Juan Carlos Díaz Lorenzo (*)

Los fracasos de las expediciones de las cruzadas hicieron que tomara cuerpo una nueva idea: la cruzada de las catedrales. La edificación de la Casa de Dios, imagen de la Jerusalén celeste, implicaba un acto de culto similar a la defensa de la Tierra Santa. El entusiasmo comenzó en el segundo tercio del siglo XII y alcanzó su máxima intensidad en el último tercio del siglo XII y principios del siglo XIII. A pesar de los esfuerzos realizados a su término y durante el siglo XIV, ninguna catedral francesa quedaría acabada por completo. 

La palabra catedral evoca, por lo general, la idea de una iglesia de gran tamaño. Sin embargo, muchas catedrales fueron proyectadas con modestia e, inversamente, iglesias parroquiales de regiones prósperas fueron erigidas en grandes proporciones. Las grandes catedrales francesas forman una especie de corona alrededor de Nôtre Dame de París, que arranca desde Reims al Este, hasta Le Mans al Oeste y de Laon y Amiens al Norte hasta Bourges al Sur. 

Si consideramos que pequeñas ciudades de diez mil habitantes poseían cerca de cincuenta iglesias, o que la superficie abarcada por una catedral permitía que toda la población acudiera en conjunto a la misma ceremonia, será fácil comprender su importancia como centro de gravitación en el desenvolvimiento de la ciudad, excediendo sin duda las necesidades específicas del culto. 

Jean Fouquet. Miniatura que describe la construcción del Templo de Jerusalén (c. 1470)

La Iglesia organizaba ceremonias de gran magnificencia, en el afán de que debía impresionar a los fieles. En las fiestas litúrgicas de importancia, las autoridades eclesiásticas concentraban sus esfuerzos en las ceremonias de la catedral. Los fieles, además, querían asistir al suceso que se producía en la catedral, que siempre superaba en despliegue de efectos a las pequeñas iglesias. 

Los feligreses de la Edad Media que asistían a los oficios religiosos en la catedral tenían la sensación de ver una obra en perpetua construcción. El desorden y el ruido eran elementos inseparables del recinto. En ella se podían encontrar señores, obispos, campesinos y burgueses orando por igual. Cobijadas en el espacio de la iglesia se reunían todas las clases sociales. Todavía no había llegado el tiempo de las capillas personales, que sería sinónimo de una rígida distinción social. 

Con su altura, sus inmensos interiores, sus pináculos, torres y agujas, sus innumerables imágenes y relatos en piedra, pintura y cristal, la catedral resume todos los conocimientos y experiencias acumulados por la Humanidad durante su breve paso sobre la tierra en formas artísticas y ciclos iconográficos de sorprendente totalidad, unidos en una estructura que constituye un cuadro completo del universo medieval que abarca desde las alturas del cielo a las profundidades del infierno.

En los siglos XII y XIII, la estructura de la catedral se convirtió en el marco adecuado para ubicar grandes vidrieras. Inevitablemente, las vidrieras oscurecen, en parte, el interior, pero poseen indescriptible belleza intrínseca, tanto por el color como por el diseño de los plomos. En el interior de la catedral gótica se pierde la referencia al espacio exterior del templo al no existir ningún vano que no sugiera. 

La catedral tiene la función de enseñar, desde la entrada, con sus estatuas y su pórtico, hasta en sus vidrieras ubicadas en el interior de la misma, encontramos mensajes, enseñanzas tanto del Viejo, como del Nuevo Testamento. La historia profana tiene muy poco espacio en las catedrales de Francia y entre los escasos ejemplos pueden verse, acaso, el bautismo de Clodoveo de Reims y la historia de Carlomagno en un vitral de Chartres. 

La catedral fue para los hombres de la época un lugar donde encontrar la palabra de Dios. Todos los autores medievales coinciden en que el edificio de la iglesia representa la ciudad de Dios, la Jerusalén celeste. Mientras en la basílica primitiva se representa ante todo la ciudad celestial como urbe, aquí se subraya lo celestial de la divina construcción, la luz de la “ciudad luminosa”, con los recursos mancomunados de todas las artes[1]. 

