Juan Carlos Díaz Lorenzo

La elegante y airosa espadaña de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Candelaria, en Tijarafe, tiene un encanto especial. Desde su privilegiado dominio y desde hace más de trescientos años, las campanas doblan cada festivo para llamar a los feligreses a la celebración de la Eucaristía y también lo hacen en emotivas despedidas de los seres queridos. En otras ocasiones lo han hecho alertando cuando el peligro acecha y el fuego consume los bellos pinares y amenaza con destruir las casas de los vecinos que con tanto esfuerzo y sacrificio han conseguido edificarlas.

Las campanas también doblan cada año en fechas señaladas dando así cumplimiento a la tradición, acompañadas de redoble de tambor, como en la Pascua de Resurrección. Además, dada su significación, la espadaña forma parte del cuartel primero del escudo municipal, en campo de gules, y representa la virtud de la caridad, la valentía, la nobleza y la magnanimidad de este pueblo a lo largo de su existencia. La españada se ha convertido, por derecho propio, en todo un símbolo para Tijarafe.

Desde 1505, año de las Constituciones Sinodales del obispo Fernando Vázquez de Arce y hasta que la primitiva ermita se abrió al culto, el párroco de El Salvador, residente en la villa del Apurón, tenía el encargo de que llegado el tiempo de cuaresma requiriera a los vecinos a Tazacorte y Tijarafe “para confesarles y administrarles los sacramentos”.

En el solar que ocupa la iglesia actual se construyó en 1530 una ermita que se estaba reedificando en 1568, según consta en los libros parroquiales, aunque las obras continuaron hasta 1574. Las paredes costaron 60.416 maravedíes, otros 10.650 se gastaron en tejas, 13.328 en aserrar la madera y 1.500 en cal para el revestimiento.

En la visita de 1572 se mandó hacer un archivo, porque hasta entonces no existía. En 1588 se erigió en parroquia y en 1595 se abrió el libro de cuentas de la cofradía del Santísimo Sacramento. Después se hicieron otros trabajos, como la construcción del primer campanario en madera y el levantamiento de un arco para la capilla bautismal, que estuvo a cargo del maestro cantero Marcos Pérez.

Fachada principal de la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria

Unos años antes, en la visita del obispo fray Juan de Arzoloras, de fecha 2 de mayo de 1571,  se dice que “habiendo visto su Iltma. por vista de ojos” que además de las tres parroquias principales –es decir, la de Santa Cruz de La Palma y las de San Andrés y Puntallana- “había otras seis iglesias baptismales entre las cuales se cita la de Candelaria en Tijarafe, dispuso que en atención a que los beneficiados de esta ciudad, a cuyo cargo estaban aquellos feligreses, no se les podía administrar los sacramentos con la diligencia que debieran a causa de la gran distancias y malos caminos, que se pusiesen en ellas capellanes asalariados, con cargo a la gruesa del beneficio de la Isla”.

De ahí se aprecia que no siempre hubo pastor de almas en Tijarafe, pues el Cabildo de la Isla, según consta en acta de 8 de abril de 1587, dispuso que se diese al beneficiado Alarcón seis ducados para el gasto que tuviera que hacer en los términos de Los Llanos, Tijarafe y Aguatavar, a donde le envió dicha corporación con la finalidad de “exorcizar la langosta y cigarrón”.

Los trabajos de importancia de este templo se realizan a partir del siglo XVII. En 1614 comenzó el alargamiento de la nave y la fábrica del presbiterio, así como el levantamiento del arco toral, obra del maestro Juan Rivero, que tiene como soportes medias columnas de estilo toscano y basa. El artesonado de este recinto está dispuesto en almizate central y ricamente decorado a base de crucetas y dorado y los faldones reforzados en sus esquinas por tirantes dobles con aspas y cruces que descansan en ménsulas pareadas.

El mismo maestro cantero fue el encargado de levantar el arco de entrada a la capilla de El Rosario, que se encuentra en el lado de la epístola y se terminó en 1625, año en el que los carpinteros Alonso Martín y Juan Rodríguez colocaron los artesonados de la sacristía y de la capilla mencionada. En ese año se pagaron 9.600 maravedíes por un millar de ladrillos traídos de la Península para cubrir la citada capilla y la sacristía.

