Juan Carlos Díaz Lorenzo

De la antigua hacienda de Las Manchas, propiedad de la familia Massieu, el legado más importante que ha llegado hasta nuestros días es la histórica ermita de San Nicolás de Bari, fundada por Nicolás Massieu van Dalle y Rantz.

Según consta en el testamento otorgado ante el escribano público Antonio Roque Casanova, registrado en el protocolo de Antonio Vázquez, el 14 de septiembre de 1696 y que dispone, entre otras cosas, que había de ponerse en el altar una imagen de Nuestra Señora de Bonanza, “por ser aquel distrito muy ventoso y le hace mucho daño a los frutos”, así como una imagen de San Nicolás, otra de San José y en lo alto del espaldar del retablo un Santo Cristo de bulto que tenía en su casona solariega del llano de Argual.

Nicolás Massieu nació en Santa Cruz de La Palma y fue bautizado en la parroquia de El Salvador el 25 de junio de 1618. Hijo de Nicolás Massieu, súbdito de origen francés y de Ana van Dalle y Coquiel, de ascendencia flamenca, alcanzó el grado de capitán de Infantería y ostentó los cargos de maestre de campo de las milicias de La Palma, regidor del antiguo Cabildo y alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición. Casó dos veces, dejó descendencia y falleció en su ciudad natal el 14 de septiembre de 1696.

La construcción de la ermita fue iniciada a comienzos del siglo XVIII por su hijo Pedro Massieu y Monteverde, que está considerado una de las personalidades canarias de más prestigio de su época, cumpliendo así con la voluntad de su padre, que dejó dicho que la iglesia debía ser de buena factura, tanto en el remate final como en la dotación de las imágenes, mobiliario y aderezamiento.

En el testamento de Pedro Massieu Monteverde, otorgado en Sevilla el 20 de julio de 1748 ante el escribano Miguel José de Acosta, se hace constar que “declaro que por la partición que hizimos mis hermanos y yo de los vienes que quedaron por muerte de nuestro Padre y Señor que dios aya fue de mi obligación hazer una ermita en el pago de las manchas gastando de mi cuenta un mill setecientos y setenta rreales que lo demás se de prorratear entre los cinco herederos y según la quenta que me remitió mi hermano don Nicolás Massieu se gastaron doze mill ochocientos y cinquenta rreales de aquella moneda y no se ha liquidado lo que cada uno de mis hermanos deue satisfacer según el prorrateo que se deue hazer y así lo declaro para que conste”.

Para cuando estuviera terminada, el testador dispuso que en ella se diera misa todos los domingos, en beneficio de su alma y de la de sus padres. De este cometido se ocuparon, durante años, los curas de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane, que también atendían la iglesia de Nuestra Señora de Bonanza, en El Paso, haciéndolo además los párrocos de Nuestra Señora de Candelaria, en Tijarafe y los Padres Dominicos de Santa Cruz de La Palma, según consta en solicitud elevada al obispado en julio de 1788 a instancias del párroco de Los Remedios, Juan de Alcalá; del mayordomo de la entonces ermita de El Paso, Antonio Fernández Pino y de Juan José Pino Capote.

El investigador palmero Alberto José Fernández García indica que la mayoría de las imágenes existentes en la ermita de Las Manchas, por su estilo y escuela, pudieran ser obra del imaginero sevillano Hita de Castro (1714-1784), artista al que la opulenta familia Massieu realizó varios encargos, entre ellas las esculturas del Señor de la Caída, de Santa Cruz de La Palma; y San Miguel Arcángel y San Antonio de Padua, de Puntallana.

En la ermita de Las Manchas existen, además, de nueva factura, una imagen de la Virgen Milagrosa y otra de San Nicolás, que sustituye a la primera, a la que hace algunos años encontramos depositada en la sacristía. La imagen de la Virgen Milagrosa fue la primera de esta advocación que llegó a La Palma, traída por los Padres Paúles para el templo del ex convento dominico, siendo posteriormente llevada a Las Manchas por el párroco José Pons, después de que otra imagen de la Virgen fuera entronizada en la parroquia matriz de El Salvador, en la capital palmera.

Una Real Orden de 18 de mayo de 1885 declaró la independencia de las parroquias de Los Llanos de Aridane y El Paso, razón por la cual la ermita de Las Manchas se anexionó a El Paso. “Mas, con motivo de ciertas cuestiones y pretensiones -relata el cronista palmero Juan B. Lorenzo-, suscitadas por el cura de Los Llanos, Justo Campos y Rodríguez, el sr. Gobernador eclesiástico de este Obispado, con fecha 20 de julio de 1885 y 12 de mayo de 1887, dio disposiciones preventivas por las cuales debe servirse esta ermita por el párroco de El Paso, mientras no se resolviese lo contrario”.