El caso de Chartres

Esta iglesia catedralicia consagrada a Nuestra Señora, situada en Chartres, al Noroeste de Francia, está considerada como uno de los edificios góticos más importantes del mundo. El factor decisivo que la hace prevalecer entre otras catedrales francesas es su buen estado de conservación, especialmente en lo que se refiere a esculturas y vidrieras. De un total de 186 vitrales originariamente adornados con innumerables escenas y figuras coloreadas, 152 se conservan y permiten adivinar aún hoy todo el hechizo espacial que ofrece una catedral gótica. 

La figura más importante en la historia de esta diócesis fue el obispo Fulbert, teólogo escolástico reconocido en toda Europa, que comenzó las obras de la catedral en el siglo XI sobre el solar que ocupaba un antiguo santuario pagano. El edificio construido por encargo de Fulbert se incendió a finales del siglo XII e inmediatamente se acometieron las obras de reconstrucción, que se prolongarían durante 60 años. De la iglesia románica se conservaron las torres y la fachada interior del norte, de proporciones reducidas, que se colocó en primer plano formando lo que hoy se denomina Pórtico Real. 

La catedral de Chartres es obra de gran unidad, aunque en la época de su construcción coexistieran varios arquitectos. El templo era uno de los santuarios más venerados de Occidente. Su principal reliquia, la túnica o camisa que llevaba la Virgen María cuando el nacimiento de Cristo, había atraído durante tiempo gran número de peregrinos. 

Fachada de la catedral de Chartres

Se creía que la Providencia Divina había escogido a Chartres como la primera iglesia de la Galia que iba a acceder al conocimiento del misterio de la Encarnación. La catedral se convertía así en el centro de culto mariano, no sólo en Francia sino en toda Europa. Tal era su importancia que hizo que la reconstrucción de la iglesia se llevara a cabo de manera vertiginosa. El dolor por la destrucción del antiguo santuario provocó, después de ocurrir la catástrofe, la decisión de reconstruirlo y hacerlo más grandioso de lo que había sido hasta entonces. 

El interior impresiona tanto por los 37 metros de altura que alcanza la nave central como por su armonía y sus elegantes proporciones, aunque por desgracia la mayoría de la imaginería se ha perdido. La fachada occidental, llamada Pórtico Real, es especialmente importante gracias a una serie de esculturas de la mitad del siglo XII. La portada principal contiene un magnífico relieve de Jesucristo glorificado; la del transepto meridional se organiza en torno a unas imágenes del Nuevo Testamento, que narran el Juicio Final; mientras que el pórtico opuesto, situado en el lado norte, está dedicado al Antiguo Testamento y al advenimiento de Cristo y destaca por la impresionante calidad del grupo escultórico dedicado a la creación. En total, el edificio cuenta con más de 150 vidrieras medievales, la mayoría de ellas del siglo XIII, que proporcionan un magnífico efecto lumínico al interior del templo. 

En Chartres el arquitecto plasmó, con exclusión de cualquier otro motivo arquitectónico y con una perfección que hasta ese momento no se había logrado, el orden cosmológico de luminosidad y proporción. La luz transfigura y ordena las composiciones de las vidrieras y el número de la proporción perfecta, armoniza todos los elementos del edificio. 

La luz y la armonía no son solamente imágenes del cielo, atributos simbólicos o estéticos. La metafísica medieval los entendía como los principios tanto formativos como ordenadores de la creación, principios sin embargo que sólo se hallan presentes en toda su pureza y claridad en las esferas celestiales. En la catedral gótica, la luz y la armonía tienen exactamente esta misma función ordenadora y el primer sistema arquitectónico que plasma plenamente estos principios es la catedral de Chartres[2].

(*) Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Notas

[1] Sebastián López, Santiago. Mensaje simbólico del Arte Medieval. Encuentro Ediciones. Madrid, 1994. 

[2]  Frankl, Paul. Arquitectura gótica. Manuales Arte Cátedra. Madrid, 2002.

Fotos: Biblioteca Nacional de París y Atlant