Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

La poderosa hegemonía mercantil de Inglaterra a lo largo del siglo XVIII posibilitó en gran medida que fuera el país que obtuviera los mayores beneficios de la explotación colonial. Sin embargo, en el transcurso de la centuria siguiente, el modelo de organización de las relaciones políticas, sociales y comerciales con las colonias tuvo que ser revisada de nuevo. Desde comienzos del siglo XIX, los intereses comerciales que hasta entonces habían estado mayoritariamente enfocados hacia América del Norte, se desplazaron a Oriente.

En 1830, la colonia del Cabo, en África del Sur, se había convertido en el punto de apoyo para la expansión hacia el Indico y el Pacífico, aunque, el gran despliegue vendría a partir de 1869, con motivo de la apertura del canal de Suez[1], que supuso una reducción del 44 % en la distancia efectiva entre Londres y Bombay, lo que habría de posibilitar un aumento importante de las posesiones en la India. 

El canal de Suez a su paso por Ismailía (c. 1860)

La evolución de los acontecimientos, así como el desarrollo de la navegación de vapor oceánica y el entramado organizativo, provocó la necesidad de revisar las viejas instituciones mercantilistas para adecuar los nuevos sistemas a las necesidades del liberalismo económico y del capitalismo industrial. Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en los frecuentes ataques de éstos contra el monopolio ejercido desde el siglo XVIII por la East India Co. y las demás concesionarias para el comercio de las colonias, de modo que en 1833 la citada compañía perdió su carácter privilegiado y mantuvo su existencia como entidad financiera. En 1849, con la abolición de las Navigation Laws, la actividad comercial inglesa alcanzó su completa liberalización.    

A partir de 1880 la expansión colonial inglesa cobró un nuevo impulso, resultado de la evolución de las relaciones políticas y económicas internacionales y en el clima ideológico de la sociedad victoriana de la época, donde había tomado forma la competencia entre los países europeos por la creación y organización de unos sistemas coloniales más orgánicos y mejor organizados. 

Influido por los discursos del teórico del imperialismo británico, sir John Seeley, expuestos en su libro Expansion of England, publicado en 1883, el ministro de las Colonias, Chamberlain, impulsó la política exterior de su país hacia una firme expansión. Seeley sostenía la necesidad de unos vínculos estrechos entre la madre patria y las poblaciones blancas de ultramar y de vigorizar la acción del Imperio en la lucha por hacerse con las tierras aún no sometidas a la condición de colonias. Otros autores, entre ellos Rudyard Kipling, acentuaron la doctrina del imperialismo, llevando el concepto a límites exacerbados. 

De esta forma, Inglaterra logró asegurarse nuevas posesiones en África, lo que le permitiría establecer una continuidad geográfica desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, bordeando por completo el continente, teniendo entre sus protagonistas más destacados a personajes como Cecil B. Rodes, promotor de la guerra contra los colonos holandeses establecidos en África del Sur. Esta perspectiva se acentuó al final de la Primera Guerra Mundial, de la que Inglaterra salió más fortalecida que cualquier otro país contendiente, logrando la conquista de nuevos territorios, entre ellos Tanganika, en el África Oriental, que hasta entonces había pertenecido a Alemania; Togo, en la costa atlántica de África y Palestina e Irak, en Oriente Próximo y Oriente Medio, respectivamente. 

Es de advertir que, en conjunto, la política inglesa en relación a los territorios de ultramar –incluidos los que después pasarían a formar parte de los países originarios de la Commonwealth- presentó una gran capacidad de adaptación a la situación de cada una de las nuevas colonias y sus vínculos con la madre patria. 

La estrategia funcionó. Inglaterra sabía perfectamente que no podía aplicar soluciones rígidas y únicas para todo el entramado colonial, puesto que las había bien distintas entre sí tanto en lo que se refería a su estructura física, como a sus posibilidades de producción y a sus reservas de fuerza de trabajo. Nada tenían que ver territorios como la India, donde abundaba la mano de obra abundante y barata, fundamental, entre otros aspectos, para su propia subsistencia, de otros territorios nuevos, como Australia y Nueva Zelanda, escasamente poblados[2].

Foto: Francis Frith


[1] El canal une Port Said y Suez en una distancia de 163 km. Su construcción se inició el 25 de abril de 1859 a cargo de la empresa del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps y fue inaugurado el 17 de noviembre de 1869, en fastos que presidió la emperatriz Eugenia de Montijo. Para la ocasión, el compositor italiano Giuseppe Verdi compuso, por encargo, la ópera Aída. Se estima que millón y medio de egipcios trabajaron en las obras, de los que unos 125.000 murieron debido principalmente al cólera. En el momento de la inauguración –el primer barco lo había cruzado el 17 de febrero de 1867-, Egipto poseía el 44 % de las acciones y el resto estaba repartido en unos 21.000 accionistas franceses. En 1875, el bajá de Egipto puso en venta su parte de las acciones en el canal. En una hábil maniobra política, el primer ministro de Inglaterra, Benjamín Disraeli, convenció a la reina Victoria de la necesidad de comprarlas para tomar el control sobre la ruta hacia la India, la colonia más rica de la metrópoli. A través de la banca Rothschild se consiguió el cuantioso préstamo y fue así como Inglaterra se aseguró el dominio del canal.  

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002.