En el arco de esta capilla hay una curiosa flor estrellada que puede guardar alguna relación con las obras realizadas en 1637, en que se abrió la ventana de la capilla de El Rosario, aunque más llamativo resulta el arco de un goticista primitivo y el empleo de dos tipos de cantería: pedestal en gris y el resto en rojo, lo que hace pensar que la piedra bien pudo ser aprovechada de la antigua ermita.

El 24 de mayo de 1660, el rey Felipe IV concedió a esta iglesia el rango de beneficio, siendo desde entonces el noveno en antigüedad de la Isla, contando con los tres existentes en la capital insular.

La espadaña de la iglesia, uno de los iconos de Tijarafe

La espadaña. En 1678 se mandó comprar una campana nueva, ya que la existente tenía poco sonido, por lo que también se decidió construir un nuevo campanario que sustituyera al anterior de madera, que amenazaba ruina. La obra, con un coste de 1.300 reales, sería sufragada con la venta de 123 fanegas de trigo procedente de los tributos públicos depositados en los pósitos de Aguatavar y La Punta, contando para ello con el beneplácito del Cabildo.

La fábrica de la nueva espadaña, construida por el maestro Domingo Álvarez y sus oficiales, se remonta al año 1686 y está situada junto a la cabecera del templo. En su construcción empleó piedra de cal traída a lomos de bestias desde el porís de Candelaria y sillares de piedra de la Cumbre.

La obra se completó cuatro años más tarde, con la construcción de un corredor y la escalera de acceso al campanario, hechos ambos en madera. Este elemento arquitectónico se ha conservado a lo largo del tiempo con muy pocas modificaciones.

A partir de 1701 se realizaron de nuevo obras de ampliación de la iglesia, que adquirió planta de cruz latina, con la construcción de una capilla en el lado del Evangelio, fundada por el alférez Pedro del Castillo Riverol y su mujer, Lucía Fernández de Medina, con entrada privada y derecho de asiento y enterramiento para ellos y sus descendientes, según consta en escritura otorgada ante el escribano público Andrés de Huerta, el 11 de julio del citado año.

La antigüedad entre ambas se diferencia “en que la capilla de la Epístola tiene arco sobre pilares baquetonados con basa poligonal, en tanto que aquella muestra pilastras pseudoclásicas”, como bien explica la eminente historiadora María del Carmen Fraga.

El trazado del templo está consolidado en su configuración actual desde los primeros años del siglo XVIII. En su exterior sobresalen las masas cúbicas de los distintos espacios, que le dan el aspecto atractivo de la arquitectura regional, en la que la cantería sólo se ha empleado en los arcos, pilastras de las puertas, saeteras y en la mencionada espadaña. Los blancos muros de mampostería contrastan con el rojizo de las tejas de la techumbre a cuatro aguas y en su interior con el artesonado de armaduras mudéjares de par e hilera con almizate y faldones, reforzado por tirantes dobles con motivos poligonales y aspas, que descansan en ménsulas pareadas.

Al fondo de la nave, y en todo el ancho de la misma, se encuentra el coro, que consiste en una balconada de madera, bien iluminada no sólo por las saeteras laterales, sino también por la puerta de acceso directo al balcón de la fachada principal.

En ésta, sobre la puerta enmarcada en arco de medio punto y descansando sobre pilastras de capitel dórico, se alza un balcón de madera de tipo canario, adosado en la década de los años setenta del siglo XX, cuando se rehabilitó el edificio –siendo párroco Antonio Hernández- y se descubrió una puerta en el coro.

En 1996 la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria fue declarada Bien de Interés Cultural. El 30 de abril del citado año, el Consejo de Gobierno, presidido por Manuel Hermoso Rojas y siendo José Mendoza consejero de Educación, se aprobó el expediente incoado al efecto, con lo que se alcanzó una vieja aspiración de la corporación municipal de Tijarafe, presidida por Juan Manuel González Luis.

