sobre los modos de vivir la religión en el seno de la Iglesia.

En el origen de la reforma protestante, además de los abusos del clero,  está la disolución del orden medieval, es decir, la ruptura de la unidad política, espiritual y religiosa que lo caracterizaba: la Iglesia, cuna en la Cristiandad, representada en la unidad de “sacerdotium e imperium”. Cuando el monopolio y la superioridad se rompieron, por la aparición de los círculos humanistas ajenos al clero, se creó una atmósfera antiescolástica y anticlerical que favoreció el desarrollo de las ideas reformistas.

En el origen de la Reforma estaban también algunos factores netamente religiosos, entre los cuales cabe destacar la falta general de claridad dogmática, que afectaba no sólo al pueblo sino a los propios eclesiásticos y la extremada sensibilidad religiosa del creyente que hacía angustiosa la tarea de asegurarse la salvación eterna, más valorada incluso que la existencia terrenal.

Toda la vida del hombre, desde su nacimiento hasta su muerte, estaba dominada por percepciones y referencias sagradas. Apenas podían definir la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, tendían a asegurarse la salvación mediante un sistema abigarrado de protecciones, de abogados celestiales, mediadores de todo tipo y para todas las circunstancias, tan criticado por los humanistas, por supersticioso.

La salvación eterna era un asunto tan primordial que el cristiano vivía preparándose cada día para morir, de tal manera que la vida constituía un valor subordinado a la forma de acabar la existencia terrenal. Es decir, que la vida tendría sentido si se conseguía una buena muerte.

En aquel ambiente la comunicación entre vivos y difuntos era continua. Los que vivían lo hacían pendientes de generar recursos salvadores. Los difuntos que no hubiesen obtenido la gracia del cielo directamente se beneficiaban de las misas y sufragios encargados por los vivos, que les ayudarían a abreviar la cita previa al cielo, es decir, el purgatorio.

A lo largo de la Baja Edad Media hubo momentos en los cuales los cristianos asistieron perplejos a la presencia simultánea al frente de la Iglesia de dos Papas (uno en Roma, otro en Aviñón), lo que producía un desconcierto sobre la legitimidad, la autoridad y la infalibilidad de uno o de otro, al mismo tiempo que las ponía en entredicho.

Su consecuencia fue el fortalecimiento de la teología conciliar y de las opiniones conciliaristas, la convicción de que la interpretación de la verdad, la emisión de las normas y la capacidad suprema de decisión correspondían a los concilios generales, verdaderos representantes de la Iglesia y capacitados para juzgar al Pontífice falible. Aunque el Concilio V de Letrán (1512-1517) sometió tales teorías, parece claro que este cúmulo de circunstancias había contribuido decisivamente a la ruptura de la Cristiandad.

El ambiente en el que triunfó la Reforma estaba dominado de un fuerte sentimiento apocalíptico. En Alemania y en una gran parte de Europa estaban convencidos de que el fin de los tiempos estaba próximo y que vendría acompañado de la visión del anticristo y de su breve reinado, del triunfo de Cristo y del juicio final. El conjunto se convirtió en arma de combate y en instrumento de propaganda eficaz de los predicadores y reformadores, para quienes el anticristo estaba encarnado en el Papado y reinaba en Roma, de modo que niega la jerarquía de la Iglesia, afirmando que todos los cristianos tienen el mismo valor.

Lutero y los alemanes propugnaban la idea de una Iglesia nueva

Lutero y los alemanes se sintieron dominados por la obsesión del último día y por la instauración de una Iglesia nueva. La base de la doctrina luterana consiste en la salvación por la fe, es decir, su exclusiva importancia para la salvación del alma al morir, sin que importase el arrepentimiento ni las obras.

También establece la libre interpretación de la Biblia, negando el valor de la tradición de la Iglesia, y defiende su traducción a la lengua del pueblo, realizando él mismo una traducción al alemán. Del mismo modo, entre otras reformas de la fe católica, reduce los sacramentos a bautismo y eucaristía, abole el culto a la virgen y los santos y suprime toda ostentación en los templos.

Las doctrinas luteranas se extendieron con bastante rapidez por toda Alemania, especialmente por los estados del Norte, a lo que contribuyeron también factores económicos y políticos. Algunos nobles vieron la oportunidad de aumentar sus posesiones, puesto que con el luteranismo la Iglesia debía renunciar a todos sus bienes y, así, sus tierras fueron secularizadas, pasando a manos de esta nobleza; otros nobles se transformaron a la fe luterana porque significaba la posibilidad de enfrentarse al emperador Carlos V, uno de los más feroces defensores del catolicismo; y, en conjunto, el luteranismo resultó ser un movimiento nacionalista de oposición a Roma.

Fracasados los intentos pacíficos, se llegó a la lucha armada entre católicos y protestantes y, a pesar del sonado triunfo de Carlos V contra los protestantes en Mühlberg en 1547, el emperador acabó aceptando la paz de Augsburgo (1555), por la cual se reconocía la libertad religiosa de los príncipes alemanes y la supeditación del pueblo a la fe espiritual de éstos.

La convocatoria de un concilio para resolver el problema de la escisión protestante fue largo tiempo pospuesto por el Papado, debido al miedo a que prevaleciera la superioridad conciliar frente al Papa y a las guerras entre España y Francia.

La reforma de la Iglesia afectó, en primer término, a sus miembros, aunque existía la necesidad de extenderla a todo el cuerpo, incluida la cabeza visible. Durante el papado de Paulo III (1534-1549) se hicieron patentes los primeros elementos represores y reformadores de la iglesia de la época: la fundación de la Inquisición romana para evitar la difusión por Italia del luteranismo; los intentos por imponer la residencia de los obispos; y la reforma de la Curia, con la inclusión en su nómina de cardenales de estricto sentido eclesiástico, aliados con la renovación y enemigos del espíritu mundano que la había caracterizado.

No obstante, y sin duda alguna, el mayor servicio del citado pontífice a la Reforma católica fue la convocatoria del Concilio de Trento. Fracasadas las dos primeras convocatorias papales que disponían celebrarlo en Mantua y en Vicenza, entonces resultó decisiva la intervención del emperador Carlos V, que propuso celebrarlo en Trento, como territorio del Imperio, lo que contó con el beneplácito del Papa, que lo convocó en mayo de 1542.

El camino, sin embargo, no estaría exento de nuevas dificultades. Las guerras entre Carlos V y Francisco I produjeron, de nuevo, la suspensión del Concilio en septiembre de 1543. Mediante la paz de Crépy (1544), en cuyo protocolo se declaraba que Francia enviaría al Concilio obispos y legados, se consiguió impulsar una nueva y definitiva convocatoria en noviembre de 1544. La apertura, que sufrió una excesiva y desesperanzadora demora, tuvo lugar en diciembre de 1545.

Dos años más tarde, el Concilio trasladó su sede a Bolonia, siendo suspendido en 1549, reanudado en 1551, suspendido de nuevo en 1552, reabierto en 1562, interrumpido otra vez por la firma de la paz de Cateu-Cambrésis y finalmente clausurado en enero de 1564.

El Concilio de Trento afrontó problemas dogmáticos como la precisión de la fe católica frente a los errores del protestantismo, aunque las cuestiones de la primacía papal y del concepto eclesial no se modificaron. Se reafirmó la doctrina tradicional y se fijó el contenido de la fe católica.

En primer lugar, se estableció que Dios ha creado al hombre bueno y éste, a pesar del pecado original que corrompió su naturaleza, conserva su libre albedrío y su aspiración al bien. En segundo lugar, la fe se funda sobre las Sagradas Escrituras, explicada y completada por los padres de la Iglesia, los cánones de los concilios y el magisterio de la Iglesia.

En cuanto a la cuestión de la justificación por la fe, la doctrina que establece el Concilio de Trento difiere notablemente de la mantenida por Lutero. Según éste, Dios nos justifica atribuyéndonos los méritos de su Hijo. Para la Iglesia reunida en Trento, Dios nos hace justos transformándonos por la acción de la gracia. Por otra parte, el Concilio estableció que la misa es un sacrificio que renueva el de la cruz, y afirmó, con relación a la Eucaristía, la presencia real, la conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino en la sangre, no permaneciendo más que las apariencias del pan y del vino.

