El cosmos y el hombre del siglo XVII

marzo 1, 2013

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En el siglo XVII se mantenían viejas tradiciones de la cultura occidental, y entre ellas las referentes a la estructura del universo que, según la teoría tolemaico-escolástica, se explicaba por medio de los cuatro elementos de la cosmología de la tradición aristotélica y por la superposición de once esferas en los cielos. Esta representación del Cosmos era la misma de la Baja Edad Media y del Renacimiento.

El barroco se plantea el papel de los dioses celestes que desde la Antigüedad vienen dando nombre a las estrellas y las constelaciones, y a los cuales tratará de cristianizar, superando, en algunos casos, el sentido del ridículo, más allá de meras correspondencias fruto de transformaciones más o menos acertadas.

En el siglo XVII la astrología jugó un papel importante, hasta el punto de que figuras claves de la sociedad de la época –y entre ellos algunos papas, como Urbano VIII- asignan un lugar predominante a la ciencia de las influencias astrales.

Otro elemento de gran antigüedad y que cobró prestigio en los espacios urbanísticos de la ciudad de Roma de la segunda mitad del siglo XVI fueron los obeliscos traídos de Egipto, entre ellos el trasladado por Sixto V en 1585 al centro de la plaza de San Pedro. A la hora de erigirlo fue exorcizado con toda solemnidad y se lo remató con una cruz, la Cruz Invicta, convirtiéndose en el símbolo victorioso de Cristo.

Obelisco de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano

Para el pensamiento del hombre de aquella época, el obelisco era un signo misterioso de Egipto, un monumento cósmico, semejante a los rayos del sol y, por tanto, dotado de un sentido alegórico solar; la cruz que se le añadía en la cúspide aludía a Cristo, es el sol inteligible. También se dio la misma referencia a los cuatro leones en bronce del zócalo, que no tenían carácter solar, sino que aludían a la tribu de Judá. En este campo alegórico tan significativo del barroco romano estas cuatro imágenes cobraron sentido: Cristo, el sol, el rey y el león.

El barroco heredó, además, la fuerte tradición del humanismo en torno a la interpretación mágica de la naturaleza, según la cual el sabio o el alquimista es un mago capaz de descubrir los misterios de aquella gracias al poder contemplativo de su mente. Hasta el siglo XVIII se mantuvo el anhelo del hombre de su deseo de transmutar los metales viles en preciosos, y la búsqueda de un elixir o “piedra filosofal” capaz de rejuvenecerle y librarle de las enfermedades. La alquimia trabajaba bajo el principio de la unidad del universo, tanto en este mundo como en el más allá, en la tierra y en los cielos, gracias a las fuerzas vivas soterradas en la materia.

Uno de los temas característicos del barroco será el de los cinco sentidos, que se verán en series alegóricas o en pinturas sobre cada uno de ellos. San Agustín afirmaba que el hombre pecaba por medio de ellos. El tema reaparece bajo la interpretación medieval, dentro de la mentalidad contrarreformista, hasta el extremo de que aceptación se convirtió en una tema tan admirado –ver, oir, oler, gustar y tocar- que pasó a la literatura emblemática, moralizante y política.[1]

Sistema ptolemaico

El ojo es un adorno del alma y se concibe bajo la forma de una matrona, que tiene como atributos el lince o el águila, entre los animales; y el espejo y los anteojos entre los instrumentos, aunque otras veces se presenta como símbolo de la vista una lámpara o una antorcha, ya que gracias a la luz es posible la visión.

El oído es representado alegóricamente por una mujer que interpreta música, con instrumentos de cuerda en general; otras veces pueden aparecer instrumentos  de viento como flautas y oboes, y libros de música u otros objetos relacionados con la audición. Entre los animales destacan las aves canoras, conocidas por sus trinos armoniosos, y el ciervo, de gran agudeza auditiva.

El sentido del olfato presente a la mujer de la alegoría percibiendo el aroma de una o varias flores, por lo común rosas o claveles, que se consideran las de olor más penetrante. Otras veces las flores son sustituidas por un frasco de perfume; como animal característico suele ponerse al perro, por estimar que tiene el sentido muy desarrollado.

Para la iconografía del gusto suelen ponerse junto a la matrona frutas o manjares sabrosos, entre los animales se pone al mono, que se dice supera al hombre en este sentido. Por último, para el tacto se ponen animales que aprehenden con su cuerpo o extremidades, como el cangrejo de mar o una serpiente; y cuando la composición tiene figuras accesorias vemos a una pareja de amantes abrazándose o a un ciego palpando una escultura. En el sentido del Amor, tan decisivo para la mentalidad renacentista, dominó la visión neoplatónica, contra la que ni hubo oposición, en la que se deifica a la mujer y se la presenta a ras de tierra.