El extraordinario retablo barroco, obra de Antonio de Orbarán

 El retablo. El tesoro más importante de la iglesia parroquial de Tijarafe es el monumental retablo ubicado en la cabecera de la capilla mayor. Es uno de los ejemplos más importantes del barroco en Canarias y se le atribuye al escultor Antonio de Orbarán, del que se tiene constancia de su presencia en la Isla desde 1626, año en el que contrajo matrimonio con Ana de Aguilar. Sus padres residían en Puebla de los Ángeles (Méjico), por lo que Pedro Tarquis afirma que Orbarán contribuyó al adelanto de las artes plásticas en Canarias, aportando las influencias del otro lado del Atlántico.

Este personaje aparece en 1633 en La Orotava, y su labor como maestro de retablos está documentada hasta 1665. En el testamento otorgado en dicha localidad en 1670, se hace constancia de su titulación de “maestro mayor en todas las facultades que abarcan las Bellas Artes”.

El profesor Alfonso Trujillo –siempre presente en la memoria de los años universitarios y autor del libro El retablo barroco en Canarias– sostiene que Antonio de Orbarán no hizo escuela, ya que tipológicamente el retablo de Tijarafe es el único ejemplar que se conserva en Canarias y figura entre los pocos existentes en el archipiélago que muestran una disposición de cinco calles, caso de los retablos de San Marcos de Icod, el del Carmen en Santa Ana de Garachico y el desaparecido de los Remedios en Buenavista del Norte. 

En 1628 queda constancia de la compra de madera y clavos y se habla del pago de 3.000 reales por la “hechura del retablo con todos los bultos que tiene”, seguido de una coletilla pesarosa como un lamento porque no se hizo “ellesión”. Lo que nunca imaginaría el mayordomo cuando asentó esta anotación en el libro de fábrica es que, precisamente, la fama de este retablo vendría de una decisión unilateral.

Un año después se colocaron los petriles para su asentamiento, y se habla de un anticipo de 50 ducados al dorador, al que todavía se menciona en 1633, así como “madera y clavos para acabar el retablo”. En este año, Antonio de Orbarán aparece en Tenerife, lo que demuestra que su trabajo en la iglesia de Tijarafe había terminado. Sin embargo, todavía no había acabado la labor del dorador, al que todavía se le paga en 1637 y se insiste en el asentamiento definitivo.

La originalidad del retablo de Tijarafe radica en la fórmula seguida por su autor de situar en los intercolumnios todo el muestrario escultórico de un apostolado, con lo que adquiere la apariencia de once calles, lo que la convierte en una solución escultórica mixta. El apostolado está en posición frontal de serena tranquilidad, aunque no exenta de un cierto hieratismo. Se aprecia un cierto primitivismo en la factura de los pliegues, así como ingenuidad en los rostros, aunque destaca la espléndida cabeza de San Pedro, situado a la derecha de la hornacina central.

“Y así pudiera hablarse de tres cuerpos –explica Alfonso Trujillo-, ya que el Calvario del ático queda desglosado en tres lienzos individualizados: al centro, Cristo de la Cruz y la Magdalena a sus pies, a la derecha la Dolorosa, y a la izquierda el Discípulo Amado. El resto de los lienzos representan, de derecha a izquierda, en el primer cuerpo, la Adoración de los Reyes, que se repite en distinta composición en la calle consecutiva, la Adoración de los Pastores, y la Visitación; en el segundo cuerpo, se encuentra Pentecostés, la Ascensión, la Presentación en el Templo o Purificación, la Resurrección de Cristo y la Asunción de María a los cielos. El estilo de estas pinturas guarda similitud con la escuela flamenca. En cuanto a la predela, nos ofrece diez pequeños lienzos que representan a santos de medio cuerpo situados bajo las zonas correspondientes a cada una de las divisiones verticales”.

El sagrario de plata, encuadrado en dos pequeñas pilastras, es posterior. En una moldura de su base puede leerse la inscripción siguiente: “Esta obra ce iso siendo Be. Beneficiado Dn. Pedro morera. Año de 1798”. En una alacena de la sacristía se guarda uno de madera tallada y dorada, que pudiera ser el original.

