Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

El nacimiento de la ciudad de Dakar, en Senegal, se remonta a 1857, cuando el ministro francés de Colonias autorizó la construcción de un puesto militar en Dakar Point, un promontorio desolado situado frente a la isla de Gorèe, que durante muchos años fue la base más importante de la trata de esclavos. No tardaron en surgir establecimientos comerciales administrados por traficantes europeos, y pronto se abrió también una base de aprovisionamiento para los servicios navales de la flota de Messageries Impériales que hacía la ruta Burdeos-Río de Janeiro.

En 1866 se ampliaron las instalaciones portuarias, y en los mismos años se redactó un plan sumario de urbanización con trazado en cuadrícula, en el que una de las arterias en sentido E-W aparece interrumpida, hacia su mitad, por una plaza destinada a acoger los equipos administrativos. Once años antes, en 1855, el ferrocarril enlazó Dakar con St. Louis, que era entonces la capital de la colonia. Sin embargo, a comienzos del siglo XX la capitalidad pasó a Dakar (1902), atendiendo a su creciente importancia en el tráfico marítimo que se dirigía a América del Sur y por su mismo papel estratégico y comercial dentro del conjunto del África Occidental francesa[1].

Plano de la ciudad de Dakar, fechado en 1863

El puerto de Dakar adquirió una notable importancia comercial para la exportación de caucho y cacahuete, y como base de aprovisionamiento de los barcos en tránsito (con carbón y petróleo de importación), siendo ampliado entre 1898 y 1912. La expansión se produjo hacia el S y el W, sobre una planta improvisada que surgió de los elementos preexistentes, organizada en base a algunas diagonales y algún nudo de descomposición de las mismas.

Con las nuevas funciones asumidas por la ciudad, la estructura urbana se aclaró siguiendo la típica jerarquía colonial, en presencia de una pluralidad de funciones y de grupos multirraciales. En las zonas bajas noroccidentales se concentra  la residencia negra, en la denominada medina, creada para eliminar las bolsas de residentes africanos dentro de la ciudad europea, una parcelación elemental carente casi por completo de urbanización primaria. 

Una colonia de comerciantes sirios, interesados en explotar el mercado indígena, se incrusta entre la medina y los barrios europeos, que se extienden, en cambio por las zonas meridionales, en mejor posición, con sus 6.000 residentes franceses, en las inmediaciones  de las áreas de la colina ocupadas por los edificios del gobierno y de la administración.

En el período de entreguerras, el papel estratégico de Dakar se reforzó considerablemente al convertirse en centro de comunicaciones internacionales, con dos aeropuertos y el amarre de los cables submarinos telegráficos de enlace con Brasil, Francia (Brest) y las costas de Guinea. Dakar también se convirtió en lugar de suministro de capitales, como sede principal de las actividades del Crédit Foncier en el África Occidental francesa[2].

Entre otras ciudades coloniales importantes del África francesa figura Abidján, en la Costa del Marfil, que vino a sustituir en 1934, tras su florecimiento económico, iniciado alrededor de 1910, a las dos capitales anteriores del país, Grand-Bassam y Bingerville. Un plan de 1926 marcó la transición de la pequeña ciudad residencial-administrativa, que pasó a convertirse en gran ciudad portuaria e industrial. Lyautey actuó también durante un tiempo en Madagascar, ocupándose, entre otras cosas, del plan de Ankazobé. Más tarde se elaboró, asimismo, un plan para Tananarive.

Otras colonias francesas 

Con el mandato francés sobre Líbano y Siria (1920 y 1921), que vino a sancionar una influencia occidental de varios decenios, se reforzaron en los centros mayores, sobre todo en Beirut y Damasco, las tendencias favorables a formas de urbanización de tipo occidental. Incluso antes del mandato francés, se habían producido algunas intervenciones urbanísticas modernas, más o menos dispersas (place de l’ Etoile), debido a la penetración difusa de instituciones europeas, y también se había producido la formación de bulevares exteriores en torno a la ciudad vieja.

En Damasco, las primeras actuaciones interiores tuvieron lugar en 1878 bajo la administración de Midhat Bajá, seguidas de otras realizaciones llevadas a cabo en tiempos del gobernador turco Djemal Bajá durante la Primera Guerra Mundial. En tiempos de los franceses, al W de la parte vieja se levantó el centro administrativo, y a continuación de éste se extendieron los barrios europeos. Las influencias occidentales aceleraron la evolución de la ciudad, lo que provocó la degradación de los barrios viejos situados en torno a los monumentos religiosos más importantes.

También tiene una importancia notable la obra de planificación iniciada por los franceses en Indochina (Vietnam y Camboya) incluso antes de 1900. Las ciudades grandes, donde se concentra la población europea, se caracterizan por el establecimiento de una separación planificada de los barrios residenciales franceses respecto de los barrios vietnamitas. Hanoi, tomada por los franceses en 1882 y ocupada definitivamente en 1888, presenta una estructura cuyos elementos principales están constituidos por los nuevos barrios residenciales europeos, por el núcleo indígena y la ciudadela. En Saigón, la composición socialmente diferenciada de la ciudad se vio reforzada por la presencia del vecino centro de Cholon, el más populoso de los asentamientos chinos en Indochina.

Sede del Ayuntamiento de la ciudad de Saigón, actual Ho Chi Minh

Utilizando como pretexto la defensa de los católicos indochinos contra la represión de Mihn-mang, los franceses tomaron Saigón y sus alrededores en 1859, Camboya en 1863, la Conchin China en 1867, Annam y Tong-kin en 1883 y finalmente Laos, estableciendo uno delos regímenes coloniales más duros de la historia, donde cualquier signo de rebelión era aplastado. La Indochina Francesa se formó en 1887 con Annam, Tong-kin, Cochin China y República de Khmer. Laos se agregaría en 1893. La Federación duró hasta 1954, con capital en Hanoi y controlada por Francia a través de los emperadores.

Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial se dio un nuevo impulso a la planificación urbanística con la intervención del especialista Hébrard, quien a partir de 1921 elaboró sucesivamente los planes para Hanoi, Saigón, Cholon, Haiphong, Dalat y Phnom-Penh (en Camboya), de importación exquisitamente académica, a excepción del proyecto correspondiente a la ciudad “climática” de Dalat, en el que prevalecen los criterios del asentamiento extensivo, con una mejor adaptación a los caracteres del paisaje.

Menos importancia tienen las colonias menores del Imperio francés, en las que, sin embargo, no faltan momentos de racionalización y promoción de los centros administrativos crecidos espontáneamente en las primeras fases de la colonización. Constituye una excepción la fundación planificada de Nouméa (1854), en Nueva Caledonia, sobre una planta en cuadrícula, destinada a constituir el principal núcleo de la isla y el puerto de exportación de los productos locales[3].

Fotos: Ed. Maurice Culot and Jean-Marie Thiveaud, Institut Français d’architecture, Mission des travaux historiques de la Caisse des dépôts et consignations; Architectures Françaises: Outre-Mer; Pierre Mardaga éditeur, Collection VillesDiego Delso.


[1] A partir de entonces, la ciudad comenzó a experimentar un intenso crecimiento de población, que pasó de 25.000 habitantes en 1914, a 30.000 en 1926 y a 100.000 en 1940.

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002

[3] Op. cit. 

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Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

En Francia, el debate en torno a la colonización se distingue por la tentativa de sistematizar sus distintos aspectos, con la búsqueda de una base teórica para el fenómeno, si bien las diversas posiciones asumidas por los interlocutores aparecen influenciadas –más que en Inglaterra– por los conflictos políticos que agitan entonces al país. En el momento de la conquista de Argelia se planteó la conveniencia de contar con un programa de colonización racional. A raíz del protectorado de Tunicia, en 1881 y los sucesivos de Annam, en 1883 y Camboya, en 1884 y el establecimiento de nuevas bases en el África Occidental, la iniciativa nacional tuvo que ser definida con más precisión y convenientemente potenciada.

El más decidido defensor del colonialismo de tipo económico, basado en un amplio empleo de capitales, fue el diputado Jules Ferry, proveniente de la región de los Vosgos, una región de alto desarrollo industrial. En sus discursos ante la Cámara, a finales de los años ochenta del siglo XIX, Ferry exponía las ventajas que derivan de un imperio colonial, basándolas en las “salidas” que éste proporciona al capital, con índices de beneficios muy superiores a los que son posibles en la metrópoli, que se encontraba en progresiva erosión por efecto de la creciente organización política y sindical de los trabajadores, considerando, además, que los grandes progresos experimentados por la navegación a vapor permitieron conseguir una fuerte reducción de los costes de transporte.

Representación pictórica de la toma de Sfax en 1881

En 1892, Eugène Etienne, delegado por los residentes franceses en Orán, lideró en la Cámara a un “grupo colonial” –que después se llamaría Partido Colonial– que reunió a todos los diputados que se mostraron a favor de una vigorosa expansión de la política de conquista de nuevos territorios. En los últimos años del siglo XIX, el enfoque de los fines de la colonización fue motivo de numerosos estudios por parte de economistas y de políticos militantes. Además de una praxis concreta, se buscó también una justificación ético-racional para todos los aspectos relacionados con el problema.

Justificando el rechazo de la uniformidad legislativa francesa con la necesidad de aplicar criterios más flexibles y adecuados a las circunstancias impuestas por las peculiaridades culturales de los pueblos sometidos, se desarrollaron los principios de la escuela anti-asimilacionista que tuvo como exponente más autorizado a Jules Harmand, un médico y diplomático residente durante muchos años en Indochina, autor de la obra titulada Domination et colonisation, escrita en 1910.

Para Harmand, la asimilación no era otra cosa que una mera supervivencia de la ideología de la revolución del 89, de modo que convenía, por el contrario, dejar a los gobernadores locales un amplio margen de poder decisorio, excluyendo toda posible extensión de la representación parlamentaria o electiva a los indígenas, proceder en las relaciones con los pueblos sometidos a través de organismos consultivos de notables y, de hecho, asegurar a Francia el máximo posible dominio político y de explotación económica.

No se podía subestimar la importancia que tiene este bagaje ideológico en el momento de influir sobre las actividades administrativas y la política urbanística adoptada por los gobiernos coloniales, tanto en los territorios considerados como una extensión departamental de la nación francesa, caso de Argelia, como en los protectorados (Túnez y Marruecos) y en las colonias (África Occidental, etc.), donde la separación entre las dos culturas y la dominación se produce en el marco de una “política de asociación” y de asimilación selectiva.

Partiendo de una base constituida en la primera mitad del siglo XIX (Argelia, 1830), el Imperio francés se fue ampliando, entre 1880 y 1910, con los protectorados de Tunicia (1881) y Marruecos (1911) y con la expansión en el África Occidental francesa (1893-1903) y en el Océano Indico (Madagascar, 1896). En el Mar de la China, Francia se aseguró en los años ochenta del siglo XIX una parte de la península indochina. Después de la Primera Guerra Mundial, los franceses sustituyeron a los alemanes en Camerún y Togo, que pasaron a integrarse en el África Ecuatorial francesa y asumió el mandato colonial sobre Siria.

Mapa de la Argelia francesa (1877), por Alexandre Vuillemin (1812-1880)

El proyecto francés para los territorios de ultramar respondía a la idea de formar un bloque compacto colonial africano, desde las colonias mediterráneas hasta el Atlántico. A ese objetivo se refiere la política de las infraestructuras viarias y ferroviarias, con el establecimiento de la espina dorsal en sentido E-W en el África del Norte, a la que se enlazan los ramales y derivaciones intersaharianos hacia el interior, teniendo a unirse a las líneas de comunicación que se irradian hacia el E desde Dakar, para entrelazar entre sí los territorios del Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Mauritania, Sudán, Alto Volta y Níger.

Tras las primeras conquistas de 1830, Francia logró el control casi completo de Argelia en torno a 1847 –a excepción de la Kabilia, que sería sometida en los años sesenta–, pagando un alto precio en las largas luchas contra el emir Abd el-Kader. La que luego sería ciudad capital de la colonia y del país, Alger, fue conquistada por los franceses el 14 de junio de 1830 y habría de mantenerse como colonia durante más de 132 años, hasta su independencia en 1962.

Los nuevos territorios pasaron a formar parte de la nación francesa, quedando divididos en tres departamentos: Argel, Orán y Constantina. Con su obra de fomento en Argelia, Francia, sobre todo en tiempos de la III República, mantuvo una política de colonización agrícola, que obtuvo buenos resultados en el área de Mitidja (departamento de Argel), en la llanura del Chélif (departamento de Orán) y en la región de Constantina. Las actividades industriales se consolidaron, sobre todo, en el área de Bona.

Jefes y oficiales de los Bureaux Arabes

La creación de los denominados Bureaux Arabes tenía el objeto de reunir y fijar las poblaciones nómadas, rebeldes al trabajo organizado, en asentamientos estables, capaces no sólo de garantizar una mayor seguridad al ejército de ocupación, sino también, y sobre todo con vistas al futuro, favorecer la completa sumisión política y cultural y de habituar a la población a las nuevas relaciones de producción impuestas.

Los poblados creados por los franceses, las smalas, eran poco más que grupos nómadas establecidos en campamentos, llamados a convertirse en el tiempo en conjuntos edificados de mampostería. En la campiña que rodea la smala cada grupo familiar recibía una amplia parcela de terrenos cultivables, que debían estar dotadas de una escuela y las necesarias instalaciones agrícolas. Los poblados, trazados en cuadrícula conforme a los hábitos militares, reflejan el establecimiento de una jerarquía que tendía a crear la sumisión de las tribus al caíd, responsable del orden, y a través de éste a las autoridades militares francesas.

El acantonamiento de los nativos en las smalas bajo el control militar no era más que el primer paso para la introducción del régimen librecambista de la colonización civil. Los colonos, que afluían paulatinamente desde el viejo continente, aspiraban a privatizar las tierras sin restricción alguna y sin tener en cuenta a los indígenas, lo que en la práctica comenzó a suceder a partir de 1860. Al mismo tiempo, el Gobierno francés llevó adelante las obras necesarias para el desarrollo de la gestión centralizada del territorio. La construcción de puentes y carreteras se le encomendó al comandante Bugeaud, que ya había intervenido en París en la represión de los movimientos sediciosos de 1834.

Acceso al cuartel de la Legión extranjera en Sidi-Bel-Abbés

La organización militar estaba basada en la presencia francesa en una red de puntos clave fortificados, cuidadosamente estudiados por los ingenieros militares, aunque preparados también para acoger a un posible asentamiento civil. Así nacieron los puestos militares de Philippeville (1838), Orléansville (1843), Sidi Bel Abbès (1843, ciudad fortaleza dotada de amplias zonas residenciales, de planta en cuadrícula), Biskra (en la que el fuerte francés está construido sobre una pequeña kasbah musulmana y la ciudad nueva cuenta con un trazado regular en cuadrícula), Boufarik (campo militar adyacente a la cuadrícula) y Sétif. A las formaciones urbanas árabes preexistentes en Bou Saada, Mostaganem, Mascara y Constantina, se añadieron nuevos núcleos europeos. Algunos centros europeos se desarrollaron rápidamente, caso de Bona y Orán. Sin embargo, las mayores intervenciones directas se produjeron en Argel, la ciudad más importante del África mediterránea francesa.

En sus inicios, la administración de Argel estuvo condicionada por necesidades de orden estrictamente militar[1] y tal condición hizo fracasar los planes de expansión más allá de la ciudad árabe. La continua afluencia de franceses originó la formación del núcleo inicial de un barrio europeo, en el que se establecieron las funciones administrativas. En 1846, un primer plan de alineaciones aseguró el enlace de los nuevos barrios con el puerto, mientras el desarrollo de las zonas suburbanas se dejó en manos de la actividad privada.

La ciudad consiguió recuperarse durante el Segundo Imperio. Para ello se reforzaron las estructuras portuarias, se construyó el ferrocarril y se volvió a iniciar la expansión hacia el S de acuerdo con una serie de programas sucesivos. En torno a 1860 surgió la ciudad burguesa-europea, con la construcción de una serie de elementos principales de carácter monumental, como la catedral de St. Philippe (1845/60), el Teatro de la Opera (1853), reconstruido en 1883.

En 1860, con ocasión de la visita de Napoleón III, se dio una ordenación acabada a la promenade marítima, fase en la que la ciudad añadió a sus funciones militares y de mando de la colonia, las propias de su condición de nudo comercial para el intercambio de productos con Francia. Mientras tanto, con el aumento a fines de siglo del número de los residentes franceses[2] se potenció considerablemente la inversión inmobiliaria. Entonces la ciudad rompió sus límites militares y se extendió por todo el arco sur de la costa.

Plan Obus de Le Corbusier para Argel (1933). No se llegó a poner en marcha

Entre las propuestas formuladas en los años treinta, han de citarse también las geniales elaboraciones de Le Corbusier (asentamiento de Oued-Ouchaia, 1933/34; el edificio de apartamentos de 1933, el rascacielos en el barrio de la Marina de 1938/42 y, sobre todo, el proyecto Obus, de 1930/34) que, en lo sustancial, confirmaron la toma de posesión y la dominación europea sobre la ciudad árabe. De este período es también la ordenación del boulevard Foch, obra de los urbanistas Guiauchain y Rotival, a los pies del edificio del gobierno general, construido en 1930, consecuencia de la configuración de un nuevo centro administrativo y financiero, al W del núcleo histórico.

En la ciudad de Bona, las primeras ordenaciones se remontan al período comprendido entre 1833 y 1840, con el trazado de las calles principales por parte de las autoridades militares para facilitar los enlaces entre la kasbah, los primeros asentamientos y el puerto. Con su enlace a la línea ferroviaria Argel-Túnez (1852), la ciudad experimentó un período de fuerte crecimiento económico (1880-1890), seguido de un segundo ciclo favorable, después de 1900[3], que se prolongó más allá de la Primera Guerra Mundial. Bona era la típica ciudad de control y de explotación de las actividades productivas del interior -minas de cobre, plomo y zinc, producción agrícola y ganadera- y se caracteriza por la activa presencia de numerosas empresas productivas[4].

La ocupación de Tunicia no tuvo el carácter militar característico de los primeros años de la dominación francesa en Argelia. Las circunstancias que llevaron a la inclusión del país en el ámbito colonial francés fueron diferentes. La originaria penetración económica, es decir, los empréstitos financieros concedidos a los soberanos locales, sirvieron de pretexto para ir adquiriendo un control que no tardó en convertirse en protectorado. La base económica fundamentada en la agricultura y el pastoreo siguió siendo, durante los años de la influencia francesa, la característica predominante del país, con la única excepción de la industria extractiva de fosfatos y una producción local de objetos de uso corriente.

Vista parcial de la Avenida Jules Ferry, en una imagen de 1954

Las formas de urbanización ponen de manifiesto el impacto prepotente de la civilización occidental. En Túnez y Bizerta se produjo la adicción directa, sin mediaciones, de las formas de la ciudad europea a la ciudad indígena. En el primer caso, en torno a la solución básica de un gran bulevar arbolado y en el segundo, con la formación de un quadrillage con la plaza central y arterias diagonales. En Susa, en cambio, las instalaciones portuarias y los nuevos asentamientos europeos dejaron intacta la kasbah, mientras que en Sfax se produjo una duplicación del asentamiento. Durante años permanecieron prácticamente intactas las ciudades situadas hacia el interior, entre ellas la histórica Kairouan.

En Túnez, el crecimiento que provocó la masiva presencia del elemento europeo se canalizó en un tejido regular ortogonal en contraste con el casco antiguo de la medina, a la que se adhirió sin mediaciones. Los ejes temáticos de la ciudad nueva, que guarda relación longitudinal con las estaciones ferroviarias, tienden de forma ortogonal a enlazar con el tejido antiguo, caso de la Avenue de France y la Avenue Jules Ferry, en dirección E-W, y la Avenue de Carthage y la Avenue de París, en dirección N-S. La medina se cualifica como centro residencial y comercial árabe, con predominio de los servicios y los empleos terciarios, a diferencia de las zonas residenciales externas, habitadas por el proletariado industrial de la inmigración.

Al igual que sucede en Argel, la intervención europea se aprecia mucho en la organización urbana. En 1885 la ciudad de Túnez contaba con una línea de tranvías con terminales suburbanas. En 1902 el tranvía eléctrico cubría una longitud total de 30 km. Unos anos antes a la Segunda Guerra Mundial se inició la formación de barrios residenciales en respuesta a la demanda creada por la rica burguesía europea y local.

Fotos procedentes de varias páginas de internet relacionadas con Argelia y Túnez.


[1] Un proyecto de 1840, llevado en parte a la práctica, daba un tratamiento a la ciudad considerándola una plaza fuerte.

[2] Se estima que en 1896 eran 123.000 personas.

[3] La cifra de población, que era de 18.000 habitantes en 1872, ascendía a 40.000 en 1900.

[4] Entre ellas figuraban la Union Agricole de l’Est, Tabacoop (monopolio del cultivo del tabaco en los distritos de Bona, Guelma y Philippeville), Tomacoop (conservas), Frigécoop (carnes congeladas) y Cotacoop (algodón).

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Egipto, provincia del Imperio otomano hasta 1914, estaba desde 1882 bajo el control directo de Inglaterra, en forma de protectorado, hasta que consiguió su independencia política en 1922. La creciente influencia europea a partir de la apertura del canal de Suez, vino marcada por la afluencia de capitales y técnicos extranjeros, sobre todo ingleses y franceses. A comienzos del siglo XX los ingleses llevaron a cabo importantes obras para el riego y la explotación de algunas zonas agrícolas. Entre otros hitos significativos figura la construcción de la primera gran presa de Asuán[1], iniciada por los británicos en 1899 e inaugurada en 1902.

En las grandes poblaciones del país, el reforzamiento de la presencia europea y las ambiciones de los notables otomanos provocaron reestructuraciones y nuevas formas de crecimiento, junto a las cuales hay que señalar la creación de las ciudades de fundación europea vinculadas a las obras del canal.

Sede de la Autoridad Portuaria del Canal de Suez (1895)

La ciudad de Alejandría ya se había desarrollado con anterioridad a 1882. Entre 1897 y 1900 se llevó a cabo la ordenación de la Grande Corniche, el paseo marítimo en forma de media luna. Ismailía se creó en 1861 en el canal de Suez para albergar los almacenes y depósitos generales, la dirección administrativa y los demás servicios de la compañía, de acuerdo con un plan del ingeniero francés Le Grand, casi al mismo tiempo que Port Said. A estas dos nuevas ciudades se añadiría Port Fuad, en 1925, situada en la orilla asiática del canal, frente a la anterior. Sin embargo, las obras de mayor envergadura serían las que se llevaron a cabo en El Cairo, en la que sus dirigentes trataron de transformar en ciudad de impronta europea.

Las actuaciones de renovación urbana se iniciaron bajo la administración de Ismaíl Bajá, jedive de Egipto de 1862 a 1879. En 1865 se realizó la ordenación de la plaza de Ezbekieh de acuerdo con el proyecto de los franceses Barillet y Delchevalerie, mientras que en los últimos decenios del siglo XIX se abrieron nuevas arterias en la ciudad musulmana, demoliéndose los barrios más pobres y aislando el bazar y las mezquitas.

La construcción del ferrocarril permitió fijar las áreas industriales y contribuyó a definir las partes urbanas y suburbanas, construidos a la inglesa, de Hélouan y Kasr-el-Doubara (Garden City), este último levantado junto a la zona directiva central. Hacia finales de siglo se produjo en estas áreas una extraordinaria fiebre edificatoria, que habría de prolongarse hasta 1907.

La rápida sustitución de la antigua estructura urbana reflejó, además de la incontrolada especulación, el proceso de transformación social y productiva, con la pérdida progresiva de las viejas funciones, a excepción de algunos núcleos de residencia musulmana que sobrevivieron, a los que luego fueron agregándose nuevos barrios populares, a los que accedieron los campesinos del interior del país.

Fachada trasera del palacio del barón Empain, en la nueva Heliópolis

Sin embargo, el episodio más significativo y singular de la penetración económica y de la presencia europea en Egipto es la iniciativa que llevó a la construcción de la nueva Heliópolis. Su punto de partida figura en la existencia, a comienzos del siglo XX, de una demanda residencial europea que no encontraba una oferta ambiental adecuada en la capital, densamente poblada y carente de servicios higiénicos eficaces, donde el mismo abastecimiento de agua potable era muy precario.

La iniciativa se debió por entero a un empresario privado belga, el barón de Empain, que intuyó las posibilidades de mercado que podría ofrecer una ciudad residencial dotada de todos los servicios modernos, situada a una distancia menor a 10 km de El Cairo y enlazada con la capital mediante un sistema de comunicaciones rápidas.

En 1905, Empain fundó una sociedad financiera, Cairo Electric Railways & Heliopolis Oases Company, y compró a bajo precio del propio Gobierno egipcio, en fases sucesivas, casi ocho mil hectáreas de terrenos de desierto junto al lugar donde en la antigüedad se levantó la ciudad santa de Heliópolis descrita por Herodoto.

El plan previsto adoptó una planta general de tipo académico, mientras el uso del suelo se reguló conforme a los módulos típicos de las parcelaciones para edificaciones aisladas, de aprovechamiento más bien intensivo, y más raramente en formaciones siguiendo a una cuadrícula, subrayando también así el propósito de diferenciar el ambiente en cuestión respecto de la edificación típica de las ciudades árabes.

Título de una de la compañía fundada por el barón de Empain

Salvo la iglesia, situada en posición central y dominante, los edificios públicos no tienen peso específico alguno en la concepción urbana del conjunto. La ciudad está dividida en zonas diversas, que van desde edificios de comunidades a los hotelitos independientes, y reproduce una colonia europea, con los estratos económicos y sociales correspondientes.

Un inmenso hotel de 500 habitaciones y grandes salas de reunión, proyectado por el arquitecto belga Jaspar, formó parte desde el principio de la operación comercial diseñada por Empain. La ciudad tiene desde 1910 un tranvía eléctrico, estando dotada, además, de numerosos equipamientos deportivos típicamente ingleses, como un gran hipódromo, un campo de golf, un campo de polo, piscinas, etc.

En el caso de Bagdad, las obras anteriores a la fecha en que los ingleses asumieron el mando del país, se compendian en la demolición de las murallas defensivas, llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XIX, en la ordenación ferroviaria y, sobre todo, en la apertura del eje viario interno de Ar-Rashid, paralelo al Tigris, construido en 1916 por deseo del gobernador Jalil Bajá.

En 1938, la administración inglesa ejecutó un nuevo trazado hacia el NE, paralelo al anterior y enlazando con éste mediante dos arcos de círculo terminales. De este modo se precisa la planta longitudinal del centro de la ciudad, comprendido entre el trazado ferroviario y la orilla izquierda del Tigris.

Sobre este sistema se determinó la estructura jerárquica de Bagdad, con los ministerios y la parte administrativa situados en torno a la Estación Norte, con las residencias de los funcionarios establecidas en los suburbios de Waziria y Adhamiya. Al S se encuentra la zona comercial europea. Por la orilla derecha del río se distribuyó la zona edificada más pobre, situada más allá de la Estación del Oeste y del aeropuerto.

En el siglo XVIII, los ingleses tenían en el África Occidental la posesión de Sierra Leona, a la que agregaron, en 1880, Gambia, Costa de Oro y Nigeria. En África Oriental conquistaron el Sudán anglo-egipcio, parte de Somalia, Kenya y Rhodesia, mientras que desde la colonia de El Cabo se apoderaron de Transvaal y de Oranje, lo que provocó la guerra anglo-boer. En el Sudán, bajo el completo control de Inglaterra desde 1899, la ciudad más importante, Jartum, fue objeto de un replanteamiento desde su ocupación por lord Kitchener, aplicándose los módulos urbanísticos corrientes a comienzos del siglo XX.

Plano parcial de Nigeria en 1914, elaborado por Jhon Bartholomew & Co.

En la costa atlántica de África, la colonia más importante era Nigeria, constituida mediante adquisiciones territoriales en el Bajo Níger y resultado de la actuación inicial de una compañía francesa y, a partir de 1879, de la United African Co. A partir de los protectorados de Lagos, Bajo Níger y el territorio de los Oil Rivers, se pasó a la constitución, en 1906, de la colonia de Nigeria meridional, fusionada después con la Nigeria septentrional, en 1914. Las ciudades más importantes eran Ibadán, gran centro indígena y Lagos, donde la presencia europea es más acusada[2]. Otras ciudades menores anteriores a la colonización británica adquirieron importancia como centros de intercambio de productos agrícolas con la llegada del ferrocarril, caso de Kaduna, Kano y Zaria.

En Kenya, territorio del que Inglaterra se hizo cargo en 1895, tras su ocupación por parte de la East África Co., la ciudad más importante es Nairobi, fundada a comienzos del siglo XX sobre el solar del antiguo Fort Smith. Mombasa, puerto de la colonia en el Océano Indico, tenía entonces una población ligeramente superior.

Entre otros territorios africanos colonizados por los ingleses destaca Liberia, cuya capital, Monrovia, aunque formalmente independiente, estaba dominada por el capital norteamericano y se había convertido en un feudo de la compañía Firestone, que controlaba, de acuerdo con las élites locales, 400.000 hectáreas de plantaciones de caucho.

Singapur, la capital de Malasia, concesión de los ingleses en arriendo y convertida después en posesión de la East India Co., y propiedad desde 1867 de la Corona británica, anticipó la formación del protectorado, que se inició en 1874. Otras ciudades importantes en esta época son Kuala Lumpur y Penang.

City of Victoria, Hong Kong, hacia 1891

La formación de la ciudad europea de Singapur se remonta a 1814, con la presencia de suntuosas arquitecturas públicas y privadas en estilos clásicos, en torno a las cuales surgieron después los barrios orientales divididos por comunidades étnicas (musulmanes, malayos y chinos), caracterizados por altas densidades de población, formada por una mezcolanza de numerosos grupos de razas sudorientales[3].

La isla de Hong Kong, ocupada por Gran Bretaña en 1841, al final de la primera guerra del opio, fue cedida por China al año siguiente según lo acordado en el Tratado de Nanjing. Parte de la península de Kowloon –situada al sur de la actual Boundary Street– y la isla de Stonecutters fueron cedidas a Gran Bretaña por los acuerdos de la Convención de Pekín tras la segunda guerra del opio.

La superficie de la colonia aumentó considerablemente con la incorporación a la misma de los nuevos territorios (incluidos New Kowloon y la isla de Lantau), casi 980 kilómetros cuadrados arrendados por 99 años, desde el 1 de julio de 1898 hasta el 30 de junio de 1997. Considerando la escasa población con que contaba en su primer y penoso período de existencia, después experimentó una expansión vertiginosa, debido sobre todo a su condición de puerto franco[4].

Fotos: Abdelrhman 1990, Jasmine Elías, John Bartholomew & Co. Edinburgh y G. William Des Vœux (1903).


[1] El diseño inicial tenía 1.900 m de longitud y 54 m de alto. Sin embargo, en poco tiempo fue necesario aumentar la altura, lo que se hizo en dos fases: de 1907 a 1912 y de 1929 a 1933. En 1946, a consecuencia de amenazas de desbordamiento, se decidió construir una nueva presa a unos seis kilómetros más arriba de ésta. 

[2] En la década de los años treinta contaba con una población de 150.000 habitantes, aproximadamente.

[3] En 1934 alcanzaba la respetable cifra de 525.000 habitantes.

[4] En 1841 tenía 20.000 habitantes, 120.000 en 1862, 283.000 en 1981; 456.000 en 1911 y 1.143.000 en 1931, de los que una parte se concentraban en el núcleo vecino de Victoria.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Durante el siglo XIX la presencia colonial británica en la India se amplió mediante la adquisición de nuevos territorios, como Bengala y el Punjab, por medio de anexiones y confiscaciones a los indígenas y entregas pacíficas de los rajáes. En 1857, superada la sublevación de los cipayos, la India quedó bajo el gobierno directo de Inglaterra y en 1876 se constituyó en imperio. Con la aplicación de las orientaciones económicas librecambistas imperantes, la colonia se transformó en un gran mercado inglés y para su desarrollo se hicieron grandes inversiones de capital.

En el sector agrícola se fomentó la extensión de los cultivos de importación en detrimento de los de subsistencia, alcanzando una gran importancia la producción de algodón, que a comienzos de la década de los sesenta estaba muy potenciado debido a la guerra civil en EE.UU., lo que había provocado la interrupción de los suministros norteamericanos a Europa. 

Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XIX, la economía de la India evolucionó hacia una forma mixta, combinando la exportación de materias primas y formas elementales de industrialización. La industria del algodón se desarrolló a gran escala en Bombay, Calcuta se convirtió en el centro de producción del yute, en el territorio de Bengala se explotaron los ingentes yacimientos carboníferos, en Birmania comenzó la extracción de petróleo [1] y en los territorios malayos prosperó la industria del caucho. 