Pasaron los años. El 18 de noviembre de 1929, siendo obispo de Tenerife fray Albino González y Menéndez-Reigada y con motivo de la demarcación parroquial de la diócesis, sobre la base de la antigua ermita se creó la parroquia de Las Manchas, dependiente del arciprestazgo de Los Llanos de Aridane y con categoría rural de primera.

Con una dotación económica inicial de 2.650 pesetas anuales, 1.500 pesetas eran para los gastos del párroco y otras 500 para el culto. La nueva parroquia carecía de propiedades y su primera modificación patrimonial se produjo en 1952, cuando recibió la imagen de Nuestra Señora de Fátima, que sería colocada al aire libre en un monumento homenaje a la divina devoción. Su primer párroco fue José Pons y Comallonga, nombrado el 28 de mayo de 1931, que ejerció el cargo durante 13 años. En recuerdo de su fecundo magisterio sacerdotal, la plaza de la ermita lleva su nombre.

El relevo lo tomó en 1944 el sacerdote Antonio Rodríguez Socas, quien fue sustituido en 1946 por Salvador Miralles Pérez. En 1948 fue nombrado Elicio Blas Santos Pérez, que desempeñó el cargo hasta 1950, con gran satisfacción y recuerdo del vecindario, en especial por el reconocimiento a su labor durante la erupción del volcán de San Juan. El 8 de julio de 1949, la ermita fue desmantelada ante la amenaza inminente del brazo de lava, que se detuvo donde se encuentra el monumento de Fátima.

En 1950 estuvieron en la parroquia, con carácter interino, los sacerdotes Marino Sicilia Pérez y José Enrique Martín Pérez. En 1951, el primero de ellos fue nombrado párroco titular y en 1959 le relevó Pedro Capote Pérez. En 1960 se hizo cargo de la parroquia Carlos González Quintero, a quien, en 1963, sustituyó Ismael Rodríguez Hernández. A partir de entonces han sido párrocos de Las Manchas los siguientes sacerdotes: José Antonio Zafra Moreno (1965-1967), Domingo Guerra Pérez (1967-1970), Isidro González de Prado (1970-1982), Jorge Fernández Castillo (1982-1992) y el actual, Antonio Manuel Pérez y Pérez, desde el 20 de septiembre de 1992.

Aunque en varias ocasiones llegó a plantearse su demolición, por no tener capacidad suficiente para el culto, así como derribar uno de los muros para construir un anexo, la histórica ermita ha logrado conservar su factura original de una sola nave, dividida en dos tramos de distinto nivel. La parte más antigua corresponde al altar y mide 8,50 metros de largo y 5,70 de ancho, separado por un arco toral de medio punto labrado en piedra.

El artesonado es de par y nudillos, con estructura de almizate y faldones laterales, reforzado por tirantes simples apoyados en sencillas ménsulas. Las losetas del suelo eran de dos tipos: en color el primer tramo, más antiguo y en blanco y negro el segundo, más moderno en el tiempo. Tiene un coro y dos sacristías, a izquierda y derecha del altar mayor. La primera, edificada en el siglo XIX, sufrió el derrumbamiento del techo y sólo conservaba los muros hasta que fue restaurada. La segunda fue construida en la década de los años treinta del siglo XX por un maestro de obras, época en la que también se rehizo el púlpito. El balcón del coro, desde el que se toca la campana, también fue rehecho en 1945.

En 1931, la dependencia de la sacristía fue habilitada por su párroco titular para vivienda. El techo de madera fue sustituido por otro de mampostería y contiguo a este local edificó una pequeña cocina y un servicio, sin taza. La arena la acarreó en bolsas desde la montaña de El Manchón, a más de dos kilómetros de distancia. En el ángulo libre sembró el cura José Pons un nisperero, que pervivió durante muchos años.

En el verano de 1993, la techumbre de la iglesia sufrió un desplome. Ante el peligro inminente de un derrumbe de mayores proporciones, la celebración de los oficios religiosos se trasladó a un local próximo y comenzó el proceso de su restauración, que se prolongó por espacio de casi cinco años.

En 1996, a instancias del Cabildo Insular de La Palma, en expediente promovido por el consejero Vicente Capote Cabrera, la ermita de Las Manchas fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Canarias, con categoría de monumento.

En junio de 1998 concluyeron las obras de recuperación del edificio, así como la rehabilitación del retablo y las imágenes, gracias a un convenio suscrito entre el Cabildo Insular de La Palma y el Obispado de la Diócesis Nivariense, siendo reabierta al culto el 10 de enero de 1999.