El citado retablo fue restaurado entre 1992 y 1997 por la Dirección General de Patrimonio, dependiente de la Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias, ocupándose de los laboriosos trabajos técnicos las especialistas Isabel Santos, Isabel Concepción y Catalina Mora. Hoy luce todo su esplendor y al contemplarlo de nuevo podemos tener una idea de la grandeza que encierra.

Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo

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Juan Carlos Díaz Lorenzo

Aunque pueda parecer extraño, y debido a las características tan peculiares en cuanto a riqueza artística que posee la isla de La Palma, el inventario de su patrimonio mueble está todavía por hacer”, afirma el profesor Alberto Darias Príncipe, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, quien recientemente ha dirigido un equipo de investigadores al frente de un proyecto relacionado con el patrimonio religioso localizado en el arco norte de la Isla.

“Para nadie es un secreto y menos para los estudiosos -prosigue- que, en relación a su tamaño, La Palma tiene el mayor patrimonio artístico de Canarias, tanto en calidad, como en cantidad y en variedad, de modo que podemos afirmar, rotundamente, que si no conocemos el patrimonio artístico palmero, jamás podremos entender la Historia del Arte en Canarias”.

Al hilvanar el proceso seguido, el profesor Darias señala que “puestos a desentrañar el problema, el punto básico del que se debe partir para el cuidado del patrimonio, es el conocimiento del mismo”. En 1992 comenzó el inventario de bienes mueble de la Iglesia Católica, subvencionado por el Ministerio de Cultura, “del cual sólo se podía hacer una campaña al año, muy limitada en cuanto al número de objetos a identificar, por lo que nos planteamos la posibilidad de que, a través de alguna otra institución cuyo cometido estuviera dentro de sus competencias, avanzar parte de dicho inventario, algo que, si no fuera así, lleva camino de eternizarse. De ahí que, teniendo en cuenta las atribuciones que sobre el campo de la arquitectura tiene la Consejería de Infraestructuras del Gobierno de Canarias y, además, considerando el interés del consejero Antonio Castro Cordobez, auténtico valedor para que este proyecto pudiera llevarse a cabo, con el apoyo de GESTUR emprendimos un trabajo meticuloso que ha dado unos frutos muy interesantes”.

Alberto Darias explica que las razones del cambio en la estrategia a seguir se deben a que las directrices de la UNESCO en materia de patrimonio, aceptadas por el Gobierno español, “indicaban la necesidad de que en este tipo de catálogo se incluyera no sólo el continente, sino también el contenido”.

En el momento de abordar el trabajo en La Palma, la situación de los distintos inventarios en cada una de las islas que componen la Diócesis Nivariense se resume en los siguientes aspectos: en La Gomera está hecho casi en su totalidad, mientras que en Tenerife ya ha superado la mitad y en El Hierro y La Palma todavía no había comenzado. En el caso de la Isla Colombina, como indica el profesor Darias, “con un volumen muy limitado, está bastante controlado a través de los estudios realizados por intelectuales locales como el historiador Dacio Darias y la profesora Ana Ávila”.

Sin embargo, La Palma era un territorio a descubrir. “Por esa razón, decidimos afrontarlo con mucho ánimo y entusiasmo y siguiendo el consejo del propio vicario palmero, Aurelio Feliciano, en lugar de iniciar el fichaje por los lugares habituales -Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane-, se decidió hacerlo siguiendo el arco norte del territorio, es decir, desde Puntallana hasta Tijarafe. En este primer tramo se ha llevado a cabo el inventario de los templos San Juan de Puntallana, Tenagua, Santa Lucía, Montserrat y San Andrés, en Los Sauces, si bien este último quedaron algunas piezas por fichar, aunque están perfectamente catalogadas a falta sólo de llevar a cabo la redacción de su correspondiente ficha”.

Alberto Darias precisó que, según lo estipulado en el último concordato entre el Vaticano y el Estado español, “se acordó la realización de un primer paso en el cuidado del legado cultural de la Iglesia Católica, teniendo conocimiento de la cuantía artística de sus bienes: la Iglesia se comprometía a mostrar sus obras de arte a las personas interesadas y el Estado, a subvencionar el trabajo”.

