Juan Carlos Díaz Lorenzo (*)

A finales del siglo XIX, en EE.UU. comenzaron los movimientos a favor de una actividad colonial, en consonancia con los ensayos de Alfred Thayer Mahan, que exponía con claridad la necesidad de contar con una serie de bases navales y una flota potente para llevar adelante una política de penetración en los mercados extranjeros mediante formas de colonialismo. Una actuación de este tipo contaría con el apoyo de los productores americanos, interesados en la ampliación de mercados, un objetivo perseguido en el plano comercial por la National Association of Manufacturers, que se dedicaba al envío de agentes propios y a la apertura de escalas marítimas en Asia y Sudamérica. 

La intervención en Cuba en 1898, la ocupación de Puerto Rico y el archipiélago de Hawai, la adquisición a Dinamarca de las islas Vírgenes; el control de Santo Domingo y Haití y los desembarcos militares obedecían, sobre todo, al objetivo básico de garantizar las inversiones norteamericanas en el exterior, las cuales, en efecto, se multiplicaron por siete entre 1900 y 1914, en que pasaron de 500 a más de 3.500 millones de dólares. Los sectores hacia los que se orientó el capital norteamericano fueron los del cultivo de la caña de azúcar, las construcciones ferroviarias, la especulación inmobiliaria y la prestación de servicios, el cultivo de tabaco y la explotación de yacimientos mineros. 

Fachada principal del Capitolio de Puerto Rico

Para el ejercicio de su propia política imperialista, la Administración norteamericana recurrió a la creación de territorios dotados de amplias facultades de autogobierno (Alaska, 1912; Puerto Rico, 1917) y el establecimiento de posesiones, equiparadas a estados coloniales bajo la tutela directa de Washington, a excepción de Panamá, cuya autoridad política estaba en manos de un funcionario del Departamento de la Guerra. 

En la estructura del sistema colonial norteamericano juegan un papel particular las Filipinas, su base de penetración más importante en el Pacífico. Haciendo frente a la guerrilla, el Gobierno de EE.UU. se empeñó por todos los medios en una demostración de eficacia, progreso y orden social, en un marco de actuación en el que se inscriben la fundación de la Universidad de Filipinas y la puesta en práctica de una política urbanística que utilizó en la planificación urbana los modelos más actualizados de la propia metrópoli. 

Los planes urbanísticos preparados por la administración americana afectaron principalmente a la capital central, Manila, sede del gobierno, y a la capital de verano, Baguío. Para llevar a cabo esta tarea, el Departamento de la Guerra del gobierno Roosevelt designó al más célebre urbanista de la época, Daniel H. Burnham[1], coordinador y coautor de la World’s Fair de Chicago de 1893. 

En el plan para Manila, Burnham incorporó los elementos españoles preexistentes, disponiendo un sistema de parques lineales para la salvaguarda de la ciudad antigua, a la que se unió el nuevo centro, con el plan ya probado de una esplanade que luego enlazaría hacia el interior con la estación, solución que ya se había experimentado en Washington. La ciudad se organizó mediante una serie de ejes y focos, de acuerdo a las propias reglas del movimiento de la ciudad bella, de la que Burnham era su intérprete más acreditado. Tras la partida de Burnham, el arquitecto William Parson se encargó de la ejecución de los dos planes y prosiguió la actividad de planificación urbana en las Filipinas[2]

Pese a la resistencia del Imperio chino contra la penetración extranjera, a partir de 1842, cuando finalizó la guerra del opio mantenida contra Inglaterra, se abrieron una serie de puertos que permitieron la penetración comercial europea (Shanghai, Cantón, Tien-t’sin, entre los más importantes), así como otros puntos en el interior (Nankín y Hang-Cheu), que llevaron aparejadas concesiones de extraterritorialidad y la reducción de las barreras aduaneras. 

Aduana y antiguo Banco de Hong Kong y Shangái en el Bund

La presencia de los emporios extranjeros –“verdaderas cuñas del imperialismo occidental incrustadas a la fuerza en el interior de una estructura social esencialmente estática, basada en las actividades agrícolas”, señala Paolo Sica[3]– desencadenó un fatal proceso de disgregación y de transformación de la antigua sociedad china. En las grandes ciudades se producen elevados índices de crecimiento. Algunas de estas escalas comerciales, a finales del siglo XIX, eran ya ciudades populosas. En 1865, Shanghai se aproximaba a los 700.000 habitantes y en 1910 superaba el millón en 1910. 

Los puertos libres de China acusaron la presencia masiva de las instituciones y de la cultura europeas, junto a los modos viejos y nuevos de urbanización de las clases subalternas locales. En Shangai surgieron los equipamientos europeos en torno a la concesión, y a su abrigo se consolidaron los populosos y hacinados barrios chinos. 

La concesión internacional estaba administrada por un consejo municipal elegido exclusivamente por los propietarios extranjeros. La gestión presentaba una feroz parcialidad que gravaba la explotación colonial, contándose el caso, por ejemplo, de que el impuesto anual sobre los bienes inmuebles que se aplicaba a los europeos giraba en torno al 0,5-1% del valor en renta de aquellos, mientras que el tipo que se aplicaba a los chinos llega casi al 8 %. 

En virtud de la extraterritorialidad, los ciudadanos extranjeros tan sólo respondían de sus actos en vía penal ante las autoridades consulares de su respectivo país. A pesar de estas gravosas limitaciones, la floreciente actividad comercial de la concesión europea de Shangai provocó una elevadísima afluencia de proletariado indígena hacia la ciudad[4]

En Hang-Cheu se abrió una concesión inglesa en 1861, seguida de otras concesiones franceses, rusas y alemanas en 1896, incluso de una concesión japonesa en 1898. En dicho año Alemania consiguió que China le cediera por 99 años la escala de Kiao-cheu, y transformó el vecino puerto de Tsing-tao en un emporio económico. 

Tras la guerra con Rusia, Japón conquistó la parte meridional de la isla de Sajalín, la concesión de Port Arthur y la ciudad de Dairen (Ta-lien, ya planificada anteriormente en forma europea por los rusos entre 1898 y 1904) y luego, en 1907, Corea. En 1932 Japón unificó Corea y parte de Manchuria pasó a formar del nuevo estado de Manchukuo. 

(*) Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Notas

[1] Daniel Hudson Burnham (1846-1912) fue uno de los más destacados arquitectos y urbanistas de su época en EE.UU. Dirigió los trabajos de la Exposición Internacional de Columbia y diseñó diversos edificios, entre ellos el Flatiron Building de Nueva York y el Union State de Washington.

[2] Fieldhouse, David. Op. cit.

[3] Sica, P. Op. cit.

[4] De los 250.000 habitantes censados en torno a 1870, superaba el millón en 1910 y ascendía a tres millones a comienzos de 1930.

Fotos: MT Meléndez y Mr. Tickle

Bibliografía principal 

Benevolo, Leonardo. Orígenes del urbanismo moderno. Celeste Ediciones. Madrid, 1994.

Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII. Historia Universal Siglo XXI. Siglo XXI Editores. Méjico, 2002.

Kostof, Spiro. Historia de la arquitectura (3 volúmenes). Alianza Editorial. Madrid, 1988.

Patetta, Luciano. Historia de la Arquitectura. Antología crítica. Editorial Hermann Blume. Madrid, 1984.

Sica, Paolo. Historia del Urbanismo. El siglo XIX. Vol. II. Instituto de Estudios de Administración Local. Traducción de Joaquín Hernández Orozco. Madrid, 1981.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Las razones que impulsaron a Italia a intervenir en la carrera colonial fueron, sobre todo, de índole política. La búsqueda de la propia “campiña mundial” en las tierras de ultramar resultó prematura para el capitalismo italiano. El objetivo de la conquista había que considerarla, en el plano psicológico, en la necesidad de obtener para la producción interior mercados no saturados y materias primas a bajo coste, cuando en Europa se había vuelto, a finales de los años sesenta, al proteccionismo económico. 

Sin embargo, las áreas por las que optaron los italianos –Etiopía y Libia– y todo el debate de precedió y acompañó a las actuaciones del gobierno Crispi “vinieron a demostrar –explica P. Sica– que la política colonial aparecía dictada por una voluntad de mantener y reforzar el prestigio y el peso político de Italia, que si bien no era despreciable dentro del marco de las relaciones europeas, desde luego no aparecía garantizado en modo alguno por su importancia concreta como potencia económica, que era, por el contrario, totalmente secundaria”[1]

Cuando se perdió la oportunidad en 1881 de conquistar Tunicia, Italia arrebató a los egipcios la ciudad de Masaswa en 1885. Dos años después las tropas italianas avanzaron hacia el interior, pero se vieron frenadas en Dogali. A la ocupación de Asmara en 1889 siguió un año después la proclamación de Eritrea como colonia italiana, que Italia conservó, junto con Somalia septentrional, incluso después de la derrota de Adua en 1896. 

