Juan Carlos Díaz Lorenzo (*)

Del arte hispano-árabe se han encontrado en nuestro país un número importante de utensilios y recipientes de cerámica, cristal y metal, además de algunas tallas de madera del período califal. Existen también objetos preciosos de plata y se conserva un tapiz de seda. Sin embargo, el número más importante de elementos se refiere a las tallas de marfil, lo que permite establecer una correspondencia con la opulencia majestuosa y capacidad imaginativa que encontramos en los monumentos arquitectónicos. 

En muchas de ellas, además, figuran inscripciones en las que aparecen los nombres de los personajes reales o de los dignatarios de la corte a quienes estaban destinadas, así como las fechas, que abarcan desde el año 960 hasta mediados del siglo XI. En cuanto a su tipología, casi  todas son píxides con tapa semiesférica o recipientes rectangulares con tapa plana o a cuatro aguas. 

En las primeras piezas se encuentran diseños vegetales bastante espaciados y nervudos. El rasgo más llamativo consiste en la manera en que están dispuestas las hojas y las ramas, que crecen y se curvan unas sobre otras, de manera que las formas confieren movimiento y refleja un delicado sentido de la escultura. Entre los ejemplos más importantes hay que destacar la píxide de Subh[1], en la que se aprecian formas vegetales llenas de pavos reales, palomas y antílopes, todo ello en un diseño ornamental en el que se advierte un expresivo movimiento. También hay que destacar el sentido que el artista tiene de la estructura, pues logró una organización clara de la superficie y, además, las ramas agrupan espacios geométricos que sirven como marco y base de la composición. 

Píxide de Zamora, considerada una de las joyas del arte islámico en España

Los motivos geométricos y vegetales no sólo se yuxtaponen, sino que también se integran, de modo que se convierte en una solución cuya maestría corresponde, en exclusiva, a los tallistas hispano-árabes, disposición que también caracteriza los paneles de mármol esculpidos que flanquean el mihrâb de la gran mezquita de Córdoba, aunque allí el impacto visual resulta mucho más efectista. 

Otro ejemplo importante lo encontramos en la píxide, todavía más rica, realizada en 968 para al-Mugira, hijo menor de Abd al-Rahmân III. En ella se observa que las figuras humanas y animales están encerradas en grandes medallones de ocho lóbulos formados por un entrelazado continuo, mientras que el resto lo llenan otras figuras y plantas. Esta pieza presenta varias características importantes, pues se trata, en opinión de R. Ettinghausen y O. Grabar, “de la primera transformación consciente de un plan decorativo complejo en escenas mayores y menores en un todo unificado”[2].

Se trata, al mismo tiempo, del primer ejemplo de un marfil español que recoge un ciclo de temas reales y en uno de los medallones se ve al príncipe con una copa o un frasco de perfume en la mano, sentado junto a un esclavo que lo abanica y otro que toca un instrumento musical, mientras los halconeros quedan fuera del marco del medallón. También se aprecian otros motivos que hacen pensar en un posible origen mesopotámico o persa, como los leones bajo la plataforma del trono o la disposición simétrica de éstos atacando a un toro, como se advierte en un segundo medallón. Recoge, además, otros motivos meramente decorativos, como unos árboles axiales, quizás inspirados en las telas islámicas o bizantinas, aunque los patrones aparecen transformados en relieves ricamente modulados. 

En el caso de un cofre rectangular realizado en 1004 para Abd al-Malik, hijo del poderoso visir de Hisham II, al-Mansur, se aprecia que en los laterales existen unos marcos polilobulados que rodean las escenas reales, muy bien reproducidas y que destacan con claridad sobre la densidad de las áreas secundarias, que presentan unos diseños pequeños. Esta pieza, en concreto, supone un precedente, pues se considera que no podría haber sido superada ni en los mejores días de las artes decorativas musulmanas, doscientos años después, en las lejanas tierras de Irán e Irak. 

Citaremos, asimismo, la píxide de marfil de la catedral de Braga, hecha para Abd al-Malik, en la que los arcos resaltan sobre los principios arquitectónicos, formando bucles que sirven para enmarcar figuras de pájaros, y da la impresión general de velo esculpido que envuelve toda la pieza. La decoración de esta píxide es más densa que la de al-Mugira y en todo caso constituye un paso de lo sencillo a lo complejo, que se repetirá una y otra vez en el arte islámico, si bien, ni en ésta ni en piezas anteriores se aprecian las nuevas fórmulas decorativas desarrolladas durante el período de Samarra. Llama la atención la forma de presentar las figuras de la corte, sin turbantes ni otros tocados y bebiendo, lo que pudo copiarse del arte califal de Bagdad. 

La combinación de la estructura de rico diseño y de formas simples se hizo habitual en la arquitectura y en la artesanía musulmana, hasta el extremo de que la forma tenía, con frecuencia, poca importancia en comparación con la decoración y los ornamentos se adueñaron algunas de sus funciones estéticas. 

Tras la muerte de Hisham II dejaron de trabajarse las tallas de marfil en los talleres de Córdoba, aunque el centro provincial de Cuenca siguió produciendo hermosas piezas decorativas, si bien el estilo se había vuelto árido y repetitivo y los diseños planos y sin movimiento. 

Otro punto de apreciación de la calidad de los marfiles omeyas españoles lo encontramos si lo comparamos con las tallas en piedra del mismo período, ya sean recipientes para agua o fragmentos de función desconocida. En algunos de ellos se aprecian diseños vegetales y el mismo arte austero y abstracto que en los paneles de piedra que flanquean el mihrâb de la gran mezquita de Córdoba. Otros presentan motivos zoológicos, aunque ninguno de ellos puede compararse con las tallas de marfil a las que antes nos habíamos referido, pues su “delicado trabajo les confiere una intimidad inimitable y cuyas composiciones –sean vivaces o graves- son manifestaciones de objetos de lujo llenos de nobleza”[3]

Del siglo en que la Península estuvo bajo el control de los reinos de taifa se conocen pocos ejemplos. Las dinastías siguientes pronto se hicieron famosas por la brillantez de su corte, en la que descollaron algunos de los intelectos más significativos de la época, y donde el gusto por el lujo estimuló a los artesanos hasta límites insospechados. 

En los períodos almorávide y almohade, España era el primer país en producción textil, tanto de materias primas como de productos elaborados. Esta actividad tuvo un especial protagonismo en Almería, debido a sus intensas relaciones con el resto del mundo musulmán de entonces y por tratarse de puerto de mar, escala para las naves cristianas. En la literatura y documentos de la época, se cita, por ejemplo, que había no menos de ochocientos telares para confeccionar prendas de seda y hermosos mantos, otros mil para espléndidos brocados y otros tantos para diversos tejidos, algunos con diseños propios en círculo y otros que parecen originales de Bagdad, Gorgan o Isfahan. La actividad textilera tenía otros espacios de producción en Sevilla, Baeza, Granada, Málaga y Murcia. 

Entre los ejemplos más interesantes que han llegado a nuestros días figuran los fragmentos de una casulla elaborada con piezas de seda en las que se tejió el nombre del príncipe almorávide Ali Yusuf Tashfin. En su esquema de colores, el rojo anaranjado y el verde azulado oscuro sobre un fondo de marfil están complementados por el brocado dorado, lo que permite relacionar esta pieza con otras bien conocidas y fechar todo el grupo en el siglo XII. 

En la citada casulla se aprecian unos medallones grandes en ligera elipse, cada uno con un par de leones que flanquean un árbol estilizado. Bajo las patas de éstos se encuentra pareja de animales pequeños. Las parejas de esfinges que flanquean una planta están dispuestas de manera secuencial alrededor del marco del medallón entre bordes convexos[4]. Las zonas que separan los medallones están llenas de palmetas simétricas dispuestas de manera bilateral. Esta disposición de medallones de composición hierática representa una antigua tradición del diseño textil del Oriente Próximo.  

En otros ejemplos textiles del siglo XII encontramos esfinges, en vez de leones, junto al árbol central; o la sustitución de éstos por un guerrero que los abraza y parece que están suspendidos en el aire como si los estuvieran estrangulando. O grandes pájaros bicéfalos, con los cuerpos y las alas divididos en secciones, aunque estas pudieran ser algo posteriores a los tipos puros de medallones. 

(*) Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Bibliografía 

Barrucand, Marianne y Bednorz, Achim. Arquitectura islámica en Andalucía. Taschen. Köln, 2002.

Blair, Sheila y Bloom, Jonathan M. Arte y arquitectura del Islam (1250-1800).Manuales Arte Cátedra. Madrid, 1999.

Ettinghausen, Richard y Grabar, Oleg. Arte y arquitectura del Islam (650-1250).Manuales Arte Cátedra. Madrid, 1987.

Nieto Cumplido, Manuel. La mezquita-catedral de Córdoba. Escudo de Oro. Barcelona, 2005.

Palomero Páramo, Jesús: Historia del Arte. Ed. Algaida. Sevilla, 1996.

Notas:

[1] Subh, la destinataria de esta pieza, era la concubina de al-Hakam II, madre del futuro califa Hisham II.

[2] Ettinghausen, Richard y Grabar, Oleg. Op. cit. 

[3] Op. cit.

[4] Op. cit.

Foto:

Manuel Prada López de Corselas