Para la realización de este proyecto concreto, la Diócesis Nivariense, al igual que había sucedido en ocasiones anteriores, ofreció toda serie de facilidades al equipo redactor. “A nuestra llegada a La Palma, los párrocos de San Juan de Puntallana, Nuestra Señora de Montserrat de Los Sauces y San Andrés, no sólo nos facilitaron el acceso para el estudio de las piezas, sino que también colaboraron de forma entusiasta apoyando cualquier tipo de sugerencia o necesidad que les fuera solicitada, así como por parte de otros miembros de las respectivas parroquias, que también colaboraron y participaron con sumo agrado en las labores cuando se hizo necesario”.

El profesor universitario, especialista en asuntos de patrimonio, enfatizó que “las parroquias y las ermitas de La Palma que hemos visitado se encontraban en una situación óptima, bien cuidadas, muy limpias y bien atendidas en todos los sentidos. Sus piezas, por lo tanto, no fueron difíciles de localizar. Nos llamó la atención la cuantía de las mismas, hasta el punto de que no esperábamos encontrar, de modo que tuvimos que modificar sobre la marcha nuestros cálculos de trabajo y de los cinco templos que en principio teníamos previsto inventariar, en esta ocasión sólo pudimos abarcar tres parroquias con sus respectivas ermitas”.

Alberto Darias puso especial énfasis al afirmar que “las piezas catalogadas confirman mi opinión, expresada en varias ocasiones y que me gustaría se hiciera común a los palmeros. Es decir, en La Palma, muchas personas sólo sobrevaloran el arte flamenco, no porque no tenga calidad, sino porque se cree que todo lo que no sea flamenco es de segundo orden. Y, sin embargo, las obras de arte andaluzas, canarias, italianas que existen en la Isla son tan importantes y tan numerosas como las procedentes de Flandes”.

“Basta con decir que la calidad -agregó-, como decía al principio, era excelente y algo tan importante como ésto: el respeto hacia su rico legado cultural ha hecho que los palmeros no se desprendan, como sucede en otras islas, de ningún objeto que el templo haya poseído. Si la liturgia lo permite, está al uso. Si no, está guardado con toda serie de precauciones y procurando en todo momento que no sufra deterioro alguno. Y eso tiene mucha importancia”.

Alberto Darias citó, entre otros ejemplos de especial interés, el cuadro existente en el baptisterio de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, en Los Sauces; la imagen de Santa Lucía, en la ermita de su mismo nombre; la imagen de San Miguel, en San Juan de Puntallana, la orfebrería de la parroquia de Montserrat, el Belén de San Andrés, las antiguas pilas bautismales de cerámica vidriada…

Preguntado por el procedimiento seguido en el trabajo realizado, el profesor Darias Príncipe matizó la siguiente aclaración: “Un inventario no es un catálogo. A mí juicio, la diferencia está en que el inventario prima la cuantía y el catálogo la calidad. Por lo tanto, el inventario es el paso previo y los datos que exigen una ficha de este tipo, son más bien de tipo físico (denominación, descripción, localización, estado de conservación, bibliografía e imagen fotográfica), que un estudio concienzudo de su cronología, lenguaje artístico, etcétera”.

Al respecto, las fichas del Ministerio de Cultura exigen una numeración diferenciadora muy precisa. En primer lugar, el tipo de inventario del que se trata. Por eso, en la identificación informática se colocan primero las abreviaturas I.I.C. (Inventario de la Iglesia Católica). A continuación, la región a la que se refiere: Canarias. Sigue la diócesis, que en este caso se identifica con el número 38. Y finalmente, el número de la pieza a identificar. Sin embargo, el inventario no estudia solamente el objeto en su sentido global, sino que desglosa las posibles obras de arte que el conjunto posea.

Por ejemplo, en el supuesto de que se trate de una imagen religiosa, primero se le adjudica un número correlativo y a continuación se van desglosando las piezas de valor que la imagen posee, de modo que los números vayan aumentando a medida que el contenido vaya teniendo una mayor amplitud. “Un caso -explica Alberto Darias- sería el Niño Jesús que el santo sostiene en sus brazos, pero dentro de ese objeto, habría que fichar los zapatitos de plata, la corona, y todos los objetos que vaya conteniendo: vara de plata, distintos tipos de textiles, orfebrería que adorna… Se puede dar el caso de que una pieza de arte pueda llegar a tener hasta 15 ó 20 subnúmeros. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un retablo. En consecuencia, no es necesario el estudio archivístico de la pieza, sino una aproximación a la misma, eso sí, con un amplio conocimiento bibliográfico y una experiencia también amplia de los miembros del equipo”.