Fachada marítima de la ciudad de Massawa

Las relaciones mantenidas con las primeras bases coloniales y la extensión de la actividad financiera internacional llevaron a la formación de intereses concretos en el Mediterráneo. El Banco de Roma, fundado en 1880, amplió el radio de acción de sus actividades hasta llegar a obtener concesiones mineras en Libia y el establecimiento de una sucursal en Trípoli en 1907. A comienzos de siglo se acentuó la actividad de los grupos de presión que pretendían que Italia se asegurarse la posesión de Libia. 

Siguiendo las huellas de los teóricos franceses –como Leroy-Beaulieu, cuya obra, en su versión italiana, se publicó en 1895– se habló sobre la colonización planificada como estadio civil de la emigración. Incluso algunos exponentes socialistas, tras su inicial oposición, terminaron por adherirse a la causa colonial: De Felice, Giufrrida y Podrecca se mostraron convencidos de que Tripolitania, en el plazo de un decenio, estaría en condiciones de acoger, como mínimo, a dos millones de italianos. Antonio Labriola pensó en Trípoli como colonia ideal para el proletariado italiano, apta para absorber los excedentes demográficos del país. 

En 1911, y para prevenir una acción inglesa o francesa, Giolotti se embarcó en la guerra contra Turquía por la posesión de Libia. En 1912 Italia obtuvo el reconocimiento de facto de su soberanía sobre este país (paz de Lausana concertada con Turquía). En Italia es muy escaso el interés por la emigración a las nuevas colonias, a las que hasta 1915 tan sólo se había asentado el uno por cien del total de los emigrantes italianos. 

La mezquista Sheik Hanadi data del siglo XV y fue reconstruida después de 1885

En Eritrea y en Somalia, en el momento de su ocupación, los centros habitados eran poco más que simples embriones de ciudades, grandes poblados a veces formados en gran parte por cabañas. En 1885 Masawwa contaba apenas con 5.000 habitantes, de los cuales poco más de un centenar eran europeos, y más o menos al mismo nivel se encontraba Mogadiscio, el mayor centro somalí. Las intervenciones efectuadas en las dos colonias desde 1895 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial aparecen inspiradas, en la gran mayoría de los casos, por medidas inorgánicas, que aspiran a la creación de algunas infraestructuras elementales. 

En Eritrea se realizó en 1887 un ramal ferroviario desde Masawwa a Saati. Las obras se reanudaron en 1901 con la prolongación de la línea hasta Ghinda, y finalmente en 1911, incluso Asmara (capital de la colonia desde 1900) quedó enlazada al puerto de Masawwa. De 1902 a 1907 actuó en Eritrea el gobernador Ferdinando Martín. Bajo su mandato se construyeron los primeros edificios de mampostería en Asmara, que contaba con 8.500 habitantes en 1905. Pero a pesar de los esfuerzos de Martín, la organización de la colonia seguía siendo bastante precaria[2], y también era débil la incidencia real de la dominación colonial italiana. 

En Somalia, donde la ocupación quedó ratificada en 1894, también se manifestó una escasa actuación por parte del Gobierno italiano, hasta el punto de que en el período inicial la concesión de los puertos se confió a una empresa privada, la compañía Filonardi. La gestión directa de Italia se inició a partir de 1905. En 1908, el Gobierno italiano ordenó redactar un plan de obras públicas, que en la práctica no tuvo éxito, debido a la agitada situación en la que se encontraba la colonia, con frecuentes hostigamientos de las tribus locales. 

Trípoli, en Libia, era un centro urbano de mayores dimensiones, con una población estimada en unos 25.000 habitantes, de los cuales unos cuatro mil eran italianos en el momento de la ocupación. Salvo algunas obras urgentes que afectaron a las instalaciones portuarias y a la ordenación logística, la ciudad no fue objeto de actuaciones urbanísticas programadas hasta 1922. 

Fotos: Reinhard Dietrich y Albert Herring


[1] Sica, P. Op. cit.

[2] Para los intercambios comerciales seguían teniendo valor, hasta la Primera Guerra Mundial, los “thalers” de María Teresa (moneda de plata) acuñados por la casa de la moneda de Viena por encargo de particulares.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

El nacimiento de la ciudad de Dakar, en Senegal, se remonta a 1857, cuando el ministro francés de Colonias autorizó la construcción de un puesto militar en Dakar Point, un promontorio desolado situado frente a la isla de Gorèe, que durante muchos años fue la base más importante de la trata de esclavos. No tardaron en surgir establecimientos comerciales administrados por traficantes europeos, y pronto se abrió también una base de aprovisionamiento para los servicios navales de la flota de Messageries Impériales que hacía la ruta Burdeos-Río de Janeiro.

En 1866 se ampliaron las instalaciones portuarias, y en los mismos años se redactó un plan sumario de urbanización con trazado en cuadrícula, en el que una de las arterias en sentido E-W aparece interrumpida, hacia su mitad, por una plaza destinada a acoger los equipos administrativos. Once años antes, en 1855, el ferrocarril enlazó Dakar con St. Louis, que era entonces la capital de la colonia. Sin embargo, a comienzos del siglo XX la capitalidad pasó a Dakar (1902), atendiendo a su creciente importancia en el tráfico marítimo que se dirigía a América del Sur y por su mismo papel estratégico y comercial dentro del conjunto del África Occidental francesa[1].

Plano de la ciudad de Dakar, fechado en 1863

El puerto de Dakar adquirió una notable importancia comercial para la exportación de caucho y cacahuete, y como base de aprovisionamiento de los barcos en tránsito (con carbón y petróleo de importación), siendo ampliado entre 1898 y 1912. La expansión se produjo hacia el S y el W, sobre una planta improvisada que surgió de los elementos preexistentes, organizada en base a algunas diagonales y algún nudo de descomposición de las mismas.

Con las nuevas funciones asumidas por la ciudad, la estructura urbana se aclaró siguiendo la típica jerarquía colonial, en presencia de una pluralidad de funciones y de grupos multirraciales. En las zonas bajas noroccidentales se concentra  la residencia negra, en la denominada medina, creada para eliminar las bolsas de residentes africanos dentro de la ciudad europea, una parcelación elemental carente casi por completo de urbanización primaria. 

Una colonia de comerciantes sirios, interesados en explotar el mercado indígena, se incrusta entre la medina y los barrios europeos, que se extienden, en cambio por las zonas meridionales, en mejor posición, con sus 6.000 residentes franceses, en las inmediaciones  de las áreas de la colina ocupadas por los edificios del gobierno y de la administración.

En el período de entreguerras, el papel estratégico de Dakar se reforzó considerablemente al convertirse en centro de comunicaciones internacionales, con dos aeropuertos y el amarre de los cables submarinos telegráficos de enlace con Brasil, Francia (Brest) y las costas de Guinea. Dakar también se convirtió en lugar de suministro de capitales, como sede principal de las actividades del Crédit Foncier en el África Occidental francesa[2].

Entre otras ciudades coloniales importantes del África francesa figura Abidján, en la Costa del Marfil, que vino a sustituir en 1934, tras su florecimiento económico, iniciado alrededor de 1910, a las dos capitales anteriores del país, Grand-Bassam y Bingerville. Un plan de 1926 marcó la transición de la pequeña ciudad residencial-administrativa, que pasó a convertirse en gran ciudad portuaria e industrial. Lyautey actuó también durante un tiempo en Madagascar, ocupándose, entre otras cosas, del plan de Ankazobé. Más tarde se elaboró, asimismo, un plan para Tananarive.

Otras colonias francesas 

Con el mandato francés sobre Líbano y Siria (1920 y 1921), que vino a sancionar una influencia occidental de varios decenios, se reforzaron en los centros mayores, sobre todo en Beirut y Damasco, las tendencias favorables a formas de urbanización de tipo occidental. Incluso antes del mandato francés, se habían producido algunas intervenciones urbanísticas modernas, más o menos dispersas (place de l’ Etoile), debido a la penetración difusa de instituciones europeas, y también se había producido la formación de bulevares exteriores en torno a la ciudad vieja.

En Damasco, las primeras actuaciones interiores tuvieron lugar en 1878 bajo la administración de Midhat Bajá, seguidas de otras realizaciones llevadas a cabo en tiempos del gobernador turco Djemal Bajá durante la Primera Guerra Mundial. En tiempos de los franceses, al W de la parte vieja se levantó el centro administrativo, y a continuación de éste se extendieron los barrios europeos. Las influencias occidentales aceleraron la evolución de la ciudad, lo que provocó la degradación de los barrios viejos situados en torno a los monumentos religiosos más importantes.

También tiene una importancia notable la obra de planificación iniciada por los franceses en Indochina (Vietnam y Camboya) incluso antes de 1900. Las ciudades grandes, donde se concentra la población europea, se caracterizan por el establecimiento de una separación planificada de los barrios residenciales franceses respecto de los barrios vietnamitas. Hanoi, tomada por los franceses en 1882 y ocupada definitivamente en 1888, presenta una estructura cuyos elementos principales están constituidos por los nuevos barrios residenciales europeos, por el núcleo indígena y la ciudadela. En Saigón, la composición socialmente diferenciada de la ciudad se vio reforzada por la presencia del vecino centro de Cholon, el más populoso de los asentamientos chinos en Indochina.

Sede del Ayuntamiento de la ciudad de Saigón, actual Ho Chi Minh

Utilizando como pretexto la defensa de los católicos indochinos contra la represión de Mihn-mang, los franceses tomaron Saigón y sus alrededores en 1859, Camboya en 1863, la Conchin China en 1867, Annam y Tong-kin en 1883 y finalmente Laos, estableciendo uno delos regímenes coloniales más duros de la historia, donde cualquier signo de rebelión era aplastado. La Indochina Francesa se formó en 1887 con Annam, Tong-kin, Cochin China y República de Khmer. Laos se agregaría en 1893. La Federación duró hasta 1954, con capital en Hanoi y controlada por Francia a través de los emperadores.

Cuando finalizó la Primera Guerra Mundial se dio un nuevo impulso a la planificación urbanística con la intervención del especialista Hébrard, quien a partir de 1921 elaboró sucesivamente los planes para Hanoi, Saigón, Cholon, Haiphong, Dalat y Phnom-Penh (en Camboya), de importación exquisitamente académica, a excepción del proyecto correspondiente a la ciudad “climática” de Dalat, en el que prevalecen los criterios del asentamiento extensivo, con una mejor adaptación a los caracteres del paisaje.

Menos importancia tienen las colonias menores del Imperio francés, en las que, sin embargo, no faltan momentos de racionalización y promoción de los centros administrativos crecidos espontáneamente en las primeras fases de la colonización. Constituye una excepción la fundación planificada de Nouméa (1854), en Nueva Caledonia, sobre una planta en cuadrícula, destinada a constituir el principal núcleo de la isla y el puerto de exportación de los productos locales[3].

Fotos: Ed. Maurice Culot and Jean-Marie Thiveaud, Institut Français d’architecture, Mission des travaux historiques de la Caisse des dépôts et consignations; Architectures Françaises: Outre-Mer; Pierre Mardaga éditeur, Collection VillesDiego Delso.


[1] A partir de entonces, la ciudad comenzó a experimentar un intenso crecimiento de población, que pasó de 25.000 habitantes en 1914, a 30.000 en 1926 y a 100.000 en 1940.

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002

[3] Op. cit. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

En Francia, el debate en torno a la colonización se distingue por la tentativa de sistematizar sus distintos aspectos, con la búsqueda de una base teórica para el fenómeno, si bien las diversas posiciones asumidas por los interlocutores aparecen influenciadas –más que en Inglaterra– por los conflictos políticos que agitan entonces al país. En el momento de la conquista de Argelia se planteó la conveniencia de contar con un programa de colonización racional. A raíz del protectorado de Tunicia, en 1881 y los sucesivos de Annam, en 1883 y Camboya, en 1884 y el establecimiento de nuevas bases en el África Occidental, la iniciativa nacional tuvo que ser definida con más precisión y convenientemente potenciada.

El más decidido defensor del colonialismo de tipo económico, basado en un amplio empleo de capitales, fue el diputado Jules Ferry, proveniente de la región de los Vosgos, una región de alto desarrollo industrial. En sus discursos ante la Cámara, a finales de los años ochenta del siglo XIX, Ferry exponía las ventajas que derivan de un imperio colonial, basándolas en las “salidas” que éste proporciona al capital, con índices de beneficios muy superiores a los que son posibles en la metrópoli, que se encontraba en progresiva erosión por efecto de la creciente organización política y sindical de los trabajadores, considerando, además, que los grandes progresos experimentados por la navegación a vapor permitieron conseguir una fuerte reducción de los costes de transporte.

Representación pictórica de la toma de Sfax en 1881

En 1892, Eugène Etienne, delegado por los residentes franceses en Orán, lideró en la Cámara a un “grupo colonial” –que después se llamaría Partido Colonial– que reunió a todos los diputados que se mostraron a favor de una vigorosa expansión de la política de conquista de nuevos territorios. En los últimos años del siglo XIX, el enfoque de los fines de la colonización fue motivo de numerosos estudios por parte de economistas y de políticos militantes. Además de una praxis concreta, se buscó también una justificación ético-racional para todos los aspectos relacionados con el problema.

Justificando el rechazo de la uniformidad legislativa francesa con la necesidad de aplicar criterios más flexibles y adecuados a las circunstancias impuestas por las peculiaridades culturales de los pueblos sometidos, se desarrollaron los principios de la escuela anti-asimilacionista que tuvo como exponente más autorizado a Jules Harmand, un médico y diplomático residente durante muchos años en Indochina, autor de la obra titulada Domination et colonisation, escrita en 1910.

Para Harmand, la asimilación no era otra cosa que una mera supervivencia de la ideología de la revolución del 89, de modo que convenía, por el contrario, dejar a los gobernadores locales un amplio margen de poder decisorio, excluyendo toda posible extensión de la representación parlamentaria o electiva a los indígenas, proceder en las relaciones con los pueblos sometidos a través de organismos consultivos de notables y, de hecho, asegurar a Francia el máximo posible dominio político y de explotación económica.

No se podía subestimar la importancia que tiene este bagaje ideológico en el momento de influir sobre las actividades administrativas y la política urbanística adoptada por los gobiernos coloniales, tanto en los territorios considerados como una extensión departamental de la nación francesa, caso de Argelia, como en los protectorados (Túnez y Marruecos) y en las colonias (África Occidental, etc.), donde la separación entre las dos culturas y la dominación se produce en el marco de una “política de asociación” y de asimilación selectiva.

Partiendo de una base constituida en la primera mitad del siglo XIX (Argelia, 1830), el Imperio francés se fue ampliando, entre 1880 y 1910, con los protectorados de Tunicia (1881) y Marruecos (1911) y con la expansión en el África Occidental francesa (1893-1903) y en el Océano Indico (Madagascar, 1896). En el Mar de la China, Francia se aseguró en los años ochenta del siglo XIX una parte de la península indochina. Después de la Primera Guerra Mundial, los franceses sustituyeron a los alemanes en Camerún y Togo, que pasaron a integrarse en el África Ecuatorial francesa y asumió el mandato colonial sobre Siria.

Mapa de la Argelia francesa (1877), por Alexandre Vuillemin (1812-1880)

El proyecto francés para los territorios de ultramar respondía a la idea de formar un bloque compacto colonial africano, desde las colonias mediterráneas hasta el Atlántico. A ese objetivo se refiere la política de las infraestructuras viarias y ferroviarias, con el establecimiento de la espina dorsal en sentido E-W en el África del Norte, a la que se enlazan los ramales y derivaciones intersaharianos hacia el interior, teniendo a unirse a las líneas de comunicación que se irradian hacia el E desde Dakar, para entrelazar entre sí los territorios del Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Mauritania, Sudán, Alto Volta y Níger.

Tras las primeras conquistas de 1830, Francia logró el control casi completo de Argelia en torno a 1847 –a excepción de la Kabilia, que sería sometida en los años sesenta–, pagando un alto precio en las largas luchas contra el emir Abd el-Kader. La que luego sería ciudad capital de la colonia y del país, Alger, fue conquistada por los franceses el 14 de junio de 1830 y habría de mantenerse como colonia durante más de 132 años, hasta su independencia en 1962.

Los nuevos territorios pasaron a formar parte de la nación francesa, quedando divididos en tres departamentos: Argel, Orán y Constantina. Con su obra de fomento en Argelia, Francia, sobre todo en tiempos de la III República, mantuvo una política de colonización agrícola, que obtuvo buenos resultados en el área de Mitidja (departamento de Argel), en la llanura del Chélif (departamento de Orán) y en la región de Constantina. Las actividades industriales se consolidaron, sobre todo, en el área de Bona.

Jefes y oficiales de los Bureaux Arabes

La creación de los denominados Bureaux Arabes tenía el objeto de reunir y fijar las poblaciones nómadas, rebeldes al trabajo organizado, en asentamientos estables, capaces no sólo de garantizar una mayor seguridad al ejército de ocupación, sino también, y sobre todo con vistas al futuro, favorecer la completa sumisión política y cultural y de habituar a la población a las nuevas relaciones de producción impuestas.

Los poblados creados por los franceses, las smalas, eran poco más que grupos nómadas establecidos en campamentos, llamados a convertirse en el tiempo en conjuntos edificados de mampostería. En la campiña que rodea la smala cada grupo familiar recibía una amplia parcela de terrenos cultivables, que debían estar dotadas de una escuela y las necesarias instalaciones agrícolas. Los poblados, trazados en cuadrícula conforme a los hábitos militares, reflejan el establecimiento de una jerarquía que tendía a crear la sumisión de las tribus al caíd, responsable del orden, y a través de éste a las autoridades militares francesas.

El acantonamiento de los nativos en las smalas bajo el control militar no era más que el primer paso para la introducción del régimen librecambista de la colonización civil. Los colonos, que afluían paulatinamente desde el viejo continente, aspiraban a privatizar las tierras sin restricción alguna y sin tener en cuenta a los indígenas, lo que en la práctica comenzó a suceder a partir de 1860. Al mismo tiempo, el Gobierno francés llevó adelante las obras necesarias para el desarrollo de la gestión centralizada del territorio. La construcción de puentes y carreteras se le encomendó al comandante Bugeaud, que ya había intervenido en París en la represión de los movimientos sediciosos de 1834.

Acceso al cuartel de la Legión extranjera en Sidi-Bel-Abbés

La organización militar estaba basada en la presencia francesa en una red de puntos clave fortificados, cuidadosamente estudiados por los ingenieros militares, aunque preparados también para acoger a un posible asentamiento civil. Así nacieron los puestos militares de Philippeville (1838), Orléansville (1843), Sidi Bel Abbès (1843, ciudad fortaleza dotada de amplias zonas residenciales, de planta en cuadrícula), Biskra (en la que el fuerte francés está construido sobre una pequeña kasbah musulmana y la ciudad nueva cuenta con un trazado regular en cuadrícula), Boufarik (campo militar adyacente a la cuadrícula) y Sétif. A las formaciones urbanas árabes preexistentes en Bou Saada, Mostaganem, Mascara y Constantina, se añadieron nuevos núcleos europeos. Algunos centros europeos se desarrollaron rápidamente, caso de Bona y Orán. Sin embargo, las mayores intervenciones directas se produjeron en Argel, la ciudad más importante del África mediterránea francesa.

En sus inicios, la administración de Argel estuvo condicionada por necesidades de orden estrictamente militar[1] y tal condición hizo fracasar los planes de expansión más allá de la ciudad árabe. La continua afluencia de franceses originó la formación del núcleo inicial de un barrio europeo, en el que se establecieron las funciones administrativas. En 1846, un primer plan de alineaciones aseguró el enlace de los nuevos barrios con el puerto, mientras el desarrollo de las zonas suburbanas se dejó en manos de la actividad privada.

La ciudad consiguió recuperarse durante el Segundo Imperio. Para ello se reforzaron las estructuras portuarias, se construyó el ferrocarril y se volvió a iniciar la expansión hacia el S de acuerdo con una serie de programas sucesivos. En torno a 1860 surgió la ciudad burguesa-europea, con la construcción de una serie de elementos principales de carácter monumental, como la catedral de St. Philippe (1845/60), el Teatro de la Opera (1853), reconstruido en 1883.

En 1860, con ocasión de la visita de Napoleón III, se dio una ordenación acabada a la promenade marítima, fase en la que la ciudad añadió a sus funciones militares y de mando de la colonia, las propias de su condición de nudo comercial para el intercambio de productos con Francia. Mientras tanto, con el aumento a fines de siglo del número de los residentes franceses[2] se potenció considerablemente la inversión inmobiliaria. Entonces la ciudad rompió sus límites militares y se extendió por todo el arco sur de la costa.

Plan Obus de Le Corbusier para Argel (1933). No se llegó a poner en marcha

Entre las propuestas formuladas en los años treinta, han de citarse también las geniales elaboraciones de Le Corbusier (asentamiento de Oued-Ouchaia, 1933/34; el edificio de apartamentos de 1933, el rascacielos en el barrio de la Marina de 1938/42 y, sobre todo, el proyecto Obus, de 1930/34) que, en lo sustancial, confirmaron la toma de posesión y la dominación europea sobre la ciudad árabe. De este período es también la ordenación del boulevard Foch, obra de los urbanistas Guiauchain y Rotival, a los pies del edificio del gobierno general, construido en 1930, consecuencia de la configuración de un nuevo centro administrativo y financiero, al W del núcleo histórico.

En la ciudad de Bona, las primeras ordenaciones se remontan al período comprendido entre 1833 y 1840, con el trazado de las calles principales por parte de las autoridades militares para facilitar los enlaces entre la kasbah, los primeros asentamientos y el puerto. Con su enlace a la línea ferroviaria Argel-Túnez (1852), la ciudad experimentó un período de fuerte crecimiento económico (1880-1890), seguido de un segundo ciclo favorable, después de 1900[3], que se prolongó más allá de la Primera Guerra Mundial. Bona era la típica ciudad de control y de explotación de las actividades productivas del interior -minas de cobre, plomo y zinc, producción agrícola y ganadera- y se caracteriza por la activa presencia de numerosas empresas productivas[4].

La ocupación de Tunicia no tuvo el carácter militar característico de los primeros años de la dominación francesa en Argelia. Las circunstancias que llevaron a la inclusión del país en el ámbito colonial francés fueron diferentes. La originaria penetración económica, es decir, los empréstitos financieros concedidos a los soberanos locales, sirvieron de pretexto para ir adquiriendo un control que no tardó en convertirse en protectorado. La base económica fundamentada en la agricultura y el pastoreo siguió siendo, durante los años de la influencia francesa, la característica predominante del país, con la única excepción de la industria extractiva de fosfatos y una producción local de objetos de uso corriente.

Vista parcial de la Avenida Jules Ferry, en una imagen de 1954

Las formas de urbanización ponen de manifiesto el impacto prepotente de la civilización occidental. En Túnez y Bizerta se produjo la adicción directa, sin mediaciones, de las formas de la ciudad europea a la ciudad indígena. En el primer caso, en torno a la solución básica de un gran bulevar arbolado y en el segundo, con la formación de un quadrillage con la plaza central y arterias diagonales. En Susa, en cambio, las instalaciones portuarias y los nuevos asentamientos europeos dejaron intacta la kasbah, mientras que en Sfax se produjo una duplicación del asentamiento. Durante años permanecieron prácticamente intactas las ciudades situadas hacia el interior, entre ellas la histórica Kairouan.

En Túnez, el crecimiento que provocó la masiva presencia del elemento europeo se canalizó en un tejido regular ortogonal en contraste con el casco antiguo de la medina, a la que se adhirió sin mediaciones. Los ejes temáticos de la ciudad nueva, que guarda relación longitudinal con las estaciones ferroviarias, tienden de forma ortogonal a enlazar con el tejido antiguo, caso de la Avenue de France y la Avenue Jules Ferry, en dirección E-W, y la Avenue de Carthage y la Avenue de París, en dirección N-S. La medina se cualifica como centro residencial y comercial árabe, con predominio de los servicios y los empleos terciarios, a diferencia de las zonas residenciales externas, habitadas por el proletariado industrial de la inmigración.

Al igual que sucede en Argel, la intervención europea se aprecia mucho en la organización urbana. En 1885 la ciudad de Túnez contaba con una línea de tranvías con terminales suburbanas. En 1902 el tranvía eléctrico cubría una longitud total de 30 km. Unos anos antes a la Segunda Guerra Mundial se inició la formación de barrios residenciales en respuesta a la demanda creada por la rica burguesía europea y local.

Fotos procedentes de varias páginas de internet relacionadas con Argelia y Túnez.


[1] Un proyecto de 1840, llevado en parte a la práctica, daba un tratamiento a la ciudad considerándola una plaza fuerte.

[2] Se estima que en 1896 eran 123.000 personas.

[3] La cifra de población, que era de 18.000 habitantes en 1872, ascendía a 40.000 en 1900.

[4] Entre ellas figuraban la Union Agricole de l’Est, Tabacoop (monopolio del cultivo del tabaco en los distritos de Bona, Guelma y Philippeville), Tomacoop (conservas), Frigécoop (carnes congeladas) y Cotacoop (algodón).

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Egipto, provincia del Imperio otomano hasta 1914, estaba desde 1882 bajo el control directo de Inglaterra, en forma de protectorado, hasta que consiguió su independencia política en 1922. La creciente influencia europea a partir de la apertura del canal de Suez, vino marcada por la afluencia de capitales y técnicos extranjeros, sobre todo ingleses y franceses. A comienzos del siglo XX los ingleses llevaron a cabo importantes obras para el riego y la explotación de algunas zonas agrícolas. Entre otros hitos significativos figura la construcción de la primera gran presa de Asuán[1], iniciada por los británicos en 1899 e inaugurada en 1902.

En las grandes poblaciones del país, el reforzamiento de la presencia europea y las ambiciones de los notables otomanos provocaron reestructuraciones y nuevas formas de crecimiento, junto a las cuales hay que señalar la creación de las ciudades de fundación europea vinculadas a las obras del canal.

Sede de la Autoridad Portuaria del Canal de Suez (1895)

La ciudad de Alejandría ya se había desarrollado con anterioridad a 1882. Entre 1897 y 1900 se llevó a cabo la ordenación de la Grande Corniche, el paseo marítimo en forma de media luna. Ismailía se creó en 1861 en el canal de Suez para albergar los almacenes y depósitos generales, la dirección administrativa y los demás servicios de la compañía, de acuerdo con un plan del ingeniero francés Le Grand, casi al mismo tiempo que Port Said. A estas dos nuevas ciudades se añadiría Port Fuad, en 1925, situada en la orilla asiática del canal, frente a la anterior. Sin embargo, las obras de mayor envergadura serían las que se llevaron a cabo en El Cairo, en la que sus dirigentes trataron de transformar en ciudad de impronta europea.