Una representación del Concilio de Trento

Sobre el concepto de Iglesia, el Concilio mantuvo que Dios quiere la Iglesia y que ésta es una, santa, universal y apostólica, está inspirada por el Espíritu Santo y es infalible en materia de fe. Por otra parte, el Concilio abordó plenamente la reforma del clero al desterrar los abusos denunciados desde la Baja Edad Media. Por lo que se refiere a la obra pastoral y disciplinaria de Trento, sus decisiones fueron, con el tiempo, trascendentales.

La reforma del episcopado fue objeto de abundantes discusiones y decretos: se reguló el deber de residencia, de visita pastoral diocesana, de predicación y de convocatoria frecuente de sínodos. Parecidas recomendaciones de residencia, predicación, cura de almas, vida austera, uso del traje talar, etc., se hicieron a los párrocos.

La novedad que el Concilio presentó en esta materia se refería al celo que en adelante habría de ponerse en la selección, formación moral, teológica y doctrinal de los curas, para lo cual se pedía a los obispos que se establecieran seminarios diocesanos, de tal manera que se evitaran los abusos denunciados y se llevase a cabo la reforma real de los ministros seculares de la iglesia. Aún así, las decisiones del Concilio no agotaron la crisis que padecía la Iglesia.

También fueron aprobadas las imágenes religiosas y se dictaminaron los principios filosóficos y prácticos del culto católico; sin embargo la imaginería popular desbordó su uso dando origen a imágenes basadas en relatos considerados apócrifos.

“Manda el santo Concilio a todos los Obispos, y demás personas que tienen el cargo y obligación de enseñar, que instruyan con exactitud a los fieles ante todas cosas, sobre la intercesión e invocación de los santos, honor de las reliquias, y uso legítimo de las imágenes, según la costumbre de la Iglesia Católica y Apostólica, recibida desde los tiempos primitivos de la religión cristiana, y según el consentimiento de los santos Padres, y los decretos de los sagrados concilios; enseñándoles que los santos que reinan juntamente con Cristo, ruegan a Dios por los hombres; que es bueno y útil invocarlos humildemente, y recurrir a sus oraciones, intercesión, y auxilio para alcanzar de Dios los beneficios por Jesucristo su hijo, nuestro Señor, que es sólo nuestro redentor y salvador; y que piensan impíamente los que niegan que se deben invocar los santos que gozan en el cielo de eterna felicidad; o los que afirman que los santos no ruegan por los hombres; o que es idolatría invocarlos, para que rueguen por nosotros, aun por cada uno en particular; o que repugna a la palabra de Dios, y se opone al honor de Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres; o que es necedad suplicar verbal o mentalmente a los que reinan en el cielo”[1].

El catolicismo era monolítico en España, Portugal e Italia y presentaba dificultades en Polonia. Se habían perdido varias regiones de Francia y el norte de Alemania; también se había consumado el cisma inglés, aunque Irlanda permanecía fiel al catolicismo; estaba en peligro el corazón del Imperio, Austria, Bohemia y Hungría; Suiza y los Países Bajos se presentaban divididos, mientras que en el Sur y en el Oeste alemán estaba escasamente fortalecido. En los países escandinavos el avance del protestantismo era definitivo.

Sin embargo, antes de que finalizara el siglo XVI, la vida de la Iglesia se renovó gracias a la ejecución de los decretos y del espíritu reformador conciliar, cuya responsabilidad correspondió a los pontífices que ocuparon la sede romana desde 1565 hasta 1585: Pío V, Gregorio XIII y Sixto V. A sus nombres van unidos obras trascendentales, como la conclusión del Catecismo cuya elaboración comenzó durante el Concilio (Pío V), la restauración del culto, la reforma de la administración eclesiástica, la fundación y organización de colegios romanos para sacerdotes (Gregorio XIII), la reorganización profunda de la Curia y de la distribución de los asuntos de gobierno, la revisión de la “vulgata” latina de San Jerónimo (Sixto V) y la implantación de las visitas obligatorias de los obispos a Roma para informar del estado de sus diócesis.


[1] Sesión XXV del Concilio de Trento. 3-4 diciembre de 1563, presidido por el papa Pío V. Biblioteca Electrónica Cristiana, 2001.

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