El equipo redactor encargado del proyecto estuvo formado por los profesores Ana María Quesada Acosta, Gerardo Fuentes Pérez y Alberto Darias Príncipe (director), así como otros tres técnicos destacados: Esteban Hernández Martín, Jonás Armas Núñez y Manuel Jesús Hernández González. Los tres primeros son profesores universitarios, miembros del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de San Fernando de La Laguna; otros dos son doctorandos discípulos de los anteriores y un especialista en informática. En este caso concreto, el equipo contó con el asesoramiento del profesor Pablo Amador, reconocido restaurador que, por causas de trabajo, no pudo compartir el trabajo de campo, aunque sí prestó sus conocimientos ante cualquier tipo de consulta.

En una labor de esta naturaleza, el director del inventario asume una gran responsabilidad, pues se convierte en responsable único del resultado del trabajo: “Cualquier fallo que el inventario pueda tener recae sobre el director; él es quien decide la identificación de la pieza, quien indica las piezas que se deben inventariar, la bibliografía a consultar y, en una palabra, tiene la obligación de poner los medios para que las fichas sean lo más exhaustivas posibles. Como es lógico, esto es en la teoría, puesto que el director tiene que estar asesorado por distintos especialistas que conforman el equipo (arquitectura, pintura, escultura, retablística, artes suntuarias, etc.)”.

A continuación, están los coordinadores, distribuidores del trabajo, encargado de las cuentas y el material, de modo que el trabajo lleve la fluidez debida. Un restaurador, encargado de indicar el estado de conservación de la pieza (condición, deterioro, partes que faltan y restauraciones realizadas); los documentalistas, encargados de la bibliografía y en el trabajo de campo, además, de tomar todos los datos necesarios; un fotógrafo que siga las directrices dictadas por el director y un técnico informático que resuelva los múltiples problemas que pueden surgir hasta llegar a la elaboración final de un DVD.

El trabajo consta de dos momentos bien determinados: el trabajo de campo, donde se toman los datos “in situ” y el trabajo de gabinete, donde se vierten de dos maneras lo exigido por el Ministerio: una ficha acompañada de una fotografía y su correspondiente cliché y un DVD idéntico. Al final, deberán realizarse varias copias: una para el Ministerio, otra para la Dirección General de Patrimonio Histórico (Gobierno de Canarias) y otra para la diócesis. En este caso, además, se han añadido otras dos unidades, una para cada párroco y otra para la entidad que ha financiado el inventario.

Respecto del trabajo de campo realizado en La Palma, con una duración de tres semanas, “fue intensísimo”, destacó Alberto Darias. “Cuando hay que desplazarse a otra isla, como sucedió en este caso, el trabajo es exhaustivo. Se come cuando se puede, y se está donde se puede, de modo que cuando no se puede estar en el templo, se pasa a la sacristía o a las dependencias anejas para no interrumpir el culto”.

Por último, además de reiterar su gratitud y la del equipo que ha dirigido al consejero de Infraestructuras del Gobierno de Canarias y a la empresa pública GESTUR, el profesor Darias dijo, además, que “todo este trabajo fue posible en este corto período de tiempo, al contar con la generosidad del Cabildo Insular y los ayuntamientos donde se encuentran las respectivas parroquias. Sin ellos, que fueron los que nos facilitaron la logística de toda la operación, no sólo hubiera sido más difícil sino que se hubiera dilatado considerablemente”. Por ello, el equipo quiere agradecer el apoyo recibido de los respectivos concejales de Cultura, así como el consejero de Cultura del Cabildo Insular de La Palma. “Sin menoscabar a otras campañas realizadas hasta ahora -concluyó-, hemos de confesar que, al menos hasta ahora, en ningún otro sitio nos hemos encontrado con tantas facilidades como las recibidas en la Isla de La Palma”.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 22 de abril de 2007

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Alberto Darias Príncipe, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna