Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

En Francia, el debate en torno a la colonización se distingue por la tentativa de sistematizar sus distintos aspectos, con la búsqueda de una base teórica para el fenómeno, si bien las diversas posiciones asumidas por los interlocutores aparecen influenciadas –más que en Inglaterra– por los conflictos políticos que agitan entonces al país. En el momento de la conquista de Argelia se planteó la conveniencia de contar con un programa de colonización racional. A raíz del protectorado de Tunicia, en 1881 y los sucesivos de Annam, en 1883 y Camboya, en 1884 y el establecimiento de nuevas bases en el África Occidental, la iniciativa nacional tuvo que ser definida con más precisión y convenientemente potenciada.

El más decidido defensor del colonialismo de tipo económico, basado en un amplio empleo de capitales, fue el diputado Jules Ferry, proveniente de la región de los Vosgos, una región de alto desarrollo industrial. En sus discursos ante la Cámara, a finales de los años ochenta del siglo XIX, Ferry exponía las ventajas que derivan de un imperio colonial, basándolas en las “salidas” que éste proporciona al capital, con índices de beneficios muy superiores a los que son posibles en la metrópoli, que se encontraba en progresiva erosión por efecto de la creciente organización política y sindical de los trabajadores, considerando, además, que los grandes progresos experimentados por la navegación a vapor permitieron conseguir una fuerte reducción de los costes de transporte.

Representación pictórica de la toma de Sfax en 1881

En 1892, Eugène Etienne, delegado por los residentes franceses en Orán, lideró en la Cámara a un “grupo colonial” –que después se llamaría Partido Colonial– que reunió a todos los diputados que se mostraron a favor de una vigorosa expansión de la política de conquista de nuevos territorios. En los últimos años del siglo XIX, el enfoque de los fines de la colonización fue motivo de numerosos estudios por parte de economistas y de políticos militantes. Además de una praxis concreta, se buscó también una justificación ético-racional para todos los aspectos relacionados con el problema.

Justificando el rechazo de la uniformidad legislativa francesa con la necesidad de aplicar criterios más flexibles y adecuados a las circunstancias impuestas por las peculiaridades culturales de los pueblos sometidos, se desarrollaron los principios de la escuela anti-asimilacionista que tuvo como exponente más autorizado a Jules Harmand, un médico y diplomático residente durante muchos años en Indochina, autor de la obra titulada Domination et colonisation, escrita en 1910.

Para Harmand, la asimilación no era otra cosa que una mera supervivencia de la ideología de la revolución del 89, de modo que convenía, por el contrario, dejar a los gobernadores locales un amplio margen de poder decisorio, excluyendo toda posible extensión de la representación parlamentaria o electiva a los indígenas, proceder en las relaciones con los pueblos sometidos a través de organismos consultivos de notables y, de hecho, asegurar a Francia el máximo posible dominio político y de explotación económica.

No se podía subestimar la importancia que tiene este bagaje ideológico en el momento de influir sobre las actividades administrativas y la política urbanística adoptada por los gobiernos coloniales, tanto en los territorios considerados como una extensión departamental de la nación francesa, caso de Argelia, como en los protectorados (Túnez y Marruecos) y en las colonias (África Occidental, etc.), donde la separación entre las dos culturas y la dominación se produce en el marco de una “política de asociación” y de asimilación selectiva.

Partiendo de una base constituida en la primera mitad del siglo XIX (Argelia, 1830), el Imperio francés se fue ampliando, entre 1880 y 1910, con los protectorados de Tunicia (1881) y Marruecos (1911) y con la expansión en el África Occidental francesa (1893-1903) y en el Océano Indico (Madagascar, 1896). En el Mar de la China, Francia se aseguró en los años ochenta del siglo XIX una parte de la península indochina. Después de la Primera Guerra Mundial, los franceses sustituyeron a los alemanes en Camerún y Togo, que pasaron a integrarse en el África Ecuatorial francesa y asumió el mandato colonial sobre Siria.

Mapa de la Argelia francesa (1877), por Alexandre Vuillemin (1812-1880)

El proyecto francés para los territorios de ultramar respondía a la idea de formar un bloque compacto colonial africano, desde las colonias mediterráneas hasta el Atlántico. A ese objetivo se refiere la política de las infraestructuras viarias y ferroviarias, con el establecimiento de la espina dorsal en sentido E-W en el África del Norte, a la que se enlazan los ramales y derivaciones intersaharianos hacia el interior, teniendo a unirse a las líneas de comunicación que se irradian hacia el E desde Dakar, para entrelazar entre sí los territorios del Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Mauritania, Sudán, Alto Volta y Níger.

Tras las primeras conquistas de 1830, Francia logró el control casi completo de Argelia en torno a 1847 –a excepción de la Kabilia, que sería sometida en los años sesenta–, pagando un alto precio en las largas luchas contra el emir Abd el-Kader. La que luego sería ciudad capital de la colonia y del país, Alger, fue conquistada por los franceses el 14 de junio de 1830 y habría de mantenerse como colonia durante más de 132 años, hasta su independencia en 1962.

Los nuevos territorios pasaron a formar parte de la nación francesa, quedando divididos en tres departamentos: Argel, Orán y Constantina. Con su obra de fomento en Argelia, Francia, sobre todo en tiempos de la III República, mantuvo una política de colonización agrícola, que obtuvo buenos resultados en el área de Mitidja (departamento de Argel), en la llanura del Chélif (departamento de Orán) y en la región de Constantina. Las actividades industriales se consolidaron, sobre todo, en el área de Bona.

Jefes y oficiales de los Bureaux Arabes

La creación de los denominados Bureaux Arabes tenía el objeto de reunir y fijar las poblaciones nómadas, rebeldes al trabajo organizado, en asentamientos estables, capaces no sólo de garantizar una mayor seguridad al ejército de ocupación, sino también, y sobre todo con vistas al futuro, favorecer la completa sumisión política y cultural y de habituar a la población a las nuevas relaciones de producción impuestas.

Los poblados creados por los franceses, las smalas, eran poco más que grupos nómadas establecidos en campamentos, llamados a convertirse en el tiempo en conjuntos edificados de mampostería. En la campiña que rodea la smala cada grupo familiar recibía una amplia parcela de terrenos cultivables, que debían estar dotadas de una escuela y las necesarias instalaciones agrícolas. Los poblados, trazados en cuadrícula conforme a los hábitos militares, reflejan el establecimiento de una jerarquía que tendía a crear la sumisión de las tribus al caíd, responsable del orden, y a través de éste a las autoridades militares francesas.

El acantonamiento de los nativos en las smalas bajo el control militar no era más que el primer paso para la introducción del régimen librecambista de la colonización civil. Los colonos, que afluían paulatinamente desde el viejo continente, aspiraban a privatizar las tierras sin restricción alguna y sin tener en cuenta a los indígenas, lo que en la práctica comenzó a suceder a partir de 1860. Al mismo tiempo, el Gobierno francés llevó adelante las obras necesarias para el desarrollo de la gestión centralizada del territorio. La construcción de puentes y carreteras se le encomendó al comandante Bugeaud, que ya había intervenido en París en la represión de los movimientos sediciosos de 1834.

Acceso al cuartel de la Legión extranjera en Sidi-Bel-Abbés

La organización militar estaba basada en la presencia francesa en una red de puntos clave fortificados, cuidadosamente estudiados por los ingenieros militares, aunque preparados también para acoger a un posible asentamiento civil. Así nacieron los puestos militares de Philippeville (1838), Orléansville (1843), Sidi Bel Abbès (1843, ciudad fortaleza dotada de amplias zonas residenciales, de planta en cuadrícula), Biskra (en la que el fuerte francés está construido sobre una pequeña kasbah musulmana y la ciudad nueva cuenta con un trazado regular en cuadrícula), Boufarik (campo militar adyacente a la cuadrícula) y Sétif. A las formaciones urbanas árabes preexistentes en Bou Saada, Mostaganem, Mascara y Constantina, se añadieron nuevos núcleos europeos. Algunos centros europeos se desarrollaron rápidamente, caso de Bona y Orán. Sin embargo, las mayores intervenciones directas se produjeron en Argel, la ciudad más importante del África mediterránea francesa.

En sus inicios, la administración de Argel estuvo condicionada por necesidades de orden estrictamente militar[1] y tal condición hizo fracasar los planes de expansión más allá de la ciudad árabe. La continua afluencia de franceses originó la formación del núcleo inicial de un barrio europeo, en el que se establecieron las funciones administrativas. En 1846, un primer plan de alineaciones aseguró el enlace de los nuevos barrios con el puerto, mientras el desarrollo de las zonas suburbanas se dejó en manos de la actividad privada.

La ciudad consiguió recuperarse durante el Segundo Imperio. Para ello se reforzaron las estructuras portuarias, se construyó el ferrocarril y se volvió a iniciar la expansión hacia el S de acuerdo con una serie de programas sucesivos. En torno a 1860 surgió la ciudad burguesa-europea, con la construcción de una serie de elementos principales de carácter monumental, como la catedral de St. Philippe (1845/60), el Teatro de la Opera (1853), reconstruido en 1883.

En 1860, con ocasión de la visita de Napoleón III, se dio una ordenación acabada a la promenade marítima, fase en la que la ciudad añadió a sus funciones militares y de mando de la colonia, las propias de su condición de nudo comercial para el intercambio de productos con Francia. Mientras tanto, con el aumento a fines de siglo del número de los residentes franceses[2] se potenció considerablemente la inversión inmobiliaria. Entonces la ciudad rompió sus límites militares y se extendió por todo el arco sur de la costa.

Plan Obus de Le Corbusier para Argel (1933). No se llegó a poner en marcha

Entre las propuestas formuladas en los años treinta, han de citarse también las geniales elaboraciones de Le Corbusier (asentamiento de Oued-Ouchaia, 1933/34; el edificio de apartamentos de 1933, el rascacielos en el barrio de la Marina de 1938/42 y, sobre todo, el proyecto Obus, de 1930/34) que, en lo sustancial, confirmaron la toma de posesión y la dominación europea sobre la ciudad árabe. De este período es también la ordenación del boulevard Foch, obra de los urbanistas Guiauchain y Rotival, a los pies del edificio del gobierno general, construido en 1930, consecuencia de la configuración de un nuevo centro administrativo y financiero, al W del núcleo histórico.

En la ciudad de Bona, las primeras ordenaciones se remontan al período comprendido entre 1833 y 1840, con el trazado de las calles principales por parte de las autoridades militares para facilitar los enlaces entre la kasbah, los primeros asentamientos y el puerto. Con su enlace a la línea ferroviaria Argel-Túnez (1852), la ciudad experimentó un período de fuerte crecimiento económico (1880-1890), seguido de un segundo ciclo favorable, después de 1900[3], que se prolongó más allá de la Primera Guerra Mundial. Bona era la típica ciudad de control y de explotación de las actividades productivas del interior -minas de cobre, plomo y zinc, producción agrícola y ganadera- y se caracteriza por la activa presencia de numerosas empresas productivas[4].

La ocupación de Tunicia no tuvo el carácter militar característico de los primeros años de la dominación francesa en Argelia. Las circunstancias que llevaron a la inclusión del país en el ámbito colonial francés fueron diferentes. La originaria penetración económica, es decir, los empréstitos financieros concedidos a los soberanos locales, sirvieron de pretexto para ir adquiriendo un control que no tardó en convertirse en protectorado. La base económica fundamentada en la agricultura y el pastoreo siguió siendo, durante los años de la influencia francesa, la característica predominante del país, con la única excepción de la industria extractiva de fosfatos y una producción local de objetos de uso corriente.

Vista parcial de la Avenida Jules Ferry, en una imagen de 1954

Las formas de urbanización ponen de manifiesto el impacto prepotente de la civilización occidental. En Túnez y Bizerta se produjo la adicción directa, sin mediaciones, de las formas de la ciudad europea a la ciudad indígena. En el primer caso, en torno a la solución básica de un gran bulevar arbolado y en el segundo, con la formación de un quadrillage con la plaza central y arterias diagonales. En Susa, en cambio, las instalaciones portuarias y los nuevos asentamientos europeos dejaron intacta la kasbah, mientras que en Sfax se produjo una duplicación del asentamiento. Durante años permanecieron prácticamente intactas las ciudades situadas hacia el interior, entre ellas la histórica Kairouan.

En Túnez, el crecimiento que provocó la masiva presencia del elemento europeo se canalizó en un tejido regular ortogonal en contraste con el casco antiguo de la medina, a la que se adhirió sin mediaciones. Los ejes temáticos de la ciudad nueva, que guarda relación longitudinal con las estaciones ferroviarias, tienden de forma ortogonal a enlazar con el tejido antiguo, caso de la Avenue de France y la Avenue Jules Ferry, en dirección E-W, y la Avenue de Carthage y la Avenue de París, en dirección N-S. La medina se cualifica como centro residencial y comercial árabe, con predominio de los servicios y los empleos terciarios, a diferencia de las zonas residenciales externas, habitadas por el proletariado industrial de la inmigración.

Al igual que sucede en Argel, la intervención europea se aprecia mucho en la organización urbana. En 1885 la ciudad de Túnez contaba con una línea de tranvías con terminales suburbanas. En 1902 el tranvía eléctrico cubría una longitud total de 30 km. Unos anos antes a la Segunda Guerra Mundial se inició la formación de barrios residenciales en respuesta a la demanda creada por la rica burguesía europea y local.

Fotos procedentes de varias páginas de internet relacionadas con Argelia y Túnez.


[1] Un proyecto de 1840, llevado en parte a la práctica, daba un tratamiento a la ciudad considerándola una plaza fuerte.

[2] Se estima que en 1896 eran 123.000 personas.

[3] La cifra de población, que era de 18.000 habitantes en 1872, ascendía a 40.000 en 1900.

[4] Entre ellas figuraban la Union Agricole de l’Est, Tabacoop (monopolio del cultivo del tabaco en los distritos de Bona, Guelma y Philippeville), Tomacoop (conservas), Frigécoop (carnes congeladas) y Cotacoop (algodón).