Colonias de EE.UU. en el Caribe y el Pacífico. Extremo Oriente

abril 1, 2014

Juan Carlos Díaz Lorenzo (*)

A finales del siglo XIX, en EE.UU. comenzaron los movimientos a favor de una actividad colonial, en consonancia con los ensayos de Alfred Thayer Mahan, que exponía con claridad la necesidad de contar con una serie de bases navales y una flota potente para llevar adelante una política de penetración en los mercados extranjeros mediante formas de colonialismo. Una actuación de este tipo contaría con el apoyo de los productores americanos, interesados en la ampliación de mercados, un objetivo perseguido en el plano comercial por la National Association of Manufacturers, que se dedicaba al envío de agentes propios y a la apertura de escalas marítimas en Asia y Sudamérica. 

La intervención en Cuba en 1898, la ocupación de Puerto Rico y el archipiélago de Hawai, la adquisición a Dinamarca de las islas Vírgenes; el control de Santo Domingo y Haití y los desembarcos militares obedecían, sobre todo, al objetivo básico de garantizar las inversiones norteamericanas en el exterior, las cuales, en efecto, se multiplicaron por siete entre 1900 y 1914, en que pasaron de 500 a más de 3.500 millones de dólares. Los sectores hacia los que se orientó el capital norteamericano fueron los del cultivo de la caña de azúcar, las construcciones ferroviarias, la especulación inmobiliaria y la prestación de servicios, el cultivo de tabaco y la explotación de yacimientos mineros. 

Fachada principal del Capitolio de Puerto Rico

Para el ejercicio de su propia política imperialista, la Administración norteamericana recurrió a la creación de territorios dotados de amplias facultades de autogobierno (Alaska, 1912; Puerto Rico, 1917) y el establecimiento de posesiones, equiparadas a estados coloniales bajo la tutela directa de Washington, a excepción de Panamá, cuya autoridad política estaba en manos de un funcionario del Departamento de la Guerra. 

En la estructura del sistema colonial norteamericano juegan un papel particular las Filipinas, su base de penetración más importante en el Pacífico. Haciendo frente a la guerrilla, el Gobierno de EE.UU. se empeñó por todos los medios en una demostración de eficacia, progreso y orden social, en un marco de actuación en el que se inscriben la fundación de la Universidad de Filipinas y la puesta en práctica de una política urbanística que utilizó en la planificación urbana los modelos más actualizados de la propia metrópoli. 

Los planes urbanísticos preparados por la administración americana afectaron principalmente a la capital central, Manila, sede del gobierno, y a la capital de verano, Baguío. Para llevar a cabo esta tarea, el Departamento de la Guerra del gobierno Roosevelt designó al más célebre urbanista de la época, Daniel H. Burnham[1], coordinador y coautor de la World’s Fair de Chicago de 1893. 

En el plan para Manila, Burnham incorporó los elementos españoles preexistentes, disponiendo un sistema de parques lineales para la salvaguarda de la ciudad antigua, a la que se unió el nuevo centro, con el plan ya probado de una esplanade que luego enlazaría hacia el interior con la estación, solución que ya se había experimentado en Washington. La ciudad se organizó mediante una serie de ejes y focos, de acuerdo a las propias reglas del movimiento de la ciudad bella, de la que Burnham era su intérprete más acreditado. Tras la partida de Burnham, el arquitecto William Parson se encargó de la ejecución de los dos planes y prosiguió la actividad de planificación urbana en las Filipinas[2]

Pese a la resistencia del Imperio chino contra la penetración extranjera, a partir de 1842, cuando finalizó la guerra del opio mantenida contra Inglaterra, se abrieron una serie de puertos que permitieron la penetración comercial europea (Shanghai, Cantón, Tien-t’sin, entre los más importantes), así como otros puntos en el interior (Nankín y Hang-Cheu), que llevaron aparejadas concesiones de extraterritorialidad y la reducción de las barreras aduaneras. 

Aduana y antiguo Banco de Hong Kong y Shangái en el Bund

La presencia de los emporios extranjeros –“verdaderas cuñas del imperialismo occidental incrustadas a la fuerza en el interior de una estructura social esencialmente estática, basada en las actividades agrícolas”, señala Paolo Sica[3]– desencadenó un fatal proceso de disgregación y de transformación de la antigua sociedad china. En las grandes ciudades se producen elevados índices de crecimiento. Algunas de estas escalas comerciales, a finales del siglo XIX, eran ya ciudades populosas. En 1865, Shanghai se aproximaba a los 700.000 habitantes y en 1910 superaba el millón en 1910. 

Los puertos libres de China acusaron la presencia masiva de las instituciones y de la cultura europeas, junto a los modos viejos y nuevos de urbanización de las clases subalternas locales. En Shangai surgieron los equipamientos europeos en torno a la concesión, y a su abrigo se consolidaron los populosos y hacinados barrios chinos. 

La concesión internacional estaba administrada por un consejo municipal elegido exclusivamente por los propietarios extranjeros. La gestión presentaba una feroz parcialidad que gravaba la explotación colonial, contándose el caso, por ejemplo, de que el impuesto anual sobre los bienes inmuebles que se aplicaba a los europeos giraba en torno al 0,5-1% del valor en renta de aquellos, mientras que el tipo que se aplicaba a los chinos llega casi al 8 %. 

En virtud de la extraterritorialidad, los ciudadanos extranjeros tan sólo respondían de sus actos en vía penal ante las autoridades consulares de su respectivo país. A pesar de estas gravosas limitaciones, la floreciente actividad comercial de la concesión europea de Shangai provocó una elevadísima afluencia de proletariado indígena hacia la ciudad[4]

En Hang-Cheu se abrió una concesión inglesa en 1861, seguida de otras concesiones franceses, rusas y alemanas en 1896, incluso de una concesión japonesa en 1898. En dicho año Alemania consiguió que China le cediera por 99 años la escala de Kiao-cheu, y transformó el vecino puerto de Tsing-tao en un emporio económico. 

Tras la guerra con Rusia, Japón conquistó la parte meridional de la isla de Sajalín, la concesión de Port Arthur y la ciudad de Dairen (Ta-lien, ya planificada anteriormente en forma europea por los rusos entre 1898 y 1904) y luego, en 1907, Corea. En 1932 Japón unificó Corea y parte de Manchuria pasó a formar del nuevo estado de Manchukuo. 

(*) Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Notas

[1] Daniel Hudson Burnham (1846-1912) fue uno de los más destacados arquitectos y urbanistas de su época en EE.UU. Dirigió los trabajos de la Exposición Internacional de Columbia y diseñó diversos edificios, entre ellos el Flatiron Building de Nueva York y el Union State de Washington.

[2] Fieldhouse, David. Op. cit.

[3] Sica, P. Op. cit.

[4] De los 250.000 habitantes censados en torno a 1870, superaba el millón en 1910 y ascendía a tres millones a comienzos de 1930.

Fotos: MT Meléndez y Mr. Tickle

Bibliografía principal 

Benevolo, Leonardo. Orígenes del urbanismo moderno. Celeste Ediciones. Madrid, 1994.

Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII. Historia Universal Siglo XXI. Siglo XXI Editores. Méjico, 2002.

Kostof, Spiro. Historia de la arquitectura (3 volúmenes). Alianza Editorial. Madrid, 1988.

Patetta, Luciano. Historia de la Arquitectura. Antología crítica. Editorial Hermann Blume. Madrid, 1984.

Sica, Paolo. Historia del Urbanismo. El siglo XIX. Vol. II. Instituto de Estudios de Administración Local. Traducción de Joaquín Hernández Orozco. Madrid, 1981.

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