El chorro de la ermita

En la historia de Las Manchas ocupa un puesto relevante la figura de José Antonio Jiménez “Patachueca” (1873-1946), considerado un auténtico benefactor del bienestar de sus vecinos. Entre sus principales iniciativas destaca la conducción de agua potable desde El Paso mediante una tubería y la construcción del cementerio.

En una comarca donde la lluvia es escasa, la única posibilidad que existía entonces de almacenar el agua era en aljibes, aunque no todas las casas lo tenían y era racionada durante todo el año. Cuando era un año seco y se agotaba el suministro, había que traerla de las fuentes de la Cumbre -Los Cubos, Nambroque, El Tión y Pascual -que fue sepultada por las cenizas del volcán de 1949- o desde los chorros públicos de El Paso y Todoque -en este último, llamado Los Pasitos, a partir de 1902-, en un viaje de horas debido a las considerables distancias que había que recorrer.

A principios del siglo XX surge la figura del campesino José Antonio Jiménez, apodado “Patachueca”, que contribuyó con su imaginación y esfuerzo a mejorar el nivel de vida de sus paisanos. Su primera iniciativa fue traer el agua potable mediante una tubería desde El Paso hasta el chorro de la ermita. El aporte de las pocas familias que tenían recursos era voluntario y no les daba preferencia respecto de los que nada podían, sobre el uso y disfrute del agua.

La obtención del dinero necesario se convirtió en una empresa difícil. A partir de 1908 se conservan algunos recibos de las suscripciones voluntarias, como también lo fueron las prestaciones de muchos vecinos, con su trabajo y esfuerzo, para lograr que el agua llegara a su barrio. Un familiar del promotor, Juan J. Jiménez González, emigrante en Cuba, donó 250 pesetas para la obra, cantidad considerable para la época, en un gesto que se recuerda en una placa en homenaje al donante.

Después de superar dificultades de todo tipo, el agua llegó al chorro de la ermita el 15 de abril de 1912. Los vecinos que vivían cerca fueron los más beneficiados, pero aún quedaban otros más lejos, por lo que se decidió continuar la instalación de la tubería hasta el pago de Las Manchas de Abajo, a donde llegó en 1921.

La segunda iniciativa fue la construcción del cementerio. El traslado de un cadáver hasta Los Llanos, Tazacorte o El Paso era un trabajo penoso, que se hacía a hombros por los caminos reales. José Antonio Jiménez “Patachueca” convenció a sus paisanos de la necesidad de construir un cementerio en Las Manchas y para ello se eligió un lugar equidistante, situado en las proximidades de la montaña de Cogote, donde se iniciaron los trabajos con prestaciones voluntarias. En 1955 se produjo el primer entierro y fue una mujer, Telvia González López, vecina de El Charco.

“A nuestro personaje -escribe Primitivo Jerónimo- le recuerdan los que vivieron en su época como un personaje ejemplar, valiente en plantear soluciones a los problemas y con voluntad absoluta para luchar por Las Manchas. Trabajó en varias actividades: algunos lo recuerdan de panadero en su etapa en El Cantillo, constructor de ataúdes, vendedor de tabaco que traía de Puntallana cuando residía allí, e incluso se le creía con poderes espiritistas”.

En los años de la posguerra se construyó un depósito con capacidad para 325.000 litros a cargo de los Servicios Municipales de Abasto Público de Agua. Una placa, expuesta desde 1945, expresa la gratitud del Ayuntamiento de El Paso al presidente de la Junta Interministerial del Paro Obrero, Esteban Pérez González, que subvencionó la construcción de la citada obra.

Monumento del Sagrado Corazón

Sobre las casas de El Callejón se encuentra un monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Fue edificado a iniciativa de Dolores Crespo, esposa del entonces maestro nacional de Las Manchas, Francisco Caballero, y contó con el beneplácito del párroco José Pons. De su edificación, que concluyó el 9 de marzo de 1940, se ocuparon los albañiles Miguel Leal González y Valentín Simón, como recoge una inscripción al pie del pedestal.

En los alrededores fueron sembrados siete rosales en honor de los siete hijos del matrimonio, que fenecieron en la sequía de 1948. En las ventanas ciegas fueron inscritos los nombres de las víctimas de Las Manchas durante la guerra civil (1936-1939) y durante algunos años albergó una luz votiva, que en los años de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se obligaba a apagar durante la noche, según cuenta el profesor Pedro Nolasco Leal.

El citado monumento ha sido testigo de los principales acontecimientos del barrio de Las Manchas: la erupción del volcán de San Juan, la riada de los barrancos de Tamanca y Los Hombres y la anegación de los pagos de Jedey y Las Manchas de Abajo, entre otros hechos importantes.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 29 de mayo de 2005

 

Ermita San Nicolás. Las Manchas
Ermita de San Nicolás, en Las Manchas