Las actuaciones de renovación urbana se iniciaron bajo la administración de Ismaíl Bajá, jedive de Egipto de 1862 a 1879. En 1865 se realizó la ordenación de la plaza de Ezbekieh de acuerdo con el proyecto de los franceses Barillet y Delchevalerie, mientras que en los últimos decenios del siglo XIX se abrieron nuevas arterias en la ciudad musulmana, demoliéndose los barrios más pobres y aislando el bazar y las mezquitas.

La construcción del ferrocarril permitió fijar las áreas industriales y contribuyó a definir las partes urbanas y suburbanas, construidos a la inglesa, de Hélouan y Kasr-el-Doubara (Garden City), este último levantado junto a la zona directiva central. Hacia finales de siglo se produjo en estas áreas una extraordinaria fiebre edificatoria, que habría de prolongarse hasta 1907.

La rápida sustitución de la antigua estructura urbana reflejó, además de la incontrolada especulación, el proceso de transformación social y productiva, con la pérdida progresiva de las viejas funciones, a excepción de algunos núcleos de residencia musulmana que sobrevivieron, a los que luego fueron agregándose nuevos barrios populares, a los que accedieron los campesinos del interior del país.

Fachada trasera del palacio del barón Empain, en la nueva Heliópolis

Sin embargo, el episodio más significativo y singular de la penetración económica y de la presencia europea en Egipto es la iniciativa que llevó a la construcción de la nueva Heliópolis. Su punto de partida figura en la existencia, a comienzos del siglo XX, de una demanda residencial europea que no encontraba una oferta ambiental adecuada en la capital, densamente poblada y carente de servicios higiénicos eficaces, donde el mismo abastecimiento de agua potable era muy precario.

La iniciativa se debió por entero a un empresario privado belga, el barón de Empain, que intuyó las posibilidades de mercado que podría ofrecer una ciudad residencial dotada de todos los servicios modernos, situada a una distancia menor a 10 km de El Cairo y enlazada con la capital mediante un sistema de comunicaciones rápidas.

En 1905, Empain fundó una sociedad financiera, Cairo Electric Railways & Heliopolis Oases Company, y compró a bajo precio del propio Gobierno egipcio, en fases sucesivas, casi ocho mil hectáreas de terrenos de desierto junto al lugar donde en la antigüedad se levantó la ciudad santa de Heliópolis descrita por Herodoto.

El plan previsto adoptó una planta general de tipo académico, mientras el uso del suelo se reguló conforme a los módulos típicos de las parcelaciones para edificaciones aisladas, de aprovechamiento más bien intensivo, y más raramente en formaciones siguiendo a una cuadrícula, subrayando también así el propósito de diferenciar el ambiente en cuestión respecto de la edificación típica de las ciudades árabes.

Título de una de la compañía fundada por el barón de Empain

Salvo la iglesia, situada en posición central y dominante, los edificios públicos no tienen peso específico alguno en la concepción urbana del conjunto. La ciudad está dividida en zonas diversas, que van desde edificios de comunidades a los hotelitos independientes, y reproduce una colonia europea, con los estratos económicos y sociales correspondientes.

Un inmenso hotel de 500 habitaciones y grandes salas de reunión, proyectado por el arquitecto belga Jaspar, formó parte desde el principio de la operación comercial diseñada por Empain. La ciudad tiene desde 1910 un tranvía eléctrico, estando dotada, además, de numerosos equipamientos deportivos típicamente ingleses, como un gran hipódromo, un campo de golf, un campo de polo, piscinas, etc.

En el caso de Bagdad, las obras anteriores a la fecha en que los ingleses asumieron el mando del país, se compendian en la demolición de las murallas defensivas, llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XIX, en la ordenación ferroviaria y, sobre todo, en la apertura del eje viario interno de Ar-Rashid, paralelo al Tigris, construido en 1916 por deseo del gobernador Jalil Bajá.

En 1938, la administración inglesa ejecutó un nuevo trazado hacia el NE, paralelo al anterior y enlazando con éste mediante dos arcos de círculo terminales. De este modo se precisa la planta longitudinal del centro de la ciudad, comprendido entre el trazado ferroviario y la orilla izquierda del Tigris.

Sobre este sistema se determinó la estructura jerárquica de Bagdad, con los ministerios y la parte administrativa situados en torno a la Estación Norte, con las residencias de los funcionarios establecidas en los suburbios de Waziria y Adhamiya. Al S se encuentra la zona comercial europea. Por la orilla derecha del río se distribuyó la zona edificada más pobre, situada más allá de la Estación del Oeste y del aeropuerto.

En el siglo XVIII, los ingleses tenían en el África Occidental la posesión de Sierra Leona, a la que agregaron, en 1880, Gambia, Costa de Oro y Nigeria. En África Oriental conquistaron el Sudán anglo-egipcio, parte de Somalia, Kenya y Rhodesia, mientras que desde la colonia de El Cabo se apoderaron de Transvaal y de Oranje, lo que provocó la guerra anglo-boer. En el Sudán, bajo el completo control de Inglaterra desde 1899, la ciudad más importante, Jartum, fue objeto de un replanteamiento desde su ocupación por lord Kitchener, aplicándose los módulos urbanísticos corrientes a comienzos del siglo XX.

Plano parcial de Nigeria en 1914, elaborado por Jhon Bartholomew & Co.

En la costa atlántica de África, la colonia más importante era Nigeria, constituida mediante adquisiciones territoriales en el Bajo Níger y resultado de la actuación inicial de una compañía francesa y, a partir de 1879, de la United African Co. A partir de los protectorados de Lagos, Bajo Níger y el territorio de los Oil Rivers, se pasó a la constitución, en 1906, de la colonia de Nigeria meridional, fusionada después con la Nigeria septentrional, en 1914. Las ciudades más importantes eran Ibadán, gran centro indígena y Lagos, donde la presencia europea es más acusada[2]. Otras ciudades menores anteriores a la colonización británica adquirieron importancia como centros de intercambio de productos agrícolas con la llegada del ferrocarril, caso de Kaduna, Kano y Zaria.

En Kenya, territorio del que Inglaterra se hizo cargo en 1895, tras su ocupación por parte de la East África Co., la ciudad más importante es Nairobi, fundada a comienzos del siglo XX sobre el solar del antiguo Fort Smith. Mombasa, puerto de la colonia en el Océano Indico, tenía entonces una población ligeramente superior.

Entre otros territorios africanos colonizados por los ingleses destaca Liberia, cuya capital, Monrovia, aunque formalmente independiente, estaba dominada por el capital norteamericano y se había convertido en un feudo de la compañía Firestone, que controlaba, de acuerdo con las élites locales, 400.000 hectáreas de plantaciones de caucho.

Singapur, la capital de Malasia, concesión de los ingleses en arriendo y convertida después en posesión de la East India Co., y propiedad desde 1867 de la Corona británica, anticipó la formación del protectorado, que se inició en 1874. Otras ciudades importantes en esta época son Kuala Lumpur y Penang.

City of Victoria, Hong Kong, hacia 1891

La formación de la ciudad europea de Singapur se remonta a 1814, con la presencia de suntuosas arquitecturas públicas y privadas en estilos clásicos, en torno a las cuales surgieron después los barrios orientales divididos por comunidades étnicas (musulmanes, malayos y chinos), caracterizados por altas densidades de población, formada por una mezcolanza de numerosos grupos de razas sudorientales[3].

La isla de Hong Kong, ocupada por Gran Bretaña en 1841, al final de la primera guerra del opio, fue cedida por China al año siguiente según lo acordado en el Tratado de Nanjing. Parte de la península de Kowloon –situada al sur de la actual Boundary Street– y la isla de Stonecutters fueron cedidas a Gran Bretaña por los acuerdos de la Convención de Pekín tras la segunda guerra del opio.

La superficie de la colonia aumentó considerablemente con la incorporación a la misma de los nuevos territorios (incluidos New Kowloon y la isla de Lantau), casi 980 kilómetros cuadrados arrendados por 99 años, desde el 1 de julio de 1898 hasta el 30 de junio de 1997. Considerando la escasa población con que contaba en su primer y penoso período de existencia, después experimentó una expansión vertiginosa, debido sobre todo a su condición de puerto franco[4].

Fotos: Abdelrhman 1990, Jasmine Elías, John Bartholomew & Co. Edinburgh y G. William Des Vœux (1903).


[1] El diseño inicial tenía 1.900 m de longitud y 54 m de alto. Sin embargo, en poco tiempo fue necesario aumentar la altura, lo que se hizo en dos fases: de 1907 a 1912 y de 1929 a 1933. En 1946, a consecuencia de amenazas de desbordamiento, se decidió construir una nueva presa a unos seis kilómetros más arriba de ésta. 

[2] En la década de los años treinta contaba con una población de 150.000 habitantes, aproximadamente.

[3] En 1934 alcanzaba la respetable cifra de 525.000 habitantes.

