Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Las razones que impulsaron a Italia a intervenir en la carrera colonial fueron, sobre todo, de índole política. La búsqueda de la propia “campiña mundial” en las tierras de ultramar resultó prematura para el capitalismo italiano. El objetivo de la conquista había que considerarla, en el plano psicológico, en la necesidad de obtener para la producción interior mercados no saturados y materias primas a bajo coste, cuando en Europa se había vuelto, a finales de los años sesenta, al proteccionismo económico. 

Sin embargo, las áreas por las que optaron los italianos –Etiopía y Libia– y todo el debate de precedió y acompañó a las actuaciones del gobierno Crispi “vinieron a demostrar –explica P. Sica– que la política colonial aparecía dictada por una voluntad de mantener y reforzar el prestigio y el peso político de Italia, que si bien no era despreciable dentro del marco de las relaciones europeas, desde luego no aparecía garantizado en modo alguno por su importancia concreta como potencia económica, que era, por el contrario, totalmente secundaria”[1]

Cuando se perdió la oportunidad en 1881 de conquistar Tunicia, Italia arrebató a los egipcios la ciudad de Masaswa en 1885. Dos años después las tropas italianas avanzaron hacia el interior, pero se vieron frenadas en Dogali. A la ocupación de Asmara en 1889 siguió un año después la proclamación de Eritrea como colonia italiana, que Italia conservó, junto con Somalia septentrional, incluso después de la derrota de Adua en 1896. 

Fachada marítima de la ciudad de Massawa

Las relaciones mantenidas con las primeras bases coloniales y la extensión de la actividad financiera internacional llevaron a la formación de intereses concretos en el Mediterráneo. El Banco de Roma, fundado en 1880, amplió el radio de acción de sus actividades hasta llegar a obtener concesiones mineras en Libia y el establecimiento de una sucursal en Trípoli en 1907. A comienzos de siglo se acentuó la actividad de los grupos de presión que pretendían que Italia se asegurarse la posesión de Libia. 

Siguiendo las huellas de los teóricos franceses –como Leroy-Beaulieu, cuya obra, en su versión italiana, se publicó en 1895– se habló sobre la colonización planificada como estadio civil de la emigración. Incluso algunos exponentes socialistas, tras su inicial oposición, terminaron por adherirse a la causa colonial: De Felice, Giufrrida y Podrecca se mostraron convencidos de que Tripolitania, en el plazo de un decenio, estaría en condiciones de acoger, como mínimo, a dos millones de italianos. Antonio Labriola pensó en Trípoli como colonia ideal para el proletariado italiano, apta para absorber los excedentes demográficos del país. 

En 1911, y para prevenir una acción inglesa o francesa, Giolotti se embarcó en la guerra contra Turquía por la posesión de Libia. En 1912 Italia obtuvo el reconocimiento de facto de su soberanía sobre este país (paz de Lausana concertada con Turquía). En Italia es muy escaso el interés por la emigración a las nuevas colonias, a las que hasta 1915 tan sólo se había asentado el uno por cien del total de los emigrantes italianos. 

La mezquista Sheik Hanadi data del siglo XV y fue reconstruida después de 1885

En Eritrea y en Somalia, en el momento de su ocupación, los centros habitados eran poco más que simples embriones de ciudades, grandes poblados a veces formados en gran parte por cabañas. En 1885 Masawwa contaba apenas con 5.000 habitantes, de los cuales poco más de un centenar eran europeos, y más o menos al mismo nivel se encontraba Mogadiscio, el mayor centro somalí. Las intervenciones efectuadas en las dos colonias desde 1895 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial aparecen inspiradas, en la gran mayoría de los casos, por medidas inorgánicas, que aspiran a la creación de algunas infraestructuras elementales. 

En Eritrea se realizó en 1887 un ramal ferroviario desde Masawwa a Saati. Las obras se reanudaron en 1901 con la prolongación de la línea hasta Ghinda, y finalmente en 1911, incluso Asmara (capital de la colonia desde 1900) quedó enlazada al puerto de Masawwa. De 1902 a 1907 actuó en Eritrea el gobernador Ferdinando Martín. Bajo su mandato se construyeron los primeros edificios de mampostería en Asmara, que contaba con 8.500 habitantes en 1905. Pero a pesar de los esfuerzos de Martín, la organización de la colonia seguía siendo bastante precaria[2], y también era débil la incidencia real de la dominación colonial italiana. 

En Somalia, donde la ocupación quedó ratificada en 1894, también se manifestó una escasa actuación por parte del Gobierno italiano, hasta el punto de que en el período inicial la concesión de los puertos se confió a una empresa privada, la compañía Filonardi. La gestión directa de Italia se inició a partir de 1905. En 1908, el Gobierno italiano ordenó redactar un plan de obras públicas, que en la práctica no tuvo éxito, debido a la agitada situación en la que se encontraba la colonia, con frecuentes hostigamientos de las tribus locales. 

Trípoli, en Libia, era un centro urbano de mayores dimensiones, con una población estimada en unos 25.000 habitantes, de los cuales unos cuatro mil eran italianos en el momento de la ocupación. Salvo algunas obras urgentes que afectaron a las instalaciones portuarias y a la ordenación logística, la ciudad no fue objeto de actuaciones urbanísticas programadas hasta 1922. 

Fotos: Reinhard Dietrich y Albert Herring


[1] Sica, P. Op. cit.

[2] Para los intercambios comerciales seguían teniendo valor, hasta la Primera Guerra Mundial, los “thalers” de María Teresa (moneda de plata) acuñados por la casa de la moneda de Viena por encargo de particulares.

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