Bombay. Kalbadevie Road (c. 1890)

Al mismo tiempo que se importaron y adaptaron las nuevas tecnologías occidentales, se estimuló la actividad empresarial, lo que permitió, incluso, la integración de los hombres de negocios indígenas, algunos de los cuales alcanzaron posiciones económicas relevantes, como es el caso de la familia Tata, perteneciente a la alta aristocracia hindú, con importantes intereses en el sector algodonero de Bombay, lo que habría de permitirle introducirse en 1902 en el sector metalúrgico y siete años después fundaría la ciudad industrial de Jamshedpur, que pronto se convertiría en un populoso centro productivo. 

Se aprecia, pues, que las actuaciones realizadas en el territorio hindú no eran tanto el resultado de una estrategia teórica preconcebida, como la aplicación de un plan concreto de dominación política y económica. La aplicación del nuevo régimen se consiguió mediante la intervención de las autoridades gubernativas y militares, acuerdos y protección a los principados feudales que aún subsistían, todo con la idea de plegar por la fuerza al acatamiento del nuevo modelo económico, sobre todo en los grandes centros urbanos, a una civilización estratificada por clases y castas y muy atrasada en su desarrollo tecnológico. 

Los mayores esfuerzos se orientaron hacia la construcción del ferrocarril, que se inició con las líneas que enlazaban Bombay y Calcuta con los centros de producción algodoneros, aunque la red inicial se ramificaría muy pronto hasta conformar un sistema nacional. La primera línea férrea de la India, entre Bombay y Thana, tenía 45 km y se inauguró en 1853. Apenas siete años después ya existían 875 km de línea férrea, que sumaban 9.375 km en 1880 y hasta entonces se habían invertido más de 75 millones de libras esterlinas. En 1900, la red ferroviaria sumaba 15.625 km y en 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, era de 21.875 km [2]

El primer tren en la India circuló a partir de abril de 1853

Las capitales provinciales, algunas de ellas establecidas en ciudades costeras como Bombay, Madrás y Calcuta y otras del interior, caso de Allahabad, Lahore y Nagpur, se convirtieron en los principales centros de organización de la presencia inglesa en la India. Con frecuencia, en torno a los nudos coloniales existentes –zonas portuarias, fuertes militares…­­– se desarrollaron los centros de las ciudades y en ellos se establecieron las sedes administrativas, ubicadas en edificios de nueva construcción de estilo europeo, con arquitecturas que seguían las líneas neoclásicas o victorianas. 

En las ciudades de Bombay, Calcuta, Madrás y Rangoon se formaron barrios comerciales dominados por los europeos y también se dio el caso de un claro dominio en aquellos donde se establecieron las instituciones públicas y privadas. Los barrios residenciales obedecían, por lo general, a proyectos definidos de planificación, siendo muy interesantes por su ordenación urbanística, propiciando una clara separación de las aglomeraciones indígenas existentes, que, con el paso del tiempo, quedarían relegados a una posición totalmente secundaria. 

En las zonas preferentes suburbanas se levantaron las villas más ricas y suntuosas, dotadas de todos los elementos de lujo y confort necesarios para la vida en el clima tropical y junto a ellas se reprodujeron los equipamientos específicos del modo de vida inglés, es decir, parques, clubes deportivos, hipódromo para las carreras de caballos, campos de golf y cricket, cuyo acceso estuvo casi siempre vedado a los nativos. 

Para el control higiénico de los barrios indígenas, en 1864 se formaron en las ciudades principales unas comisiones sanitarias, siguiendo así las líneas marcadas por la legislación inglesa promulgada en 1859. Debido a las condiciones, entonces muy precarias, en que se desenvolvían las aglomeraciones urbanas, las primeras medidas adoptadas se referían a los servicios más elementales, como el abastecimiento de agua o la salubridad de las calles más importantes. 

Plano de la ciudad de Bombay (1924)

El cambio de siglo propició la aparición de los Improvement Trusts, organismos de carácter empresarial para el control fiscal y de intervención e independientes de las administraciones municipales. A la constitución del Improvement Trust de Bombay (1898), siguieron los de Mysore (1903), Calcuta (1911), Lucknow (1919), Allahabad (1920) y otras ciudades. Esta doble estructura administrativa no sólo confirmó sino que fomentó la división y separación entre ciudad europea y ciudad indígena. 

Los Improvement Trusts concentraron su interés sobre las áreas urbanas que podían ofrecer las mejores perspectivas de inversión y obtención de beneficios, es decir, casi en exclusiva en las áreas europeas, evitando intervenir en las áreas populares salvo en los casos de las epidemias, frecuentes y desastrosas [3], que determinaban el derribo para el saneamiento de los centros antiguos. 

Un análisis de la situación de la vivienda en 1911 en los barrios marginales de Calcuta, indica que era inferior al 20 % el número de las unidades de habitación que podían considerarse aceptables. En los barrios marginales de Bombay, el 96 % de la población habitaba en viviendas de una sola pieza, mientras que en Karachi el 48 % vivía entonces en cuartos ocupados por veinte personas o más, y otras 23.000 personas habitaban en viviendas ocupadas entre 5 y 19 personas [4].

Junto a las ciudades mayores estaban también los acantonamientos militares y las zonas vacaciones y de ocio de los súbditos ingleses. Los acantonamientos aparecen localizados según las necesidades estratégicas y su planificación seguía rígidos esquemas en cuadrícula, con sectores residenciales dispuestos de acuerdo con las jerarquías del ejército y dotados de equipamientos civiles y militares, figurando con frecuencia, en inmediata continuidad, los núcleos de población civil. 

Las ciudades balnearias de nueva fundación, como Simla, Dalhousie y Darjeeling –localidades administrativas de estancia de los gobernadores de las provincias menores y lugares de descanso estival de la población europea de las ciudades mayores– se construyeron formando edificaciones tipo “bungalows”, entre parques, edificios administrativos e instituciones recreativas y deportivas. La población indígena ocupaba barrios separados, por lo general situados en las partes bajas respecto del asentamiento europeo. 

Panorámica del centro de la ciudad de Calcuta, a mediados del siglo XX

Calcuta, fundada en 1632 como puerto comercial y designada capital de la India en 1757, fue residencia de los gobernadores generales ingleses hasta 1859, y desde ese año y hasta 1911, residencia de los virreyes de la Corona. En la primera mitad del siglo XIX, alrededor de los núcleos originarios de la ciudad –la fortaleza, el puerto, el mercado– se formó el área de control político y administrativo de la capital. 

El histórico Fort William está rodeado del parque Eden Gardens de más de 50 hectáreas, en cuyas márgenes surgen los principales edificios gubernativos y administrativos: el palacio de Gobierno (1803), el Town Hall (1844), la catedral de St. John (1847) y el palacio de Justicia (1872), mientras que en el barrio residencial de Alipur se encuentra la residencia del gobernador (Belvedere). Alrededor del conjunto se extienden otros barrios residenciales, con el amasijo de la Black Town hacia el N y el E, subdividida en 15 barrios por algunas calles mayores y enlazada con la orilla occidental del Hoogly por el puente Houra. La población, estimada en 400.000 habitantes a mediados del siglo XVIII, alcanzó 1.132.000 habitantes en 1921. 

Bombay, fundada por los portugueses en 1534, convertida primero en posesión directa de la Corona (1661) y transferida después a la Compañía de las Indias (1668), se levanta sobre una isla, siendo unida posteriormente de manera permanente con tierra firme. El desarrollo europeo data de 1840, con la fundación del primer banco y la llegada del ferrocarril. En el centro surge el Town Hall, de estilo neoheleno, mientras que la estación principal, bautizada Victoria Terminal, se construyó en estilo neogótico. Desde el fuerte, la iglesia y el puerto, la ciudad europea se extiende hacia el S a lo largo de la península, mientras que en el N se forma la ciudad indígena, cerrada al E por las líneas férreas que rodean el gran complejo portuario. 

En los primeros años del siglo XX vivían en Bombay unos 50.000 europeos, que contaba con una población total ampliamente superior al millón de habitantes [5]. El Improvement Trust local realizó una serie de planes parciales, reconstruyendo áreas degradadas, construyendo calles, imponiendo reglamentaciones y acometiendo una actividad edificatoria de carácter especulativo, situación que se prolongaría hasta 1933, en que se incorporó a la administración municipal, quedando así reunificada. 

Victoria Memoral Hall. Calcuta (1906-1921)

Madrás, situada en la costa de Coromandel, fundada en 1639 por la East India Co. con la construcción del fuerte de St. George, también desarrolló un centro administrativo situado en la desembocadura del río Cooum. Como en Calcuta, entre la fortaleza y la ciudad de Georgetown (Blacktown hasta 1906) se dejó una franja de terrenos libres (Esplanade) e incluso con la expansión sucesiva se mantuvieron una serie de parques que separan los núcleos centrales de los barrios suburbanos de Triplicane y Maylapore, al S; de Pursakawan, al W; de Tandiarper, al N, etc. Los barrios residenciales europeos, de hotelitos con jardín (Egmore, Nungabakam) se extienden hacia el interior [6]

Rangoon fue refundada por los ingleses entre 1850 y 1860, sobre una planta en cuadrícula centrada en torno a la pagoda de Sule, con la arteria del Strand trazada a lo largo de las riberas del río y cuatro arterias mayores paralelas, de más de 30 m de anchura, trazadas a intervalos de 240 m entre sí. De N a S las calles tienen las mismas dimensiones e intervalos, con excepción de la Sule Pagode Road, de 65 m de anchura. 

La actividad económica de la ciudad giró desde un principio en torno al tráfico del arroz, madera de teca y productos exóticos. La ciudad presentaba una mezcolanza de numerosas razas de la India y contaba con una colonia china relativamente numerosa. Con el crecimiento urbano derivado de la fuerte concentración de habitantes [7] y con el reforzamiento del centro comercial en la ciudad vieja, se produjo una descentralización hacia las franjas suburbanas de los principales equipamientos europeos (Universidad, hipódromo…) y de los usos residenciales, que se distinguen, en conjunto, por la constante correlación establecida entre altitud sobre el nivel del mar y status socioeconómico. Rangoon, cuarto puerto del Imperio británico, se convirtió también en ciudad capital en el momento en que Birmania se separó de la India, en 1937. 

Colombo. Queen’s House (residencia del gobernador)

El centro urbano de Colombo, con la vieja fortaleza, la Queen’s House (residencia del gobernador), los edificios gubernativos y la iglesia de San Pedro, se extiende hacia la orilla del Indico. A espaldas de la explanada de Galle Face se distribuye el barrio de los hotelitos habitado por europeos recogido en torno al sinuoso Victoria Park. El mayor núcleo indígena es el barrio de Petthan, al E del núcleo blanco. 

La creación de la ciudad de Nueva Delhi, se debe a la decisión de construir una nueva sede para el virrey, con todos los equipamientos propios del gobierno imperial, autónoma en su estructura urbanística y situada en una zona menos periférica respecto del conjunto del país, abandonando así la vieja capital, Calcuta, después de que ésta quedara como residencia del gobernador de Bengala. 