[4] En 1841 tenía 20.000 habitantes, 120.000 en 1862, 283.000 en 1981; 456.000 en 1911 y 1.143.000 en 1931, de los que una parte se concentraban en el núcleo vecino de Victoria.

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

Durante el siglo XIX la presencia colonial británica en la India se amplió mediante la adquisición de nuevos territorios, como Bengala y el Punjab, por medio de anexiones y confiscaciones a los indígenas y entregas pacíficas de los rajáes. En 1857, superada la sublevación de los cipayos, la India quedó bajo el gobierno directo de Inglaterra y en 1876 se constituyó en imperio. Con la aplicación de las orientaciones económicas librecambistas imperantes, la colonia se transformó en un gran mercado inglés y para su desarrollo se hicieron grandes inversiones de capital.

En el sector agrícola se fomentó la extensión de los cultivos de importación en detrimento de los de subsistencia, alcanzando una gran importancia la producción de algodón, que a comienzos de la década de los sesenta estaba muy potenciado debido a la guerra civil en EE.UU., lo que había provocado la interrupción de los suministros norteamericanos a Europa. 

Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XIX, la economía de la India evolucionó hacia una forma mixta, combinando la exportación de materias primas y formas elementales de industrialización. La industria del algodón se desarrolló a gran escala en Bombay, Calcuta se convirtió en el centro de producción del yute, en el territorio de Bengala se explotaron los ingentes yacimientos carboníferos, en Birmania comenzó la extracción de petróleo [1] y en los territorios malayos prosperó la industria del caucho. 

Bombay. Kalbadevie Road (c. 1890)

Al mismo tiempo que se importaron y adaptaron las nuevas tecnologías occidentales, se estimuló la actividad empresarial, lo que permitió, incluso, la integración de los hombres de negocios indígenas, algunos de los cuales alcanzaron posiciones económicas relevantes, como es el caso de la familia Tata, perteneciente a la alta aristocracia hindú, con importantes intereses en el sector algodonero de Bombay, lo que habría de permitirle introducirse en 1902 en el sector metalúrgico y siete años después fundaría la ciudad industrial de Jamshedpur, que pronto se convertiría en un populoso centro productivo. 

Se aprecia, pues, que las actuaciones realizadas en el territorio hindú no eran tanto el resultado de una estrategia teórica preconcebida, como la aplicación de un plan concreto de dominación política y económica. La aplicación del nuevo régimen se consiguió mediante la intervención de las autoridades gubernativas y militares, acuerdos y protección a los principados feudales que aún subsistían, todo con la idea de plegar por la fuerza al acatamiento del nuevo modelo económico, sobre todo en los grandes centros urbanos, a una civilización estratificada por clases y castas y muy atrasada en su desarrollo tecnológico. 

Los mayores esfuerzos se orientaron hacia la construcción del ferrocarril, que se inició con las líneas que enlazaban Bombay y Calcuta con los centros de producción algodoneros, aunque la red inicial se ramificaría muy pronto hasta conformar un sistema nacional. La primera línea férrea de la India, entre Bombay y Thana, tenía 45 km y se inauguró en 1853. Apenas siete años después ya existían 875 km de línea férrea, que sumaban 9.375 km en 1880 y hasta entonces se habían invertido más de 75 millones de libras esterlinas. En 1900, la red ferroviaria sumaba 15.625 km y en 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, era de 21.875 km [2]

El primer tren en la India circuló a partir de abril de 1853

Las capitales provinciales, algunas de ellas establecidas en ciudades costeras como Bombay, Madrás y Calcuta y otras del interior, caso de Allahabad, Lahore y Nagpur, se convirtieron en los principales centros de organización de la presencia inglesa en la India. Con frecuencia, en torno a los nudos coloniales existentes –zonas portuarias, fuertes militares…­­– se desarrollaron los centros de las ciudades y en ellos se establecieron las sedes administrativas, ubicadas en edificios de nueva construcción de estilo europeo, con arquitecturas que seguían las líneas neoclásicas o victorianas. 

En las ciudades de Bombay, Calcuta, Madrás y Rangoon se formaron barrios comerciales dominados por los europeos y también se dio el caso de un claro dominio en aquellos donde se establecieron las instituciones públicas y privadas. Los barrios residenciales obedecían, por lo general, a proyectos definidos de planificación, siendo muy interesantes por su ordenación urbanística, propiciando una clara separación de las aglomeraciones indígenas existentes, que, con el paso del tiempo, quedarían relegados a una posición totalmente secundaria. 

En las zonas preferentes suburbanas se levantaron las villas más ricas y suntuosas, dotadas de todos los elementos de lujo y confort necesarios para la vida en el clima tropical y junto a ellas se reprodujeron los equipamientos específicos del modo de vida inglés, es decir, parques, clubes deportivos, hipódromo para las carreras de caballos, campos de golf y cricket, cuyo acceso estuvo casi siempre vedado a los nativos. 

Para el control higiénico de los barrios indígenas, en 1864 se formaron en las ciudades principales unas comisiones sanitarias, siguiendo así las líneas marcadas por la legislación inglesa promulgada en 1859. Debido a las condiciones, entonces muy precarias, en que se desenvolvían las aglomeraciones urbanas, las primeras medidas adoptadas se referían a los servicios más elementales, como el abastecimiento de agua o la salubridad de las calles más importantes. 

Plano de la ciudad de Bombay (1924)

El cambio de siglo propició la aparición de los Improvement Trusts, organismos de carácter empresarial para el control fiscal y de intervención e independientes de las administraciones municipales. A la constitución del Improvement Trust de Bombay (1898), siguieron los de Mysore (1903), Calcuta (1911), Lucknow (1919), Allahabad (1920) y otras ciudades. Esta doble estructura administrativa no sólo confirmó sino que fomentó la división y separación entre ciudad europea y ciudad indígena. 

Los Improvement Trusts concentraron su interés sobre las áreas urbanas que podían ofrecer las mejores perspectivas de inversión y obtención de beneficios, es decir, casi en exclusiva en las áreas europeas, evitando intervenir en las áreas populares salvo en los casos de las epidemias, frecuentes y desastrosas [3], que determinaban el derribo para el saneamiento de los centros antiguos. 

Un análisis de la situación de la vivienda en 1911 en los barrios marginales de Calcuta, indica que era inferior al 20 % el número de las unidades de habitación que podían considerarse aceptables. En los barrios marginales de Bombay, el 96 % de la población habitaba en viviendas de una sola pieza, mientras que en Karachi el 48 % vivía entonces en cuartos ocupados por veinte personas o más, y otras 23.000 personas habitaban en viviendas ocupadas entre 5 y 19 personas [4].

Junto a las ciudades mayores estaban también los acantonamientos militares y las zonas vacaciones y de ocio de los súbditos ingleses. Los acantonamientos aparecen localizados según las necesidades estratégicas y su planificación seguía rígidos esquemas en cuadrícula, con sectores residenciales dispuestos de acuerdo con las jerarquías del ejército y dotados de equipamientos civiles y militares, figurando con frecuencia, en inmediata continuidad, los núcleos de población civil. 

Las ciudades balnearias de nueva fundación, como Simla, Dalhousie y Darjeeling –localidades administrativas de estancia de los gobernadores de las provincias menores y lugares de descanso estival de la población europea de las ciudades mayores– se construyeron formando edificaciones tipo “bungalows”, entre parques, edificios administrativos e instituciones recreativas y deportivas. La población indígena ocupaba barrios separados, por lo general situados en las partes bajas respecto del asentamiento europeo. 

Panorámica del centro de la ciudad de Calcuta, a mediados del siglo XX

Calcuta, fundada en 1632 como puerto comercial y designada capital de la India en 1757, fue residencia de los gobernadores generales ingleses hasta 1859, y desde ese año y hasta 1911, residencia de los virreyes de la Corona. En la primera mitad del siglo XIX, alrededor de los núcleos originarios de la ciudad –la fortaleza, el puerto, el mercado– se formó el área de control político y administrativo de la capital. 

El histórico Fort William está rodeado del parque Eden Gardens de más de 50 hectáreas, en cuyas márgenes surgen los principales edificios gubernativos y administrativos: el palacio de Gobierno (1803), el Town Hall (1844), la catedral de St. John (1847) y el palacio de Justicia (1872), mientras que en el barrio residencial de Alipur se encuentra la residencia del gobernador (Belvedere). Alrededor del conjunto se extienden otros barrios residenciales, con el amasijo de la Black Town hacia el N y el E, subdividida en 15 barrios por algunas calles mayores y enlazada con la orilla occidental del Hoogly por el puente Houra. La población, estimada en 400.000 habitantes a mediados del siglo XVIII, alcanzó 1.132.000 habitantes en 1921. 

Bombay, fundada por los portugueses en 1534, convertida primero en posesión directa de la Corona (1661) y transferida después a la Compañía de las Indias (1668), se levanta sobre una isla, siendo unida posteriormente de manera permanente con tierra firme. El desarrollo europeo data de 1840, con la fundación del primer banco y la llegada del ferrocarril. En el centro surge el Town Hall, de estilo neoheleno, mientras que la estación principal, bautizada Victoria Terminal, se construyó en estilo neogótico. Desde el fuerte, la iglesia y el puerto, la ciudad europea se extiende hacia el S a lo largo de la península, mientras que en el N se forma la ciudad indígena, cerrada al E por las líneas férreas que rodean el gran complejo portuario. 

En los primeros años del siglo XX vivían en Bombay unos 50.000 europeos, que contaba con una población total ampliamente superior al millón de habitantes [5]. El Improvement Trust local realizó una serie de planes parciales, reconstruyendo áreas degradadas, construyendo calles, imponiendo reglamentaciones y acometiendo una actividad edificatoria de carácter especulativo, situación que se prolongaría hasta 1933, en que se incorporó a la administración municipal, quedando así reunificada. 

Victoria Memoral Hall. Calcuta (1906-1921)

Madrás, situada en la costa de Coromandel, fundada en 1639 por la East India Co. con la construcción del fuerte de St. George, también desarrolló un centro administrativo situado en la desembocadura del río Cooum. Como en Calcuta, entre la fortaleza y la ciudad de Georgetown (Blacktown hasta 1906) se dejó una franja de terrenos libres (Esplanade) e incluso con la expansión sucesiva se mantuvieron una serie de parques que separan los núcleos centrales de los barrios suburbanos de Triplicane y Maylapore, al S; de Pursakawan, al W; de Tandiarper, al N, etc. Los barrios residenciales europeos, de hotelitos con jardín (Egmore, Nungabakam) se extienden hacia el interior [6]

Rangoon fue refundada por los ingleses entre 1850 y 1860, sobre una planta en cuadrícula centrada en torno a la pagoda de Sule, con la arteria del Strand trazada a lo largo de las riberas del río y cuatro arterias mayores paralelas, de más de 30 m de anchura, trazadas a intervalos de 240 m entre sí. De N a S las calles tienen las mismas dimensiones e intervalos, con excepción de la Sule Pagode Road, de 65 m de anchura. 

La actividad económica de la ciudad giró desde un principio en torno al tráfico del arroz, madera de teca y productos exóticos. La ciudad presentaba una mezcolanza de numerosas razas de la India y contaba con una colonia china relativamente numerosa. Con el crecimiento urbano derivado de la fuerte concentración de habitantes [7] y con el reforzamiento del centro comercial en la ciudad vieja, se produjo una descentralización hacia las franjas suburbanas de los principales equipamientos europeos (Universidad, hipódromo…) y de los usos residenciales, que se distinguen, en conjunto, por la constante correlación establecida entre altitud sobre el nivel del mar y status socioeconómico. Rangoon, cuarto puerto del Imperio británico, se convirtió también en ciudad capital en el momento en que Birmania se separó de la India, en 1937. 

Colombo. Queen’s House (residencia del gobernador)

El centro urbano de Colombo, con la vieja fortaleza, la Queen’s House (residencia del gobernador), los edificios gubernativos y la iglesia de San Pedro, se extiende hacia la orilla del Indico. A espaldas de la explanada de Galle Face se distribuye el barrio de los hotelitos habitado por europeos recogido en torno al sinuoso Victoria Park. El mayor núcleo indígena es el barrio de Petthan, al E del núcleo blanco. 

La creación de la ciudad de Nueva Delhi, se debe a la decisión de construir una nueva sede para el virrey, con todos los equipamientos propios del gobierno imperial, autónoma en su estructura urbanística y situada en una zona menos periférica respecto del conjunto del país, abandonando así la vieja capital, Calcuta, después de que ésta quedara como residencia del gobernador de Bengala. 

Las razones que impulsaron al Gobierno de Inglaterra a realizar este gran esfuerzo se encuadró en el momento histórico en el que el país se encaminó hacia la constitución de una Commonwealth llamada a vincular entre sí, a escala mundial, los diversos elementos de un complejo sistema económico y político tutelado por la metrópoli. 

El 12 de diciembre de 1911, el rey de Inglaterra Jorge V proclamó el traslado de la sede del Gobierno indio desde Calcuta a su nuevo emplazamiento. La comisión designada para situar el área que resultase más adecuada para el nuevo asentamiento –de la que formaba parte el arquitecto sir Edwin Lutyens– se pronunció a favor de Raisina Hill, una colina al sur de la vieja ciudad de Delhi. El virrey aprobó esta elección y fijó un plazo de cinco años para el desarrollo de las obras. 

Raisina Hilll es una colina situada al sur de la vieja ciudad de Delhi

El programa de construcción de todo el complejo comprendía los edificios destinados al poder legislativo, las oficinas del secretariado, la residencia del virrey y el acuartelamiento del personal de servicio y de los cuerpos de guardia. Lutyens [8], a quien se encomendó la ordenación urbanística, requirió la colaboración, en la parte arquitectónica, de Herbert Baker [9], que se responsabilizó de la construcción de los secretariados y del Parlamento, mientras Lutyens se reservó el proyecto de la residencia del virrey. 

La intención de ambos arquitectos no era otra que la de formar una composición común, de modo que expresase la unidad de las funciones gubernativas. Baker describía Raisina Hill diciendo que, a su juicio, constituía una gran Acrópolis con sus Propileos. El complejo urbano, según sus palabras, sería construido “conforme a las cualidades y tradiciones fundamentales, que se han hecho clásicas, de la arquitectura de Grecia y de Roma” y decía que los edificios han de reflejar también “ciertos aspectos estructurales de la arquitectura india, y han de tener una ornamentación capaz de expresar los mitos, los símbolos y la historia de las gentes del país” [10]

El esqueleto de la capital hindú está constituido por un triángulo equilátero cuyos vértices son los polos funcionales de la organización del asentamiento. La base del triángulo es la Royal Avenue, de 350 m de anchura y dotada de arbolado, que enlaza el centro monumental situado hacia el W –con el palacio del virrey, el Parlamento, las oficinas administrativas, la residencia de los funcionarios europeos– con la Esplanade hexagonal de los dignatarios y soberanos indígenas, miembros de la Cámara de los Príncipes, de 750 m de diámetro, situada hacia el E. El vértice N está constituido por una plaza circular destinada a centro comercial y enlazada mediante algunas radiales con la vieja Delhi y la estación ferroviaria. 

Otras arterias perpendiculares a los lados del triángulo completan el esquema viario en el que se sitúan la Universidad, los hoteles y los templos religiosos, los parques y las residencias. El retículo de las calles aparece completamente jerarquizado, según dimensiones de anchura de 50, 36 y 25 m, dos y una fila de árboles, respectivamente [11]. 

Luytens. Vista del palacio Rashtrapati Bhavan y la columna Jaipur

En opinión de Paolo Sica, “la composición general, incluso dentro de los propios términos de la tradición clásica, dista mucho de ser feliz, y revela, entre otras cosas, una falta de correlación íntima entre la obra de los dos arquitectos” [12]. De los edificios realizados, los debidos a los trazos de Baker forman parte de la tradición eduardiana, con referencias exóticas en los detalles decorativos, mientras que los realizados por Lutyens y, sobre todo, la residencia del virrey, tienen una mayor fuerza expresiva. 

Debe tenerse en cuenta que el complejo de Nueva Delhi es más grande que Versalles. Sólo la residencia del virrey mide en sus dos direcciones principales casi 190 x 160 m. Representa la máxima afirmación, en una sola ciudad, de la potencia colonial del imperialismo inglés en el mundo. En resumen, Lutyens diseñó una espectacular zona administrativa, que se convertiría en legado del imperialismo británico. La avenida conocida como Rajpath o Camino de los Reyes, se extiende desde el Memorial de Guerra, en la actualidad Puerta de la India, hasta el palacio del virrey o Rashtrapati Bhavan. 

El faraónico complejo proyectado para materializar un sueño imperial entonces en decadencia, era el anuncio de toda una época. Terminado en 1931, el gran palacio del virrey tan sólo podría ser utilizado por los ingleses durante 16 años. Coincidiendo con su construcción comenzaron a formarse en la India las corrientes y grupos revolucionarios que, aunque divididos entre sí, tenían en común la idea de luchar contra el sistema colonial inglés, en el que la figura de Gandhi se convirtió en profeta y líder. 

Fotos procedentes de varias páginas de internet relacionadas con la India.


[1] Para su extracción y comercialización, en 1866 se constituyó la sociedad Burmah Oil Company.

[2] Fieldhouse, David. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII.  Siglo XXI Editores. Madrid, 2002. 

[3] En la epidemia de cólera de 1897 murió en Bombay el 60 por mil de la población.

[4] Sica, Paolo. Historia del Urbanismo. El siglo XIX. Vol. II. Instituto de Estudios de Administración Local. Traducción de Joaquín Hernández Orozco. Madrid, 1981. 

[5] En 1812 Bombay tenía cerca de 200.000 habitantes y en 1912 casi millón y medio.

[6] En 1921 la población superaba el millón de habitantes.

[7] Se cifraban en unos 92.000 habitantes en 1872 y más de 400.000 habitantes en 1931.

[8] Sir Edwin Landseer Lutyens (1869-1944) está considerado el más grande de los arquitectos de la historia del país. Diseñó numerosos edificios de Gran Bretaña, aunque su mayor gloria la alcanzaría en el diseño de Nueva Delhi. Estudió arquitectura en la South Kensington School of Art, en Londres, entre 1885 y 1887. Su historial está jalonado de importantes proyectos, que le valieron numerosas distinciones y reconocimientos.

[9] Unos años antes, el arquitecto Herbert Baker (1862-1946) había construido el conjunto Union Building en Pretoria, la capital de Sudáfrica, después de finalizada la guerra contra los Bóers. En 1910 se convocó un concurso para la edificación de la nueva capital de Australia. La construcción de una nueva capital en la India, con una posición geográfica más adecuada, respondía también a la unidad de favorecer la unidad del elemento hindú y musulmán tras la reunificación de Bengala.

[10] Sica, Paolo. Op. cit.

[11] La ciudad estaba prevista para albergar unos 70.000 habitantes. En 1931 había alcanzado 30.000 habitantes.

[12] Sica, P. Op. cit. 

Juan Carlos Díaz Lorenzo. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela

El urbanismo contemporáneo anterior a la Ley del Suelo (1957) se circunscribe a las capitales canarias, pues el resto de las ciudades y los pueblos de las islas malñ llamadas menores no han conocido la planificación urbana del siglo XIX.

Santa Cruz de Tenerife comenzó en la década de los años veinte del siglo XX a despertar del letargo de las últimas décadas de la centuria anterior y a partir de 1926 comenzó unas gestiones para transformar su fisonomía urbana. En una propuesta avalada por el alcalde García Sanabria se hizo el encargo a los arquitectos Villa Calzadilla y Núñez Maturana de un “plano topográfico” de la ciudad con el deseo de conocer el estado de la misma.

El documento elaborado sirvió para emprender el Plan de Ensanche de la ciudad (1928), momento en el que el propio alcalde había empezado la redacción de unas ordenanzas en las que se normalizaban las alturas de los edificios, el cuidado en la composición de los frontispicios y una rigurosa conservación de la línea de rasante.

Santa Cruz de Tenerife. Panorámica de los años veinte

Estas acciones se identifican con el nacimiento del urbanismo contemporáneo, no sólo por el hecho cronológico, sino por el modo de actuación que se propone. Aún mantienen vestigios del siglo anterior, como es el caso de los ensanches, pero, en realidad, están abogando por las fórmulas que identifican al urbanismo con el Movimiento Moderno. Ello permitió que una ciudad como Santa Cruz de Tenerife comenzase a desarrollarse como una unidad en el núcleo habitable, y a plantearse qué tipo de ciudad quiere planificar para el futuro inmediato.

“Esta vez se hacen públicas –escribe el profesor Federico Castro- las bases de un concurso llamado a ser el anteproyecto de una reforma interior de la ciudad. Concurso que por sus pretensiones y magnitud nadie se atrevió a cubrir, quedando obviado que las ansias de los gobernantes locales volaban mucho más alto que las aspiraciones de los técnicos en función”[1].

Se trata de marcar las líneas maestras del futuro de la ciudad

Desde el ayuntamiento de Santa Cruz se auspició la formación de un equipo de trabajo formado por Eladio Laredo, José Blasco y Francisco Ortigosa, quienes asumieron el encargo sin mucho entusiasmo, pues en el momento de entregarlo se detectó la ausencia de importantes parcelas del planeamiento urbano. En todo caso, el Anteproyecto de Urbanización y Ensanche de Santa Cruz de Tenerife, concluido en 1928, sirvió como marco legal hasta 1933, año en el que se desarrolló por completo el Plan General de Urbanización.

Dicho plan, firmado por el ingeniero José Luis Escario, una obra de envergadura, en la que su autor se planteó dar respuesta a los múltiples problemas que aquejaban a la población, entre ellos la resolución urgente como era la propuesta de la Avenida Marítima. Escario se apoyaba en la propuesta del Plan General de Extensión de Madrid, que había sido admitido como vanguardista, “ya que comenzaba entendiendo a la urbe como a un todo, un conjunto compuesto por zonas específicas que tenían en su uso el rasgo diferenciador, lo que hoy entendemos como zonificación”[2].

Durante 24 años, Santa Cruz de Tenerife utilizó este plan, período de tiempo que transcurre entre su puesta en funcionamiento y la aprobación en 1957 de otro plan de mayor envergadura, firmado por los arquitectos Rumeu y Cabrera.

Mientras tanto habían sucedido acontecimientos políticos importantes, como la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 y el Alzamiento Nacional, el 18 de julio de 1936, con tres años de guerra civil que se prolongaría hasta abril de 1939. Durante la etapa de la autarquía, el responsable directo fue el Mando Económico, si bien, excepto la construcción de algunas barriadas (García Escámez) y la ordenación de algunos espacios concretos (Plaza de España) en poco cambió la fisonomía de las urbes insulares.

Inauguración del Monumento a los Caídos (1947)

El caso de la Plaza de España había sido desde hacía tiempo un enclave conflictivo, pues estuvo latente las soluciones que se deberían haber adoptado en la delineación de la Avenida Marítima (Blasco y Marrero, 1941), obligada a convertirse en una vía importante para las comunicaciones que corrían paralelas al litoral. Había que considerar, además, que muy cerca se habían celebrado los actos fundacionales de la ciudad y que el general Franco había salido de Tenerife para emprender la guerra contra la República. Este cúmulo de circunstancias permitió al arquitecto Machado el desarrollo en 1944 de un monumento de los caídos (del bando nacional) en la Guerra Civil.

Tramo del parque García Sanabria y de la rambla

La escasa operatividad de las oficinas técnicas municipales en materia urbanística durante este período conllevó la generación de otro tipo de problemas urbanos en el casco y aledaños de la ciudad, lo que obligó, en la década de los cincuenta, a la preparación de un nuevo plan, firmado por Enrique Rumeu y Luis Cabrera, denominado Plan General de Ordenación Urbana de Santa Cruz de Tenerife, concluido y aprobado en 1957, en atención a cuatro premisas fundamentales, dos de ellas fieles seguidoras del lenguaje de la época:

1.- Organización eficaz de la dirección política y económica de las islas.

2.- Representación simbólica y material de la isla como avanzada de España en el Atlántico.

3.- Exaltación de los valores tradicionales de estas islas españolas desde su incorporación a la Corona de Castilla.

4.- Protección del paisaje y fomento de sus caracteres peculiares como estímulo del desarrollo del turismo.

En el momento de establecer una zonificación, los arquitectos redactores del Plan establecieron una zonificación en cinco grandes apartados: a) especial, b) comercial, c) residencial, d)verde y e) industrial.

Algo similar ocurría en Las Palmas, pero con unos años de antelación (1922), cuando el alcalde Mesa y López había hecho un encargo similar al arquitecto Miguel Martín Fernández de la Torre, con el fin de enmendar la ciudad y de mantener una tradición urbanística cuyos antecedentes se remontaban a 1883 con el plan de López Echegarreta, continuado por Arroyo Velazco (1898) y Navarro (1911). La propuesta de Martín se aplicó especialmente a la zona de Ciudad Jardín, integrada en el ideal racionalista, en el que la cuadrícula se convirtió en la fórmula adecuada para el desarrollo de la zona.

Las Palmas. Parque de Santa Catalina

Las Palmas. Calle Bravo Murillo

Las Palmas. Calle León y Castillo

Las Palmas. Vista parcial de la ciudad

Las Palmas, al contrario que Santa Cruz de Tenerife, no conoció ninguna acción urbanística auspiciada por el Mando Económico, de ahí que su planificación urbanística sufriera un estancamiento, en el que permaneció hasta 1943 con la puesta en vigor del Plan Zuazo, que catapultó a la ciudad hacia conceptos de vanguardia, aunque no todas sus soluciones fueron las más adecuadas.

Secundino Zuazo, hombre de tierra adentro, pretendió ganar algunos solares al mar para solucionar los problemas de masificación que atenazaban a la ciudad de Las Palmas en los años cuarenta. Para ello se desecó parcialmente la playa de Las Canteras, “donde desarrolló un descabellado proyecto de sepultado del espacio que transcurre desde la línea litoral hasta la barra. Ello le habría permitido la construcción de una enorme plataforma capaz de admitir la erección de un buen número de viviendas de carácter residencial”.[3] Dos propuestas similares se produjeron con CIDELMAR (1947) y la Avenida Marítima, dos fases de un mismo proyecto que se concentró en ganar terrenos urbanizables al mar.

Fotos: Archivos de Miguel Bravo, Antonio González, Francisco Luis Yanes Aulestia y FEDAC.


[1] Castro Morales, Federico y Hernández Gutiérrez, A. Sebastián. Arte contemporáneo. La modernidad en Canarias. Col. “La biblioteca canaria”. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife, 1992.

[2] Op. cit.

[3] Op. cit.