La Divina Sabiduría, como expresión máxima de la divinidad, alcanzó su culminación en 1629, cuando Andrea Sacchi recibió el encargo del cardenal Barberini para decorar uno de los salones de la residencia oficial del papa Urbano VIII. El tema está inspirado en los capítulos séptimo y octavo del Libro de la Sabiduría, y ésta aparece personificada como matrona, sentada en un trono, con dos leones y rodeada de una serie de figuras alegóricas, mencionadas en el libro del Antiguo Testamento atribuido a Salomón; lleva corona sobre la cabeza y viste túnica amarilla, con el espejo de la Prudencia en una mano y el cetro de la Providencia en la otra, y sobre el pecho una imagen del Sol, que es el “resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad”.

La primera alegoría de las acompañantes de la Sabiduría es la Divinidad, que lleva el atributo del triángulo, símbolo de la esencia y de la Trinidad de las personas. La segunda es la Suavidad, que se logra mediante la armonía y la concordia, de ahí su representación por una lira; la tercera es la Eternidad, simbolizada por el jeroglífico de la serpiente que se muerde la cola; la cuarta es la Nobleza, coronada de las siete estrellas de la constelación de Ariadna; la quinta es la Justicia, con el atributo de la balanza. De espaldas está la fortaleza, con una maza en la mano y la Beneficencia, que lleva una espiga de trigo.

Al otro lado del trono aparecen la Perspicacia, la Belleza, la Pureza y la Santidad, que emanan de la Divina Sabiduría y a la que corresponden, como atributos, el águila que mira al sol sin parpadear, el mechón de cabellos sembrado de estrellas, un cisne blanco y un altar con una cruz. La descripción termina con la referencia a dos figuras en la parte superior, a la izquierda, aunque es alada, cabalga sobre un león y representa el amor de Dios; la figura de la derecha lleva como símbolo el conejo y representa el temor de Dios.

El simbolismo místico y la muerte 

Una de las características espirituales del arte de la Contrarreforma será el éxtasis, un fenómeno de gran novedad entonces. El arte del siglo XVII está lleno de una especie de fiebre interior que se diferencia del siglo XV, en el que es una pasión y un deseo de Dios hasta el aniquilamiento.

En la iconografía de las artes plásticas de la Contrarreforma hay que tener en cuenta la evolución del pensamiento espiritual, pues ambas cosas estuvieron estrechamente ligadas. Literatura y arte tienen el común denominador del misticismo –el alma tiene, como una gran realidad, un sentimiento de contacto con Dios-, es lo mismo que la contemplación pasiva, en sentido ascendente.

El místico con capacidad literaria, además de aprehender a Dios, debe ser capaz de trasladar tal aprehensión a una obra de arte, lo que consigue mediante una serie de símbolos. El problema surge en el momento de decir en qué consiste el simbolismo místico, ya que el lenguaje simbólico para expresar lo divino escapa a toda definición lógica, pues resulta imposible analizar un misterio hasta los límites de la razón.

A San Ignacio de Loyola el arte le interesa como medio de expresión. Lo más importante de su método por su trascendencia en las artes plásticas fue la contemplación imaginativa del lugar, mientras que del punto de vista místico es importante su Diario espiritual en el que figuran los carismas esenciales de los grandes místicos. El éxito de la fundación de los jesuitas radica, según los estudiosos, en haber intuido un método eficaz para la sensibilización de la imagen, en la parte previa a las meditaciones, la denominada “composición de lugar”.

San Ignacio de Loyola, visto por William Holl el joven (1807-1871)

Surgen, asimismo libros destinados a las almas contemplativas, como la Pía Desideria, de Hugo Hermann –en el que destacan los grabados-, dedicado en tres partes a los afectos de dolor y arrepentimiento, a los deseos de seguir a Cristo y a las ansias de unirse con Dios. Hermann siguió el esquema de las tres edades de la vida interior, en que aparece la vida espiritual como un proceso de crecimiento a lo largo de los tres períodos de la Vía Mística.

Otro personaje destacado es el santo carmelita San Juan de la Cruz, en el que la nota característica de su obra es su concepción de la mística, que la ve en función de la unión y habla de “llegar en breve a la divina unión”. Tomando ideas de la tradición escolástica, de la Biblia y de la experiencia mística, formó un sistema claro, sintético y personal, pero su mayor valor desde el punto de vista doctrinal, es el empleo magistral que hace de los principios filosóficos y teológicos[2].