Las razones que impulsaron al Gobierno de Inglaterra a realizar este gran esfuerzo se encuadró en el momento histórico en el que el país se encaminó hacia la constitución de una Commonwealth llamada a vincular entre sí, a escala mundial, los diversos elementos de un complejo sistema económico y político tutelado por la metrópoli. 

El 12 de diciembre de 1911, el rey de Inglaterra Jorge V proclamó el traslado de la sede del Gobierno indio desde Calcuta a su nuevo emplazamiento. La comisión designada para situar el área que resultase más adecuada para el nuevo asentamiento –de la que formaba parte el arquitecto sir Edwin Lutyens– se pronunció a favor de Raisina Hill, una colina al sur de la vieja ciudad de Delhi. El virrey aprobó esta elección y fijó un plazo de cinco años para el desarrollo de las obras. 

Raisina Hilll es una colina situada al sur de la vieja ciudad de Delhi

El programa de construcción de todo el complejo comprendía los edificios destinados al poder legislativo, las oficinas del secretariado, la residencia del virrey y el acuartelamiento del personal de servicio y de los cuerpos de guardia. Lutyens [8], a quien se encomendó la ordenación urbanística, requirió la colaboración, en la parte arquitectónica, de Herbert Baker [9], que se responsabilizó de la construcción de los secretariados y del Parlamento, mientras Lutyens se reservó el proyecto de la residencia del virrey. 

La intención de ambos arquitectos no era otra que la de formar una composición común, de modo que expresase la unidad de las funciones gubernativas. Baker describía Raisina Hill diciendo que, a su juicio, constituía una gran Acrópolis con sus Propileos. El complejo urbano, según sus palabras, sería construido “conforme a las cualidades y tradiciones fundamentales, que se han hecho clásicas, de la arquitectura de Grecia y de Roma” y decía que los edificios han de reflejar también “ciertos aspectos estructurales de la arquitectura india, y han de tener una ornamentación capaz de expresar los mitos, los símbolos y la historia de las gentes del país” [10]

El esqueleto de la capital hindú está constituido por un triángulo equilátero cuyos vértices son los polos funcionales de la organización del asentamiento. La base del triángulo es la Royal Avenue, de 350 m de anchura y dotada de arbolado, que enlaza el centro monumental situado hacia el W –con el palacio del virrey, el Parlamento, las oficinas administrativas, la residencia de los funcionarios europeos– con la Esplanade hexagonal de los dignatarios y soberanos indígenas, miembros de la Cámara de los Príncipes, de 750 m de diámetro, situada hacia el E. El vértice N está constituido por una plaza circular destinada a centro comercial y enlazada mediante algunas radiales con la vieja Delhi y la estación ferroviaria. 

Otras arterias perpendiculares a los lados del triángulo completan el esquema viario en el que se sitúan la Universidad, los hoteles y los templos religiosos, los parques y las residencias. El retículo de las calles aparece completamente jerarquizado, según dimensiones de anchura de 50, 36 y 25 m, dos y una fila de árboles, respectivamente [11]. 

Luytens. Vista del palacio Rashtrapati Bhavan y la columna Jaipur

En opinión de Paolo Sica, “la composición general, incluso dentro de los propios términos de la tradición clásica, dista mucho de ser feliz, y revela, entre otras cosas, una falta de correlación íntima entre la obra de los dos arquitectos” [12]. De los edificios realizados, los debidos a los trazos de Baker forman parte de la tradición eduardiana, con referencias exóticas en los detalles decorativos, mientras que los realizados por Lutyens y, sobre todo, la residencia del virrey, tienen una mayor fuerza expresiva. 

Debe tenerse en cuenta que el complejo de Nueva Delhi es más grande que Versalles. Sólo la residencia del virrey mide en sus dos direcciones principales casi 190 x 160 m. Representa la máxima afirmación, en una sola ciudad, de la potencia colonial del imperialismo inglés en el mundo. En resumen, Lutyens diseñó una espectacular zona administrativa, que se convertiría en legado del imperialismo británico. La avenida conocida como Rajpath o Camino de los Reyes, se extiende desde el Memorial de Guerra, en la actualidad Puerta de la India, hasta el palacio del virrey o Rashtrapati Bhavan. 

El faraónico complejo proyectado para materializar un sueño imperial entonces en decadencia, era el anuncio de toda una época. Terminado en 1931, el gran palacio del virrey tan sólo podría ser utilizado por los ingleses durante 16 años. Coincidiendo con su construcción comenzaron a formarse en la India las corrientes y grupos revolucionarios que, aunque divididos entre sí, tenían en común la idea de luchar contra el sistema colonial inglés, en el que la figura de Gandhi se convirtió en profeta y líder. 

Fotos procedentes de varias páginas de internet relacionadas con la India.


[1] Para su extracción y comercialización, en 1866 se constituyó la sociedad Burmah Oil Company.

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002. 

[3] En la epidemia de cólera de 1897 murió en Bombay el 60 por mil de la población.

[4] Sica, Paolo. Historia del Urbanismo. El siglo XIX. Vol. II. Instituto de Estudios de Administración Local. Traducción de Joaquín Hernández Orozco. Madrid, 1981. 

[5] En 1812 Bombay tenía cerca de 200.000 habitantes y en 1912 casi millón y medio.

[6] En 1921 la población superaba el millón de habitantes.

[7] Se cifraban en unos 92.000 habitantes en 1872 y más de 400.000 habitantes en 1931.

[8] Sir Edwin Landseer Lutyens (1869-1944) está considerado el más grande de los arquitectos de la historia del país. Diseñó numerosos edificios de Gran Bretaña, aunque su mayor gloria la alcanzaría en el diseño de Nueva Delhi. Estudió arquitectura en la South Kensington School of Art, en Londres, entre 1885 y 1887. Su historial está jalonado de importantes proyectos, que le valieron numerosas distinciones y reconocimientos.

[9] Unos años antes, el arquitecto Herbert Baker (1862-1946) había construido el conjunto Union Building en Pretoria, la capital de Sudáfrica, después de finalizada la guerra contra los Bóers. En 1910 se convocó un concurso para la edificación de la nueva capital de Australia. La construcción de una nueva capital en la India, con una posición geográfica más adecuada, respondía también a la unidad de favorecer la unidad del elemento hindú y musulmán tras la reunificación de Bengala.

[10] Sica, Paolo. Op. cit.

[11] La ciudad estaba prevista para albergar unos 70.000 habitantes. En 1931 había alcanzado 30.000 habitantes.

[12] Sica, P. Op. cit. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

La poderosa hegemonía mercantil de Inglaterra a lo largo del siglo XVIII posibilitó en gran medida que fuera el país que obtuviera los mayores beneficios de la explotación colonial. Sin embargo, en el transcurso de la centuria siguiente, el modelo de organización de las relaciones políticas, sociales y comerciales con las colonias tuvo que ser revisada de nuevo. Desde comienzos del siglo XIX, los intereses comerciales que hasta entonces habían estado mayoritariamente enfocados hacia América del Norte, se desplazaron a Oriente.

En 1830, la colonia del Cabo, en África del Sur, se había convertido en el punto de apoyo para la expansión hacia el Indico y el Pacífico, aunque, el gran despliegue vendría a partir de 1869, con motivo de la apertura del canal de Suez[1], que supuso una reducción del 44 % en la distancia efectiva entre Londres y Bombay, lo que habría de posibilitar un aumento importante de las posesiones en la India. 

El canal de Suez a su paso por Ismailía (c. 1860)

La evolución de los acontecimientos, así como el desarrollo de la navegación de vapor oceánica y el entramado organizativo, provocó la necesidad de revisar las viejas instituciones mercantilistas para adecuar los nuevos sistemas a las necesidades del liberalismo económico y del capitalismo industrial. Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en los frecuentes ataques de éstos contra el monopolio ejercido desde el siglo XVIII por la East India Co. y las demás concesionarias para el comercio de las colonias, de modo que en 1833 la citada compañía perdió su carácter privilegiado y mantuvo su existencia como entidad financiera. En 1849, con la abolición de las Navigation Laws, la actividad comercial inglesa alcanzó su completa liberalización.    

A partir de 1880 la expansión colonial inglesa cobró un nuevo impulso, resultado de la evolución de las relaciones políticas y económicas internacionales y en el clima ideológico de la sociedad victoriana de la época, donde había tomado forma la competencia entre los países europeos por la creación y organización de unos sistemas coloniales más orgánicos y mejor organizados. 

Influido por los discursos del teórico del imperialismo británico, sir John Seeley, expuestos en su libro Expansion of England, publicado en 1883, el ministro de las Colonias, Chamberlain, impulsó la política exterior de su país hacia una firme expansión. Seeley sostenía la necesidad de unos vínculos estrechos entre la madre patria y las poblaciones blancas de ultramar y de vigorizar la acción del Imperio en la lucha por hacerse con las tierras aún no sometidas a la condición de colonias. Otros autores, entre ellos Rudyard Kipling, acentuaron la doctrina del imperialismo, llevando el concepto a límites exacerbados. 

De esta forma, Inglaterra logró asegurarse nuevas posesiones en África, lo que le permitiría establecer una continuidad geográfica desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, bordeando por completo el continente, teniendo entre sus protagonistas más destacados a personajes como Cecil B. Rodes, promotor de la guerra contra los colonos holandeses establecidos en África del Sur. Esta perspectiva se acentuó al final de la Primera Guerra Mundial, de la que Inglaterra salió más fortalecida que cualquier otro país contendiente, logrando la conquista de nuevos territorios, entre ellos Tanganika, en el África Oriental, que hasta entonces había pertenecido a Alemania; Togo, en la costa atlántica de África y Palestina e Irak, en Oriente Próximo y Oriente Medio, respectivamente. 

Es de advertir que, en conjunto, la política inglesa en relación a los territorios de ultramar –incluidos los que después pasarían a formar parte de los países originarios de la Commonwealth- presentó una gran capacidad de adaptación a la situación de cada una de las nuevas colonias y sus vínculos con la madre patria. 

La estrategia funcionó. Inglaterra sabía perfectamente que no podía aplicar soluciones rígidas y únicas para todo el entramado colonial, puesto que las había bien distintas entre sí tanto en lo que se refería a su estructura física, como a sus posibilidades de producción y a sus reservas de fuerza de trabajo. Nada tenían que ver territorios como la India, donde abundaba la mano de obra abundante y barata, fundamental, entre otros aspectos, para su propia subsistencia, de otros territorios nuevos, como Australia y Nueva Zelanda, escasamente poblados[2].

Foto: Francis Frith


[1] El canal une Port Said y Suez en una distancia de 163 km. Su construcción se inició el 25 de abril de 1859 a cargo de la empresa del ingeniero francés Ferdinand de Lesseps y fue inaugurado el 17 de noviembre de 1869, en fastos que presidió la emperatriz Eugenia de Montijo. Para la ocasión, el compositor italiano Giuseppe Verdi compuso, por encargo, la ópera Aída. Se estima que millón y medio de egipcios trabajaron en las obras, de los que unos 125.000 murieron debido principalmente al cólera. En el momento de la inauguración –el primer barco lo había cruzado el 17 de febrero de 1867-, Egipto poseía el 44 % de las acciones y el resto estaba repartido en unos 21.000 accionistas franceses. En 1875, el bajá de Egipto puso en venta su parte de las acciones en el canal. En una hábil maniobra política, el primer ministro de Inglaterra, Benjamín Disraeli, convenció a la reina Victoria de la necesidad de comprarlas para tomar el control sobre la ruta hacia la India, la colonia más rica de la metrópoli. A través de la banca Rothschild se consiguió el cuantioso préstamo y fue así como Inglaterra se aseguró el dominio del canal.  

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela.

El arte barroco se difundió desde Roma a toda Europa, si bien con desiguales resultados. Sin embargo, ningún país lo acogió tan bien, en todas sus manifestaciones artísticas, como España, el país defensor del catolicismo y de la Contrarreforma, de la exaltación religiosa. En la austeridad de la arquitectura, en la escultura policroma en madera, en las estatuas de procesiones, en las escenas de retablos y en la pintura religiosa, aparecen las huellas y las órdenes de Trento.

Centraremos nuestra atención en la figura de fray Lorenzo de San Nicolás (1595-1679), arquitecto, miembro de la orden de los agustinos recoletos, un estudioso de la teoría arquitectónica que divulgó sus conocimientos en el tratado Arte y uso de arquitectura, que, aunque de poca erudición, tuvo no obstante un sentido práctico para los maestros de obra y albañiles. De hecho, fue consultado con frecuencia y obtuvo una importante proyección hacia América.

Tratado de fray Lorenzo de San Nicolás (1593-1679), Arte y uso de arquitectura (primera edición de la primera parte, Madrid, 1639.

Aún así, se trata del Tratado más amplio y completo escrito sobre arquitectura del siglo XVII y refleja un aspecto curioso, como es el contencioso entre profesionales, pues descubre como Juan de Torija usurpó el tratado de Vandelvira y contesta a Pedro de la Peña por haberse opuesto a la publicación de la obra del mismo fray Lorenzo de San Nicolás.

De su maestría se conservan tres obras principales, las dos primeros en Madrid: la iglesia de benedictinas de San Plácido y la iglesia de las Calatravas; y el templo conventual de agustinas descalzas de Colmenar de Oreja. La primera se desarrolla en una nave con capillas laterales, con una cúpula encamonada que fue la segunda realizada en Madrid y preludia la de Francisco Bautista en el Colegio Imperial. La de Calatravas participa de las mismas características. 

“Son tan hermanas estas tres artes (arquitectura, aritmética y geometría) que apenas se hallara que haya necesidad de la una, que inmediatamente de necesidad no se siga la otra, y a las dos acompañe la tercera. Que el arquitectura necesite de las dos es cosa asentada, pues vemos que se funda en demostraciones causadas de líneas y cantidades o números, que es lo mismo. Y pues la demostración es línea en este arte y la línea es del arte de la geometría y la línea numera el número, clara está su conveniencia y unión” (…)

“Y como el más perfecto cuerpo de la naturaleza es el hombre, a cuya causa los filósofos le llaman mundo pequeño o abreviado, y a imitación suya, siguiendo su belleza, Vitruvio en su Libro III, cap. I, le va midiendo, y distribuyendo en partes, de que muchos escultores usaron antiguamente en las estatuas que hacían. Y aunque no pone Vitruvio en lo practicado que se haya de componer las plantas de las fábricas, a imitación del hombre; pónelo en lo especulativo; pues sucesivamente después de haber tratado de su perfección, pone la que han de tener las plantas, haciendo diseño de seis: él las pone según en aquella edad se usaban, mas aprovechándonos hoy de su medida, y de la usanza deste tiempo, será en esta forma. Ante todas cosas se ha de saber el ancho del templo, el cual supongo tiene cuarenta pies, a esto han de corresponder cuatro anchos de largo, porque ellos mismos tiene el hombre medido por los pechos. Sigue esta doctrina Sebastiano (Serlio), como tan apoyador de las obras de Vitruvio, donde enseña la planta del templo de San Pedro, que guarda esta medida en el cuerpo y añade otro ancho de la Capilla  Mayor y otro al Presbiterio o Altar Mayor, cuyo inventor fue Bramante, famoso arquitecto”. 

“En el Templo de Jerusalén, traza que fue dada por el Espíritu Santo, lo que se llama Sancta Sanctorum o Casa de Dios fue edificado en forma de cruz y así lo demuestra el Padre  Esteban Martín (…) fue traza según las que ahora se hacen a lo moderno”. 

Tercia el fraile agustino en una defensa de la importancia de los templos españoles, cuando escribe: 

“… demás destos templos de una nave y de tres, hay otros de cinco naves, que son las iglesias catedrales, como la de Toledo, Sevilla y otras, que no menos son dignos de memoria nuestros templos, que los de los extranjeros (…) De aquí se podrá satisfacer a la duda de muchos que litigan sobre cuál de estos templos es mayor, atribuyendo la mayoría al de Sevilla y la causa de hacerlo parecer mayor, es por serlo en su alteza mucho más que el de Toledo. Y cuando se te ofreciera el trazar algún templo semejante, sería de parecer guardases las medidas de la de Toledo en su planta, que por ser tan perfecta la llaman perla y caja della a la de Sevilla (…)”. 

“todas las naciones han escrito de la arquitectura mucho, y bueno, o ya por su agudeza, o ya por la facilidad del coste. Los españoles, a todos es notorio lo pronto, y agudeza de sus ingenios, y más de la arquitectura, como penden de estampa, y ni en España hay quien las abra, no porque no lo sepan, sino por la costa de las planchas, y el valor de abrirlo, había de ser de mucha costa, y ésta ataja a los que viven con ansia de escribir; y así dexan manuscritos muchos papeles…”[1]

Bibliografía principal 

– Fernández Arenas, José (coord.). Renacimiento y barroco en España. Editorial Gustavo Gili. Barcelona, 1982.

– Hauser, Arnold. El manierismo. La crisis del Renacimiento y los orígenes del Arte moderno. Ed. Guadarrama. Madrid, 1965.

– Patetta, Luciano.  Historia de la Arquitectura. Antología crítica. Editorial Hermann Blume. Madrid, 1984.

– Sebastián López, Santiago. Contrarreforma y barroco. Alianza Forma. Madrid, 1989.

Imagen: Biblioteca Histórica. Universidad Complutense de Madrid


[1] Renacimiento y barroco en España. Fuentes y documentos para la Historia del Arte. Siglo XVII. José Fernández Arenas (coord.). Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 1982. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela.

Guarino Guarini (1624-1683) destacó por sus proyectos complejos e imaginativos. Su célebre Tratado de Arquitectura Civil se articula en cinco tratados, subdivididos a su vez en capítulos y éstos en observaciones: partición analítica que presupone una lúcida exposición de la materia, desarrollada con el rigor de una demostración matemática, sin divagaciones o disgresiones prolijas.

El discurso de Guarini conecta por un lado a Vitruvio, a los antiguos y a los grandes tratadistas; y por otro a las ciencias matemáticas y a los presupuestos racionalistas del pensamiento filosófico, que, en concomitancia con la investigación del dato experimental, infunden una carga innovadora.

“La belleza de los edificios consiste en una adecuación proporcionada de las partes, para obtener las cuales los Antiguos, con Vitruvio, dieron ciertas y determinadas reglas, de las que algunas son ‘asertorios’ tan tenaces que nec latum unguem se apartaría uno de ellas, pero yo, juzgando directamente y por lo que ocurre en todas las demás profesiones, estimo que se puede corregir alguna regla antigua y añadir alguna otra; y lo demuestra primordialmente la propia experiencia, porque las Antigüedades Romanas no están del todo de acuerdo con las reglas de Vitruvio, ni con las proporciones de Baroccio o de los demás modernos, que siguen en toda su simetría los documentos antiguos; pero como puede verse en nuestros tiempos se han retomado muchas proporciones nuevas y muchas maneras nuevas de construir que no usaron los Antiguos (…), pues sin cambian los usos de los hombres, consecuentemente, es menester decir que la Arquitectura, ordenada para su utilidad, se debe cambiar para acomodarse a la vivienda que surja de acuerdo con las nuevas costumbres… no hay que sorprenderse de que un arte se cambie en alguna parte[1].

Guarino Guarini. Palacio Carignano, Turín (1679)

Como vemos, Guarini profundiza la perspectiva histórica alejando en una ascendencia remota a Vitruvio y los antiguos, colocando más adelante en el tiempo a Vignola y “los otros modernos” de la tratadística del siglo XVI y, finalmente, “nuestros tiempos”, es decir, estratos cronológicos que el redescubrimiento del mundo medieval dejará aún más marcadas y susceptibles de superación.

Esta posición dialéctica se concreta cuando Guarino Guarini dice que “la arquitectura puede corregir las normas antiguas e inventar unas nuevas”. La praxis constructiva participa de la evolución general de las costumbres: “variando las costumbres de los hombres, es menester decir, consecuentemente, que la arquitectura ordenada para su utilidad debe cambiarse”. Consideraciones semejantes sirven también para las proporciones y la simetría, inflexiones esenciales de los períodos clásicos, de los cuales se puede alejar teniendo en cuenta la ilusión óptica.

Guarini no tiene inconveniente en contradecir a Palladio, y con él a Vignola, cuando se refiere a Vitruvio y a Serlio acerca de una puntualización naturalista en las cornisas corintias; contra Palladio, además, asume la defensa de los frontones partidos a los que evidentemente, como motivo semántico del propio lenguaje, no puede renunciar ni siquiera en la teoría.

En su Tratado, Guarini no plantea el problema de la ciudad lineal, como habían hecho los teóricos del Renacimiento, ni mucho menos el de la relación entre edificios de diversa naturaleza o época, ni de la forma de insertar un edificio en un contexto anterior, sino es como adaptación o recuperación de partes ya existentes, lo que Serlio denominaba “restaurar casas viejas”.

Guarini no ignora la realidad urbanística, “sino que –entiende Nino Carboneri- toma primordialmente el lado exterior, la ‘pompa’; no toma en consideración la plasmación de mallas urbanas intrínsecamente válidas ni las vibraciones de una retícula viaria. Ve el ambiente urbano en negativo, como elemento neutro, en el que no pretende integrarse, pero que, no obstante, le es necesario para alcanzar completamente el ideal arquitectónico que busca. (…) El perfil de sus edificios es inconcebible fuera de un contexto operativo de casas y plazas, también porque la ordinaria multiplicidad de los salientes exige una visión de cerca”[2].

En el último tercio del siglo XVIII, Francesco Milizia no escatima esfuerzos en sus críticas a Guarino Guarini, entre otros autores por él censurados, del que escribe:

“Guarini… cayó en todos los abusos y en los defectos más absurdos. Ventanas de media luna, y de formas extravagantes, columnas retorcidas, pilastras acanaladas y lisas, y todo género de desvaríos. A quien le guste la Arquitectura de Guarini, que le aproveche…[3]. 


[1] Guarini, Guarino. Del Tratado de Arquitectura civil. En Historia… Op. cit. 

[2] Carboneri, Nino. Guarino Guarini y su tratado. En Historia… Op. cit. 

[3] Milizia, Francesco. Críticas a Pietro da Cortona,  a Carlo Rainaldi y a Guarino Guarini (1778-87). En Historia… Op. cit. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Si la arquitectura de Bernini tiende a una exaltación y celebración de los sentidos humanos, en la subraya la delicadeza y se propone casi reducirla a una forma de aquellos, fácilmente perceptible, incluso el más profundo impulso religioso e intelectual, la arquitectura de Borromini tiende a impresionar por medio de la interpretación simbólica y la tensión del método compositivo, la región del pensamiento, estimulando en el observador una presencia crítica.

La arquitectura de Borromini (1599-1667) nace de una antítesis entre revolución y tradición, entre regla y libertad y se nutre de contradicciones. El autor proyecta en la búsqueda de un método de construcción y de control de la forma arquitectónica, una extraordinaria carga ética.

En opinión de Portoghesi, “su arquitectura es la profecía de una cultura dominada por la razón y por sus normas, pero capaz de mostrarse libre en todos sus actos, de recrear continuamente con espíritu crítico las convenciones en las que se apoya. Frente a la burocratización del lenguaje tradicional, reacciona proponiendo una revisión crítica sin perjuicios que llegue a cuestionar los mismos principios en los que se basa la síntesis figurativa renacentista, la perspectiva y el espacio abstracto por medio de los esquemas de la geometría elemental”[1].

Francesco Borromini (1599-1667)

Borromini mantiene una actitud condicionada a las reglas clásicas, y con frecuencia roza la irrelevancia y la contradicción.

“… rogaría que se me recuerde, cuando alguna vez parezca que me aparto de los diseños corrientes, aquello que decía Miguel Ángel, Príncipe de los Arquitectos, que el que sigue a otros nunca avanza; y en verdad yo no me he dedicado a esta profesión para ser un simple copista, aunque sé que al crear cosas nuevas no se puede  recibir el fruto del esfuerzo sino muy tarde, igual que no lo recibió el propio Miguel Ángel cuando al reformar la arquitectura de la gran basílica de San Pedro era atacado por sus nuevas formas y ornamentos, muy censurados por sus rivales, hasta el punto de que procuraron muchas veces hacerle retirar el encargo de arquitecto de San Pedro, pero fue en vano, y el tiempo ha aclarado después que todas sus cosas son dignas de imitación y de admiración”[2].

Borromini acepta la gramática clásica como base y temática porque piensa que las viejas reglas pueden transfigurarse y extenderse, que una nueva metodología puede liberar, aligerar, estructurar dinámicamente el viejo discurso.

En las obras de Borromini el arquitrabe y el friso suelen abolirse para acentuar la verticalidad de los apoyos. Nace la alteración de la terminación horizontal del ritmo, la creación de alternancias de niveles horizontales, enlaces de grecas que recorren las paredes, basas y capiteles se complican en contornos limpios y continuos. Los salientes de las cornisas de extienden en profundos saltos o se reducen a unos cuantos centímetros o se contraen inesperadamente… Es decir, el orden se define en sus formas en virtud de un valor de posición respecto al organismo, con una riqueza de variaciones que no tendrá parangón en toda la arquitectura europea.

El aspecto central del pensamiento arquitectónico de Borromini es, sin embargo, el valor que atribuye al espacio, que ya no se entiende como combinación de cavidades derivadas de las formas geométricas elementales, sino como un desarrollo más profundo de aquel espacio de luz que Miguel Ángel ya había realizado en la Capilla Médici, donde la incidencia de los rayos luminosos altera de modo ilusorio la situación de los planos apriétales determinando una movilidad y una tensión que rompen la armonía y la definición de imagen de la tradición clásica.

La obra de Borromini, como la de otros contemporáneos, tuvo sus seguidores y sus detractores. Entre los primeros citaremos los testimonios de dos de ellos, Andrea Pozzo y G. B. Passeri: 

Escribe Andrea Pozzo en 1693:

“… debo hacer aquí una apología mía y de los arquitectos modernos, que, por algunas variaciones de la arquitectura, se tienen poco en cuenta, por no seguir totalmente el mundo antiguo… son para los más mezquinos el objeto más común de las sátiras y los dichos populares… pero en esto corren la misma suerte que han tenido todos los hombres ilustres… Podría dar muchos ejemplos, pero es suficiente con el del gran arquitecto Borromini, … cuyas obras fueron repetidas y envidiadas por su imaginación y su variedad; aún hoy son admiradas. Nos sentimos animados, por tanto, pues con el andar del tiempo no sólo se descubrirá la malevolencia de sus rivales, sino también su valor”[3].

Borromini. Fachada de San Carlo alle Quattro Fontane

Entre los autores que expresan un primer testimonio de aprecio por Borromini, figura Paressi:

“… el gran pensador Borromini, aunque careciera bastante de otros oficios de la arquitectura, dejó, sin embargo, en la distribución de las partes y en su relación con el todo grandes ejemplos a imitar (…) Nosotros… lo exaltamos por muchas otras dotes que tenía y que hacían excusables estas licencias suyas, pero confesamos no tener la capacidad que él tenía para embellecer tales irregularidades (…).

En el último tercio del siglo XVIII, la trayectoria de Borromini, Bernini y Pietro da Cortona, entre otros, era motivo de duras críticas en autores como Francesco Milizia (1778):

“Borromini en Arquitectura, Bernini en Escultura, Pietro da Cortona en Pintura y el caballero Marini en poesía son la peste del gusto. Peste que se ha contagiado a gran número de artistas. (…) Es bueno ver sus obras y condenarlas. Sirven para saber lo que no se debe hacer. Son consideradas como los delincuentes que sufren las penas de su iniquidad por orden las personas razonables”.

“Borromini llevó la extravagancia al más alto grado del delirio. Deformó todas las formas, mutiló frontones, dio la vuelta a las volutas, cortó ángulos, onduló molduras y cornisas y multiplicó cartuchos, caracolas, ménsulas, zigzags y mezquindades de toda suerte. La arquitectura de Borromini es una arquitectura al revés. No es una arquitectura, es un escaparate de ebanista fantástico”.

“Borromini ha sido uno de los primeros  hombres de su siglo por la magnitud de su ingenio y uno de los últimos por el uso ridículo que de él ha hecho. En arquitectura ha sido como Séneca en el estilo literario y como Marini en poesía. Al principio cuando copiaba lo había bien, pero después se puso a hacer las cosas por sí mismo, movido por un desenfrenado amor por la gloria, y para sobrepasar a Bernini cayó, por así decir, en la herejía. Prefirió ser excelente gracias a la novedad. No comprendió la esencia de la arquitectura”[4].

Tampoco puede obviarse el texto de Antonio Visentini, titulado “Observaciones sobre los ‘errores’ barrocos” (1771), en el que, entre otros, hace el siguiente comentario:

“No alcanzo a comprender cómo pueden pensar tan mal los que quieren ser llamados arquitectos. Yo los denominaría arquitectos de la confusión y no de la razón justa… ¡Pobre Arquitectura, reducida a tan mal estado! En el actual estado de cosas todo está al revés, pues lo que se va a ejecutar resulta más bien trabajo de estucadores que de arquitectos. (…) Lo que se ha practicado y lo que aún se práctica en la arquitectura, el abuso vicioso, nos lo muestra la experiencia. Se observa ciertos arquitectos que se enorgullecen de declararse apóstatas de la arquitectura a imitación de Miguel Ángel, Bernini, Borromini y también del padre Pozzi, todos ellos arquitectos viciosos y contrarios a la manera recta y verdadera que han defendido los eruditos y los maestros prácticos de la óptima antigüedad y que nos enseña claramente la propia naturaleza”.[5]


[1] Portoghesi, Paolo. Bernini y Borromini. En Historia… Op. cit.

[2] Borromini, Francesco. Opus Architectonicum (1725). En Historia…  Op. cit.

[3] De Perspectiva Pictorum et Architectorum. Trento, 1693. Acotación al “Altare capriccioso”. Citado por Eugenio Battisti. En Historia… Op. cit.

[4] Milizia, Francesco. Los abusos de Borromini (1778). En Historia… Op. cit.

[5] Visentini, Antonio. Observaciones sobre los “errores” barrocos. En Historia… Op. cit.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Bernini inauguró la nueva especialidad de la urbanística del Barroco. La columnata de la Plaza de San Pedro no sólo está pensada como pórtico de la basílica del Vaticano, sino como expansión de la iglesia en la ciudad. Posee una iconografía a camino entre el círculo y la elipse –más bien tiene una forma oval determinada por la unión de dos semicírculos separados-, pudiéndose apreciar, siendo su autor consciente o no, una especie de compromiso entre las dos teorías cosmológicas más importantes.

La obra tiene tal importancia que merece abordarla con cierto detenimiento, como sugiere Marcello Fagiolo, para quien la columnata es una transfiguración del cuádruple pórtico de la basílica de Constantino. A los lados del obelisco las fuentes duplican el tema del “cántaro” paleocristiano –el símbolo místico del vaso en el que beben las almas como palomas- y, además, la columnata conserva su función litúrgica original de lugar destinado a los no bautizados, por lo que el abrazo no se extiende sólo a los fieles, sino a todos los ciudadanos del mundo. Representa una comunión casi mística entre la iglesia triunfante, simbolizada por la larga colección de santos de la coronación, y la iglesia militante, es decir, la multitud de fieles orando en la plaza.

La columnata de Bernini es una obra de una trascendencia impresionante

La columnata  -que es una vía cubierta para proteger a los fieles de la intemperie- es un monumental “baldaquino”, no sólo reservado para el pontífice en procesión, sino, con un sentido más religioso, para el pueblo entero. Una especie de “baldaquino” profano para todos los perseguidos, que está próximo al “baldaquino” sagrado levantado por el mismo Bernini en bronce para coronar la tumba del santo patrón de Roma. Aunque no se sabe ciertamente si el orden del baldaquino es exactamente igual de alto que el orden de la columnata, pues ambos tienen como media proporcional la cúpula de Miguel Ángel.

El mismo Gian Lorenzo Bernini dejó escrito en una memoria propia que,

“siendo la iglesia de San Pedro casi la matriz de todas las demás debería tener un pórtico que precisamente pareciera recibir con los brazos maternalmente abiertos a todos los católicos para confirmarlos en sus creencias, a los herejes para reconciliarlos con la iglesia y a los infieles para iluminarlos en la verdadera fe”[1].

De modo, pues, que por un lado está el abrazo simbólico de la basílica, como una ampliación del espacio sacro hacia la plaza, en una bendición “urbi et orbe” a la que llegan los fieles atravesando Roma, y de otro, la plaza se convierte en el corazón generoso que con un ritmo eterno llama a visitar la tumba de San Pedro a la multitud de peregrinos tanto en las ocasiones ordinarias como en las extraordinarias (los jubileos).

Las estatuas que coronan la Columnata tienen, asimismo, una gran importancia. Están dispuestas sobre cada una de las columnas, de 20 metros de altura. El propio Bernini realizó los dibujos y los modelos. Se trata, por tanto, de una enorme cadena de estatuas conmemorativas, a modo de traducción de un elemento pagano, en el que todos y cada uno de los elementos de la civilización antigua se adaptan al cristianismo, expresión de civilización perenne y se ambienta magistralmente en la Roma de los Papas.

Gian Lorenzo Bernini. Autorretrato. Gallería Borghese. Roma

Bernini había llegado a la arquitectura a través de su experiencia como escultor, de la que había obtenido una refinadísima experiencia visual que le permitía controlar con exactitud milimétrica los pesos plásticos de los miembros y de las decoraciones, así como los cromáticos y los valores de la luz.

Su experiencia como director de teatro eficaz y virtuoso le había permitido trasladar a la arquitectura un uso revolucionario de los medios tradicionales. En efecto, la luz, el agua y la policromía forman parte de su arquitectura, como una esencia dinámica que vitaliza desde dentro los esquemas tradicionales. Escultura y arquitectura se funden en un ambiente alegórico para que el espectador capte el sentido de un contacto directo con lo sobrenatural, evocado en formas tangibles, presentes en el mismo espacio de la experiencia cotidiana.

La arquitectura de Bernini, en su concepción de mundanalidad y de aspiraciones religiosas, interpreta muchas de las aspiraciones de la sociedad romana de la época, pero a ellas se une la personal intuición del autor de una nueva relación con la naturaleza en la que el hombre mismo, perdido el prestigio moral e intelectual de la visión renacentista, reaparece como elemento más amplio de fuerzas infinitas.

Filippo Baldinucci (1625-1697) escribió un juicio de Bernini sobre Borromini, en el que dice:

“No sé quién le dijo una vez (a Bernini) que uno de sus discípulos (Borromini) era un magnífico arquitecto. “Vos decís bien” respondió, “porque es un gran fanfarrón”. De este arquitecto, hablando Bernini con un gran prelado que decía no poder soportar que por una excesiva voluntad de salirse de las reglas, con lo buen dibujante y modelista que era, se hubiera alejado tanto en sus obras que parecía que algunas tendieran al estilo gótico, en vez del buen estilo moderno y antiguo (Bernini) dijo: “Señor, tiene usted razón y yo creo que es mejor ser un mal católico que un buen hereje” [2]


[1] Cita de Portoghesi en su trabajo comentado.

[2] De la Vita di Gian Lorenzo Bernini (1681-1728), reeditada en Milán en 1948. En Historia… Op. cit. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Hasta finales del siglo XIX, en que algunos autores –como el alemán Heinrich Wölfflin- emprendieron la revisión del Barroco, dicho movimiento se localizaba, en cuanto a su límite geográfico y cronológico, en Italia y su área de influencia en Occidente y entre la mitad del siglo XVI y el fin del Rococó.

En cuando al límite de su aplicación artística sólo tenía valor para la arquitectura y las artes figurativas. En lo que al juicio estético se refiere, aunque se tendía tímidamente hacia una demostración de distensión histórica, el Barroco todavía se presentaba como categoría de un mero juicio de gusto, aún negativo, un rechazo estético y moral más o menos decidido y desdeñado.

Entre sus causas, el Barroco se considera una corrupción, una disolución de la arquitectura posterior a Miguel Ángel, debido también a las particulares condiciones del siglo XVI, a las de Italia y el mundo occidental después de la Contrarreforma, a las luchas de religión, al españolismo.

Fachada de Il Gesù, considerada la primera iglesia con elementos del Barroco

Algo se había avanzado hasta entonces, pero, ciertamente, correspondió a Wölffin el protagonismo de revisar este proceso histórico que, en la superficie, parecía una materia casi juzgada para siempre, pero en el fondo, en cambio, todavía había mucho que decir. Para acometer dicho proyecto, Wolfflin vivió el sentimiento y la espiritualidad del fin del siglo XIX, mostrando una especial disposición y simpatía hacia el Barroco.

“A este ambiente -escribe Luciano Anceschi-, él lleva su personal y compleja formación estética de hombre que ha alcanzado el justo punto de fusión entre la lección del saber antiguo y nuevo de Burckhardt y de Nietzsche, y de la experiencia del ‘arte nuevo’ por un lado, y por otro, la de los teóricos de la pura visualidad, de Hildebrandt y de Fiedler…”[1].

En su estudio sobre Renacimiento y Barroco, Wolfflin advierte que no le interesa la vida de todo el Barroco, sino sólo la del momento más característico y más crítico: el Barroco romano moderno y, al mismo tiempo, recuerda que existe un Barroco romano antiguo con análogos signos de alteración del gusto clásico. También anuncia la identificación de varios barrocos históricos, bien definidos en el tiempo, como aspecto y momentos de un barroco ideal, que se presenta como una categoría superior, de la que debe servirse para sacar a la luz algunas razones fundamentales de la historia de la cultura artística que hasta entonces permanecían ocultas.

Wolfflin define el desarrollo histórico e ideal del clásico al barroco como una evolución de lo “lineal a lo pictórico, de la visión de superficie a la visión de profundidad, de la forma cerrada a la forma abierta, de la multiplicidad a la unidad, de la claridad absoluta de los objetos a la claridad relativa”[2].

Veamos, a continuación, un párrafo en el que el citado autor desvela su interpretación acerca de la arquitectura barroca, refiriéndose a los interiores de las iglesias:

“… no fue el barroco el primero que descubrió el encanto de la perspectiva de profundidad (…)… cuando un pintor barroco toma en su perspectiva longitudinal una de estas iglesias, no le resulta un motivo satisfactorio aquel movimiento de profundidad por sí mismo: busca en seguida, con los efectos de la luz, relaciones de proximidad y lejanía más elocuentes, dispone cesuras a lo largo del trayecto y, en resumen, la realidad espacial  es acentuada artificialmente con objeto de intensificar los efectos de profundidad. Y esto es lo que ocurre precisamente en la nueva arquitectura. No es casualidad el que no haya aparecido antes el tipo italiano de iglesias barrocas con ese efecto, completamente nuevo, de las grandes iluminaciones copulares en último término. No es casualidad que la arquitectura no haya dado antes con el motivo de los bastidores salientes, y que se adopten ahora por primera vez las interpunciones en el eje de la profundidad, las cuales no descomponen la nave en secciones aisladas, sino que unifican  y hacen perentorio el movimiento hacia el interior (…)[3].

Después de la publicación de Wölfflin, otros autores, como Riegl, consideraron serenamente el Barroco, no como una decadencia, sino como un período diferente de los precedentes, en cuanto que provocó la creación, entre incertidumbres y contrastes, de un arte nuevo. Todo el interés se centra en el cambio de las formas, en las razones íntimas que han exigido estos cambios. Al mismo tiempo se aclararon cuestiones de estilo importantes sobre el denominado Barroco histórico (el Barroco moderno), tales como “pintoresco” y “grandioso”, “macizo” y “voluminoso”, el “movimiento”…, “formas todas ellas que implican, a su vez, un vasto orden de problemas en su estructura interna y en sus reflejos históricos”.

Plaza de San Pedro de Roma, ejemplo de plaza barroca

Por su parte, Eugenio D’ Ors establece un antes y un después en las tendencias que definen el Barroco y señala que “el calificativo no ha venido siendo aplicado sino a cierta perversión del gusto, perversión cronológicamente y perfectamente localizada”.

Sin embargo, en el plazo de dos décadas, el barroco había pasado de ser “un estilo patológico, de una ola de monstruosidad y de mal gusto, de una especie de descomposición del estilo clásico del renacimiento”, a “una constante histórica que se vuelve a encontrar en épocas tan recíprocamente lejanas como el Alejandrinismo lo está de la Contrarreforma o ésta del período del fin del siglo XIX”[4].

El fenómeno ya no interesa sólo al arte, “sino a la civilización entera y hasta, por extensión, a la morfología natural”. Tiene un carácter normal y “lejos de proceder del estilo clásico, el Barroco se opone a él de una manera más fundamental todavía que el romanticismo; el cual, por su parte, no parece ya más que un episodio en el desenvolvimiento histórico de la constante barroca”[5].

D’Ors alude a que si todo clasicismo intelectualista, es, por definición, normativo y autoritario, “recíprocamente, porque todo barroquismo es vitalista, será libertino y traducirá un abandono, una veneración ante la fuerza”. Alude al sentido cósmico del barroquismo, al dinamismo como elemento característico de toda obra barroca, ya sea artística o intelectual; al grito desesperado de “¡Viva el movimiento y perezca la razón!”, o dicho de otro modo, “¡Viva la vida y perezca la Eternidad!”. Y evocando a Fausto, dice que el Barroco lo imita: “Vende al diablo su alma. Y la rúbrica de sangre con que el pacto es firmado implica ya, en su caligrafía, el símbolo del movimiento: es una rúbrica en estilo Barroco…”[6].

Durante más de un siglo, “momento tan rico de fermentos vitales” –escribe Paolo Portoghesi-, la cultura artística del Barroco centró su atención en temas como el infinito, la relatividad de las percepciones, la popularidad y la fuerza comunicativa del arte, el sentido de la historia como continuo devenir, el papel de la técnica como factor de autonomía y la naturaleza interpretada como vicisitud dinámica. Muchos de estos temas son herencia del renacimiento y del manierismo, pero su capacidad de transferirse a la imagen y determinar la estructura es nueva.

Portoghesi presta atención a otros aspectos dignos de interés, como el ilusionismo óptico, la forma-luz y la forma-color –“para Bernini el rayo de luz oculto sirve para forzar el valor de la imagen con la ilusión de una luz propia”- y centra especial interés en lo que él denomina la fruición del Barroco:

“El lenguaje del barroco romano propugna una arquitectura eminentemente ciudadana que aprovecha cualquier recurso para encontrar una resonancia profunda no sólo en las personas entendidas y refinadas, sino también en el hombre de la calle…” 

“… la arquitectura barroca, pobre en espacios interiores diferenciados que no sean los de los palacios o las iglesias, apunta sobre todo a los valores colectivos, al enriquecimiento del escenario urbano y al diálogo de las unidades edilicias. El proceso de transformación y puesta al día de las células medievales de los antiguos arrabales y la recalificación del raro tejido renacentista en los barrios altos, tiene como denominador común un sutil acuerdo proporcional y de vibraciones de claroscuro por el que el lenguaje barroco proporciona módulos abiertos y flexibles. Las experiencias de las obras mayores, de los nudos urbanísticos cualificados, como las nuevas fachadas de las iglesias, se transfieren en términos más modestos en los refinados logros urbanísticos de los constructores anónimos de casas”[7].

Foto: Chirho y Nickel Cromo


[1] Introducción a la versión italiana de E. D’ Ors, Lo barroco, 1945. En Historia de la Arquitectura. Antología crítica. Ed. Hermann Blume. Madrid, 1985.

[2] Wölfflin, Heinrich. Conceptos fundamentales de la Historia del Arte. Ed. Espasa-Calpe. Madrid, 1961. En Historia… Op. cit.

[3] Op. cit.

[4] D’Ors, Eugenio. Op. cit.

[5] Op. cit. [6] Op. cit.

[7] Portoghesi, Paolo. Roma Barocca. Nasita di un nuovo linguaggio. Bari, 1973. En Historia… Op. cit.