Santa Teresa de Jesús ocupa un puesto singular en la historia de la mística desde el momento en que se hicieron públicas sus numerosas visiones. Las iniciales son las que ella llamó de tipo intelectual, y las siguientes ya de carácter imaginario, sin que le faltaran las de tipo infernal. De su éxtasis, el de la Transverberación del corazón de la santa abulense ha sido el que más se ha tratado artísticamente y entre sus intérpretes magistrales figura Bernini.

Es de advertir, asimismo, el surgimiento de un nuevo sentimiento de lo patético, que se aprecia el triunfo de la muerte. Después del Concilio de Trento, la tumba se presentó de otra forma, en la que el sepulcro se convierte en la fachada de un templo que encuadra el busto del difunto. Entre los símbolos que hay junto a la cabeza están unas alas para expresar la rapidez con que llega la muerte, y una corona de laurel, la imagen del triunfo que supone la muerte.

Sin embargo, pronto se extenderá una imagen muy común: un esqueleto sobre o al lado de la tumba o calaveras y tibias, con el fin de infundir el temor, y éste será la tónica dominante. La inspiración de estas formas pavorosas, tan lejanas del sentimiento italiano, parece venir de la Contrarreforma, de uno de los santos promotores del nuevo espíritu, San Ignacio de Loyola, el autor de una obra fundamental sobre la disciplina de la piedad, titulada Ejercicios Espirituales.

Desde ahora la meditación de la muerte no falta en cualquier guía espiritual, y para suscitar la imagen angustiosa de ella, la imaginación sugiere  composiciones con cementerios, osarios, gusanos, etc. Para los jesuitas y sus seguidores, la imagen de la muerte es el más eficaz antídoto contra la vanidad del mundo.

Defensa de la Virgen María y de la Inmaculada 

El Concilio de Trento tuvo que hacer frente a demasiadas cuestiones dogmáticas como para ocuparse con detalle de problemas mariológicos, aunque en el decreto del pecado original declaró que no afectaba a la Santísima Virgen. Con el apoyo de destacados teólogos de la época, las órdenes religiosas compitieron para erigirse en adalides de la defensa de María. El tema acabó generalizándose y toda la sociedad católica participó en un fervor creciente para honrar a María.

Como reacción frente a los errores de la Reforma, los teólogos católicos reconocieron en la Virgen una virtud que se remontaba a tiempos lejanos: María como vencedora de herejías. Frente a los ultrajes de los reformados, Ella vencerá al protestantismo con su gran poder de seducción y disipará los errores de Lutero y Calvino. Y para afirmar la ilustración del pensamiento, diversos autores pintan o esculpen figuras en honor de María, imágenes destinadas a glorificar su presencia que aplastará la cabeza de la serpiente.

Representación del Concilio de Trento (1545-1563)

Entre las manifestaciones del creciente fervor a la Virgen en la piedad postridentina figura la continuación de la devoción mariana basada en el rezo del Santo Rosario. La fiesta en honor de la Virgen del Rosario fue establecida en tiempos del papa Pío V, que atribuyó la victoria naval de Lepanto (1571) a los rezos de las cofradías romanas. Hasta el siglo XVI no cristalizó el rosario en su forma actual de meditación de los quince misterios (gozosos, dolorosos y gloriosos), con los quince padrenuestros, las ciento cincuenta avemarías y las letanías.

Otro aspecto significativo se refiere a la polémica devoción de la Inmaculada Concepción. La definición dogmática que llevó a cabo Pío IX tiene sus orígenes en la Inglaterra del siglo XI, aunque entonces la tendencia fue condenada por peligrosa por San Bernardo y otros teólogos. La idea se mantuvo latente y en 1281 el obispo de Barcelona ordenó celebrar la fiesta de la Inmaculada.

A partir de entonces cundió la idea de que María, madre de Dios, no pudo participar del pecado original, quedando exceptuada del mismo por expreso deseo de Dios, de modo que Ella habría entrado en el mundo sin mancha ni pecado. Algunas órdenes, como los franciscanos, fueron los heraldos de esta doctrina, que encontró unos fuertes adversarios en los dominicos, y la polémica no sólo dividió a los teólogos, sino también a las universidades y los concilios. Todos admitían que María fue santificada antes de nacer, pero lo que se discutía era que lo hubiera sido desde el momento de su concepción. En aquella lucha, la posición de la escuela dominica estaba regida por la razón, mientras que la franciscana era guiada por el sentimiento[3].


[1] Sebastián López, Santiago. Contrarreforma y barroco. Alianza Forma. Madrid, 1989.

[2] Op. cit.

[3] Op. cit.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: